Выбрать главу

Cuando se tranquilizó un poco y fueron espaciándose sus carcajadas, descubrí que nos habíamos alejado todavía más.

Había vuelto a envolverse en aquel aire de superioridad del que, con precaución, se había desprendido en nuestra primera noche.

En voz baja, agregué entonces que tampoco era esto lo que yo quería decir.

Él me tomó la cara entre las manos, me había perdonado mi estupidez, pero, una vez acabó de reírse, su perdón le hacía parecer más distante.

En realidad, yo quería decirle algo que hasta ahora había callado para no molestarle, proseguí, pero no tenía objeto seguir ocultándolo, mi situación me parecía desesperada, que no se enfadara conmigo, pero tenía la sensación de estar en una cárcel.

¿Por eso tenía que enfadarse, por eso?

Dije que quizá deberíamos dejar de vernos temporalmente.

Claro, por eso había dicho él que ésas teníamos. ¿Estaba convencido ya? Pero antes había hecho como si no le entendiera.

Y no lo entendía.

Cierto, tampoco él lo había pensado, por primera vez le había parecido que conmigo sería diferente, pero no lo era, y antes, al notarlo en mi mano, se había quedado estupefacto, consternado, pero estaba claro que lo nuestro había terminado, que de aquí no pasábamos, y, mientras hacía como que veía la televisión, había comprendido que, si era esto lo que yo sentía, él tenía que asumirlo, y entonces se había tranquilizado, porque, podía creerle, él lo sabía por experiencia, dos hombres o, como tan graciosamente lo había expresado yo, dos warme Brüder -y aquí volvió a reír, pero su risa sonaba a sollozo- no podían prolongar su relación, y no había excepciones, yo me había esforzado por imponer en nuestra relación el sistema emocional al que me habían acostumbrado las mujeres, pero él no tenía la culpa de que mi pasado sentimental fuera tan azaroso, y no había que olvidar que de la relación con una mujer podía resultar algo, algo distinto de ella y de mí, y que la posibilidad de continuidad que da la naturaleza no puede existir en una relación anómala, mal que me pesara, entre dos hombres, empero, sólo podía haber lo que había, ni más ni menos, y por eso sólo él me anconsejaba que, si aquello había terminado, dejara de engañarme y me marchara ahora mismo con cualquier pretexto sin preocuparme por nada y que no volviera, que ni mirara atrás, porque lo que de este modo podría conservar tendría para nosotros dos mucho más valor que todo lo que yo tratara de simular, y es que a él, y de esto podía estar seguro, no lo engañaría, porque él conocía estos desenlaces, y lo único razonable era no volver a pensar en el asunto.

Le dije que era muy transparente su intento de dárselas de frío y hasta de fascista.

Él me dijo que yo era un sentimental.

Le respondí que quizá sí, porque no podía expresarme debidamente en esta condenada lengua.

Entonces lo diría él por mí.

Le pedí que no dijera estupideces.

¿Qué estupideces?

Por mí, podía seguir.

¿Sabía yo de qué hablábamos?

¿Lo sabía él, acaso?

Un antiguo mural

En el grabado que guardaba entre mis notas y que más de una vez me había propuesto describir en mi proyectada narración, como patria secreta de mis presentimientos y presunciones, con la esperanza de que mi talento y facultades dieran para tanto, se veía un dulce paisaje arcádico, un calvero situado al pie de una sucesión de colinas que se diluían en el infinito, con escasos arbustos, hierbas sedosas, flores, olivos de ramaje revuelto por el vendaval y robles contrahechos, en suma, una estimable reproducción del antiguo mural que, años atrás, durante un viaje a Italia, había tenido ocasión de admirar con toda la magnificencia de su audaz colorido y considerables proporciones, que presenta el paisaje en el momento en que la aurora, lentamente, surge del mar para alumbrar a los humanos y hace brillar con delicados resplandores las gotas de rocío prendidas de las briznas de hierba y de las hojas; cae el rocío, la quietud es total, el viento descansa, es la hora que quisiéramos eterna; aunque la noche ya ha puesto su huevo de plata, Eros, hijo del dios del viento según ciertas leyendas, aún no ha salido de él, aún está todo como antes, aún no ha tenido lugar lo que podríamos llamar evento, es el momento inmediatamente anterior, pero ya se ha realizado el noble acto de la fecundación y concepción, en el que los dos poderosos elementos primordiales, el viento impetuoso y la oscuridad de la noche, han copulado, porque todavía no hay sombras, aún estamos en el umbral del «después», ¡es la mañana primigenia!, y por ello este momento extraordinario no puede compararse, ni siquiera como contrapunto, con aquel otro en el que Helios desaparece por el horizonte con su carro y sus caballos, y todos los seres vivos, poseídos por la angustia de lo efímero, tratan de dar alcance al sol que se va, ¡todo, menos permanecer aquí!, ¡eso, no!, y lo persiguen alargando sus sombras hasta el infinito, y, con el dolor de la despedida, se tiñen de un rojo de sangre y relucen como el oro; pero en este momento matinal todo aparece muerto, inerte, pálido, gris, sale de la oscuridad con apenas un frío fulgor de plata, y si antes hablé de colorido audaz es sólo porque éste ya no es el tono plata de la noche, que absorbe con avidez los colores del mundo y los disuelve en un fulgor metálico y único, no, ahora todo lo que existe ha recibido ya el color que le corresponde, pero en germen, los colores no viven aún, el cuerpo desnudo de Pan, que descansa en el centro geométrico del cuadro con fastuosa sensualidad, resplandece con un bronceado opulento, mientras el modesto carnero que yace a sus pies tiene la piel de un blanco agrisado, como le corresponde, la hierba es verde cardenillo, el roble, verde botella, la piedra tiene una blancura inmaculada, las tenues vestiduras de las tres ninfas son de seda turquesa, verde aceituna y rojo púrpura; aunque, como ellas están inmóviles en esta frontera entre la noche y el día, bañada de rocío, porque ya han terminado el último movimiento de su noche pero todavía no han iniciado el primero de su día, así también los colores de sus ropajes y sus cuerpos son simples siluetas sin sombra, lo mismo que los colores de los árboles, las hierbas y las piedras, que tampoco proyectan sombras, y si ellas, situadas en la frontera entre el fin y el principio, nada tienen que las una -y es que cada una mira en una dirección, por lo que el cuadro, incluso en nuestra pequeña reproducción da sensación de gran amplitud-, tampoco los colores tienen relación entre sí, el rojo es rojo por sí mismo, el azul es azul porque es azul y no porque el verde sea verde, como si el pintor del cuadro, en su ignorancia bárbara y simplificadora, hubiera captado el momento de la creación o, simplemente, retratado con escrupulosa minuciosidad el carácter de una mañana de verano en la que el ser humano, sin saber por qué, se despierta sobresaltado, abandona su lecho caliente y oscuro y, ya que está despierto, decide ir a hacer sus necesidades, pero al salir afuera se siente envuelto en un silencio impresionante en el que ni la gota de rocío cae, para no turbar la calma, y aunque él sabe que el sol, con su luz cálida y amarilla, no tardará en fundir esta rigidez mortal y hacer renacer las cosas a la vida, de nada le sirven su conocimiento y su experiencia frente al silencio de la no existencia, y si hasta ahora había buscado la muerte a tientas en la oscuridad de la noche o en las sombras del día, ahora la descubre de pronto ante sí y, anonadado, no acierta ni a expulsar del cuerpo su orina caliente, en este instante de palidez y de color que hasta ahora había pasado durmiendo, caliente y feliz, en el seno de los dioses.

Quizá ni siquiera fuera Pan el que estaba sentado en la piedra, ya que, a pesar de mis extensos y meticulosos estudios, no había podido averiguarlo con certeza, y era posible que mi lámina representara, por ejemplo, a Hermes, no al padre sino al hijo, ¡y que no habría diferencia! -si así fuera, las ninfas no serían compañeras de juegos amorosos sino la misma diosa-madre-, porque todos los detalles del cuadro, por nimios que fueran, tenían una ambigüedad que interrogaba y afirmaba a la vez, por lo que llegué a suponer, y en el fondo era esta suposición lo que me excitaba, que el pintor quizá había mezclado deliberadamente las claves, representando al padre donde había querido representar hijo o, viceversa, pintando al hijo con intención de plasmar al padre en su juventud y presentando a la madre como la amante de ambos; la del manto verde aceituna que, a la derecha del cuadro, con la cabeza inclinada y los ojos brillantes de atención, sigue el movimiento de sus dedos en las cuerdas de la lira, parece bastante mayor que el desnudo mancebo, afirmación que debemos aventurar aun cuando, por un lado, temamos que, ansiosos de corroborar nuestra suposición, nos hemos dejado engañar por nuestros ojos, y, ñor otro, sepamos muy bien que los dioses no tienen edad, lo cual, evidentemente, por lo que se refiere a las ninfas, no es del todo exacto, ya que ellas, según la tradición, poseen un grado de inmortalidad que es proporcional a su proximidad a lo divino, porque también las hay mortales: inmortales son las ninfas del mar, lo mismo que el mar, pero no las náyades de las fuentes y, menos aún, las ninfas de los prados, los bosques y los árboles, especialmente, las que habitan en los robles, que mueren cuando muere el árbol; y si, siguiendo los confusos indicios de nuestro pintor, tratáramos de deducir su edad por su cara -el dedo pulsa la cuerda más alejada de la lira, su mirada mide las distancias con exactitud, quiere arrancar al instrumento un leve glissando-, no tenemos más que recordar la antigua fórmula para calcular la edad, según la cual la corneja vive lo que cuatro hombres; el ciervo, lo que cuatro cornejas; el cuervo, lo que tres ciervos; nueve vidas de cuervo tiene la palmera, y las ninfas, las hijas de Zeus dotadas de hermosa cabellera, pueden alcanzar la edad de diez palmeras; quizá ella anduviera por el sexto cuervo y, si me parecía mayor que el muchacho, no es porque hubiera calculado su edad según la escala de los humanos ni descubierto en su cara ni la más pequeña arruga, sino porque parecía adornada con la sabiduría de la maternidad, que no poseían las otras dos, más próximas a la edad del muchacho, por no decir de su misma edad, y que no parecían conocer aquel estado de dicha que se halla más allá del dolor; no sabría decir por qué, pero me parecía que también el cuello que asomaba de los hondos pliegues del manto recogido sobre el hombro daba un indicio de la edad, y qué cuello el que se erguía bajo el cabello castaño oscuro recogido en un moño flojo que sujetaba una cinta plateada, quizá resultaba tan fascinador aquel cuello porque unos rizos rebeldes que se retorcían en la nuca acentuaban su desnudez, y es que ya se sabe que es la mezcla de vestidura y desnudez lo que nos seduce; y, si osara describir la nuca de la ninfa, sin duda evocaría la impresión que me causó la nuca de mi prometida, imagen que yo conservaba, ¿que conservaba?, ¡que veneraba!, cuando, mirando juntos un álbum, ella se inclina para examinar un detalle del grabado y yo, al ver su perfil, siento el deseo de inclinarme, posar los labios en su nuca y acariciar con mis besos su piel tersa para sentir su calor y su perfume mientras mi boca sube hasta la raíz del pelo, algo que me impiden hacer el decoro y la buena educación.