Y después, cuando la mañana ya ha dorado la última plata de la noche, ¡ah, cómo me gustaría poder cantar con frases semejantes las antiguas auroras! Los dedos empiezan a tañer las cuerdas, suenan dulces acordes y ella se dispone a saludar con su lira al sol cuyos rayos ya calientan el roble que ahora proyecta una sombra amable.
Huelga decir que a su espalda tenía un roble, retorcido, viejo a nuestros ojos, quizá herido por un rayo hacía mucho tiempo, porque parecía mutilado en cierto modo, ya que el viento había arrancado sus ramas secas y en su lugar habían nacido pequeños haces de brotes tiernos, y esta circunstancia me reafirmó no sólo en mi suposición de que ella tenía que ser muy vieja sino que indicaba bien a las claras que no era otra que la ninfa del roble; la que esta mañana tañe las cuerdas de la lira no es otra que Driopé, de la que sabemos que, con la belleza de su esbelta figura y la nobleza de sus rasgos, despertó tan gran pasión en el dios Hermes, que apacentaba sus corderos en los prados de Arcadia, que el enamorado dios la persiguió durante mucho tiempo -digamos de paso que esta persecución sólo puede considerarse larga si la calculamos a escala humana, ya que duró tres vidas de hombre, lo que no es más que una tercera parte de la vida de la corneja- hasta que su amor fructificó esplendorosamente, lo cual no es un caso excepcional, desde luego; podríamos agregar que la ninfa que, como su nombre indica, es la criatura femenina merced a la cual el hombre se convierte en nymphios, es decir, el que ha alcanzado su condición de hombre, esto es, de esposo, se limitó a desempeñar su papel, mientras que el dios cumplía como tal, y aquel al que la bella Driopé trajo al mundo de los inmortales por este amor no podía ser medido con el patrón al que estaba acostumbrada su pobre madre-niña, mortal, servicial y casi humana.
Desde luego, nada más lejos de nuestra intención que afirmar que Driopé fuera una criatura pusilánime, frágil o asustadiza, ya que nos consta que era alta, de fuerte osamenta y se la describe dotada de extremidades robustas, y cuando los dioses o los hombres la perseguían con sus requerimientos amorosos, ella no siempre huía, sino que a veces se encaraba con ellos; entonces permanecía firme, como si hubiera echado raíces, fuerte como un roble, resoplaba, enseñaba los dientes, golpeaba con fuerza y hasta hubiera mordido, y cuando se despojaba de su manto verde para lavarse el sudor en una fuente fresca, en sus muslos, endurecidos por la carrera y en sus bien torneados brazos se transparentaban fuertes músculos bajo la piel color de perla, también el pecho tenía firme, redondo y en su sitio, pero el clítoris, según se descubriría en el momento de la consumación, tenía, para aumentar su placer, el tamaño del falo de un niño recién despierto, por lo que no es de extrañar que el dios deseara suavizar esta rudeza, domesticar la fiereza y convertir la dureza en ternura; y no obstante, cuando, después de cortar con los dientes el cordón umbilical, ella contempló el fruto de su amor que entreabría los ojos, berreaba, reía y pataleaba entre sus muslos sobre la placenta, no pudo reprimir un grito de horror propio de una tierna doncella y escondió el rostro entre las manos, pero ¿cómo iba a saber ella que no había razón para asustarse, que había alumbrado a un dios? ¡Y cómo iba a saber ella que lo que estaba viendo era lo que tenía que ver!, porque era como si, en lugar de rendirse a las ansias del alegre Hermes, hubiera yacido con un carnero hediondo, pues el recién nacido tenía la cabeza cubierta de un pelo largo y duro y, de su frente, del lugar en que en los hombres y en los dioses el hueso forma dos ligeras elevaciones, asomaban unos cuernecillos curvados, y sus pies, ¡qué espanto!, no tenían planta sino pezuñas, sonrosadas y blandas todavía, pero ya se sabe que con los años se endurecen espantosamente, baten el suelo, sacan chispas de las piedras y se vuelven negras.
Driopé, horrorizada del fruto de su cuerpo, se levantó y se fue corriendo.
Aquí termina su historia, no sabemos qué fue de ella, si quisiéramos saber más, tendríamos que poner a trabajar nuestra imaginación.
Lo que sabemos es que Hermes encontró a su hijo en la hierba y que no sólo no le sorprendió su aspecto sino que le encantó; porque el chico ya se sostenía sobre sus pies, mejor dicho, sus pezuñas, se revolcaba riendo, daba volteretas, se bañaba en el rocío deleitándose con el roce de la hierba, perseguía a las avispas y las moscas, arrancaba y mordisqueaba los pétalos de las flores, golpeaba con los cuernos, aún blandos, las peñas y los troncos, con lo que el dolor apenas le cosquilleaba en el cuerpo, y hasta se divirtió haciendo pipí en una mariposa y caca en la cabeza de una serpiente; como puede verse, su naturaleza funcionaba perfectamente, por lo que no es de extrañar que su padre se sintiera orgulloso y, puesto que a los padres les falta tiempo para tratar de ver repetida su propia historia en sus hijos, Hermes recordó la mañana de su propio nacimiento, cuando la dulce Maya lo alumbró y lo puso en la cuna, y él, aprovechando un momento de descuido, se bajó de la cuna, salió de la cueva, se hizo una lira con el caparazón de una tortuga y se fue a correr mundo, y, cuando las orejas de los caballos de Helios desaparecieron tras el resplandor purpúreo del horizonte -naturalmente, conocemos la fecha exacta, era el anochecer del cuarto día del mes lunar-, mató dos bueyes sin más armas que sus manos, los desolló, inventó rápidamente el fuego para asar la carne, robó después toda una manada para ocultar su travesura y volvió a la cuna; pero ahora se puso al pequeño sobre los hombros y, lo mismo que Apolo había hecho con él, subió a presentarlo a los dioses, para que se alegraran con él.