Sí, cada paso que yo había dado en mi vida -ya fuera en busca de una muerte vulgar, ya fuera en busca de la felicidad de la vulgaridad- conducía a este bosque.
No era un bosque espeso, pero cuando te tropezabas con un sendero entre los árboles y lo seguías al azar, no tardabas en darte cuenta de que tenía razón el vulgo al llamarlo selva, aquí nadie venía a marcar los árboles con tiza, talarlos y llevárselos en un carro, ni a recoger leña o buscar fresas silvestres, frambuesas, moras o setas, como si aquí, desde tiempo inmemorial, no hubiera ocurrido nada que no pudiéramos describir más que como historia natural de flora y fauna, que no es poco, desde luego; los árboles germinan, crecen, vegetan y, al cabo de los lentos siglos, mueren y, en la medida en que los rayos del sol consiguen atravesar sus frondosas copas, germina, crece y decae el sotobosque, arbustos, helechos, matorrales, hiedra, ortigas y maleza, flores de colores vivos o de enfermiza transparencia, según la estación, y, cuando las hojas de los árboles les tapan la luz definitivamente, van muriendo poco a poco para dar paso a los liqúenes, musgos y hongos que prefieren la fría penumbra y, al favorecer la descomposición, mantienen la vida en el esponjoso suelo; había silencio en el bosque, también el silencio era viejo e impenetrable, ni el viento llegaba a turbarlo, y el aire estaba cargado de unos olores tan densos que a los pocos minutos sentías un mareo gratamente embriagador; aquí hacía siempre más calor que fuera, en el mundo despejado, era un calor húmedo que te dejaba la piel viscosa como el cuerpo de un caracol; no había caminos propiamente dichos, los senderos no habían sido abiertos por el pie del hombre aplastando la vida, era la vida misma del bosque la que, con caprichosa e imprevisible benevolencia, había abierto pasos interrumpiendo los procesos que se desabollaban en la superficie del suelo, pausas a las que sólo nuestro pertinaz racionalismo se atreve a dar nombre, habituado como está a sacar sus conclusiones sin reparar en otros hechos, quizá esencialmente más importantes, y utilizar el descanso de la naturaleza con atolondramiento.
Barrancos por los que ruedan y entrechocan las piedras, hondonadas sembradas de compactos terrones traídos por los torrentes, alfombras de musgo o de hojarasca tan gruesas que ahogan hasta a los hongos; se puede caminar pero no sin obstáculos, ya que cortan el paso unas matas que han crecido gracias al calor de un rayo de sol, o el grueso tronco de un árbol caído o una roca de lava afilada, lisa y negra, de las que, según cuenta la leyenda, fueron arrojadas por los gigantes de los mares septentrionales a las costas bajas donde, después de las batallas, surgieron los bosques silenciosos.
Penumbra verde.
De tarde en tarde oyes algo que araña, martillea, crepita. No sabes de qué manera transcurre y se desvanece el tiempo, pero, mientras oigas crujir las ramas a tu paso y te parezca que cada crujido turba tu sosiego, aún no estás aquí del todo.
Mientras desees llegar a un lugar que te parezca tuyo, aunque no sepas cómo ha de ser ese lugar, mientras no estés dispuesto a seguir la senda que se abre casualmente ante ti, aún no estás aquí del todo.
Detrás de la permeable cortina del bosque parece que tiembla el tronco de un árbol, como si se hubiera movido alguien que se escondía detrás, lo mismo que tú, que apareces y desapareces entre la espesura.
Mientras eso te guste.
Todos pueden verte o, más exactamente, cualquiera puede verte y sin embargo siempre estás a cubierto.
No he sabido describir el bosque, pero me hubiera gustado hablar de las sensaciones que despertaba en mí.
Mientras trates de recordar los recodos, encrucijadas y obstáculos de los senderos que dejas atrás, para volver al punto de partida, y el miedo a perderte haga que mires las plantas como si fueran rostros humanos o indicadores, atribuyéndoles carácter, propiedades e historia propias, para que ellas, en compensación, te guíen a tu regreso, aún no estás aquí del todo.
Aunque ya sepas que no estás solo con ellas, tampoco estás aquí del todo.
Me hubiera gustado hablar de las criaturas del bosque como Köhler hablaba de sus caracoles, y para ello me hubiera servido de su estilo.
Cuando ya has dejado de tener sensaciones, más exactamente, cuando te das cuenta de que ha pasado el tiempo, pero no te interesa saber si es poco o mucho.
Cuando estás de pie y no sabes que estás de pie, y ves algo y no sabes qué has visto y cuando, sin saber por qué, abres los brazos como si también fueras árbol.
Este relato no podía escribirse.
Cuando te parece que, probablemente, el árbol no siente.
Y has oído crujidos, esos sonidos incesantes, pero no te has dado cuenta de que los oías.
Mientras sepas que estás en el bosque pero ya no recuerdes cómo has entrado en él porque has extraviado las señales.
Mientras tiendas el oído, mientras recuerdes los indicadores perdidos, no estarás aquí del todo, porque crees ser observado.
Y cuando, fugazmente, entre el verde de dos árboles, pasa el azul y desaparece.
Vas tras él sin saber que lo sigues, y no lo encuentras.
Mientras veas diferencias entre árboles y colores, mientras caviles acerca del significado de los nombres, seguirás sin estar aquí del todo.
Mientras sigas creyendo que fantaseas cuando esa criatura huidiza se te aparece fugazmente como un destello de azul entre el verde y tú la persigues, inquieto, sin ver el camino, ni las ramas que te rozan la cara, ni oír rechinar tus pasos, ni darte cuenta de que te has caído, y te levantes y sigas corriendo tras ella, con la piel abrasada por las ortigas y arañada por las espinas, porque quieres alcanzar lo que huye delante de ti, que se escabulle y reaparece, y tú, a pesar de todo, crees que es un señuelo que no deberías seguir.
Mientras quieras imponerte, mientras sigas pensando en ello, siempre se te escaparán esas criaturas, que olfatean desde lejos tu olor agrio.
Ahora se ha parado en una hondonada y, si te estás quieto, puedes ver sus ojos entre las hojas que se agitan blandamente sin un susurro, unos ojos que brillan en los tuyos, y ya no es la misma criatura sino otra, alguien, una presencia, y dejas pasar el tiempo en este intercambio de miradas y cuando ves que ella está desnuda descubres que también tú estás desnudo.
Pero, mientras desees acercarte a su desnudez y apartes las ramas para verla mejor, mientras desees que su desnudez roce por fin la tuya y se convierta en tu desnudez y por eso quieras seguir avanzando a pesar de tenerla delante, todavía no estarás aquí del todo.