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No sabía cuánto tiempo llevaba detrás de las hojas verdes y calientes del boj, sin tomar grandes precauciones para no ser descubierto; al fin y al cabo, no tenía necesidad de esconderme ni espiar, porque ellas ya hablaban de aventuras semejantes en mi presencia y hasta me pedían mi opinión, y yo se la daba, de modo que hubiera podido presentarme en cualquier momento sin que pasara nada; si no me habían visto era por lo abstraídas que estaban, pero el arbusto era tan tupido que, para ver algo -y yo quería ver-, tenía que asomar la cabeza, de todos modos, no me atrevía a moverme de mi precario escondite, deseaba desaparecer, desvanecerme en el aire o, quizá, poner fin a la escena brutalmente, arrojando una piedra entre las dos o, si no, cerca tenía un grifo y retorcida en la hierba estaba la manguera roja, pero hubiera sido muy difícil tirar de ella hasta poder asir la boquilla y luego abrir el grifo sin ser visto ¡y cómo me hubiera gustado destruir aquella mutua confianza que me mortificaba y que sólo podría percibir mientras estuviera escondido y ellas no me vieran! Ya podía yo hacerme ilusiones, pero ahora entre ellas, a cada momento, a cada centésima de segundo, pasaba algo que, de haber estado yo delante, no se hubiera producido, yo les robaba algo, aunque no tenía ni la más remota idea de qué era lo que yo les robaba, y también era insoportable pensar que yo me apropiaba, y a cada momento seguiría apropiándome, de algo de lo que no podía hacer ni buen uso ni mal uso, todo aquello les pertenecía a ellas exclusivamente, toda la confianza que me habían demostrado hasta ahora era falsa, un engaño, migajas, ellas me habían engañado porque nunca me habían incluido en su verdadera confianza, simplemente porque yo no soy una chica, y ellas hablan de sus cosas y, a pesar de todo, yo les robo.

Yo había elegido la solución más vergonzosa y estaba preparando mi retirada para desaparecer y no volver más, llegar a la verja del jardín sin ser visto y cerrarla con fuerza, cuando Sidonia atenazó el cuello de Maja entre los pies y ésta la agarró por las robustas piernas para soltarse, pero la hamaca osciló hacia atrás arrastrando a Maja sobre la hierba; casi no pude ver lo que ocurría después, porque, entre el forcejeo de manos y pies, tirones y empujones, de repente, Sidonia cayó sobre Maja, que se zafó con agilidad, se levantó y echó a correr chillando, mientras Sidonia la perseguía lanzando alaridos, parecían dos exóticas mariposas que girasen una en torno de la otra; Maja, con el ancho vestido lila, y Sidonia, con el pelo suelto hasta la cadera que se agitaba como un ala, bajaron por la pronunciada pendiente y vi que al llegar abajo chocaban y se besaban, pero enseguida se agarraron de las manos tensando el cuerpo hacia atrás e hicieron el molinete y luego se soltaron y siguieron dando vueltas cada una por su lado hasta que cayeron al suelo, jadeantes.

Maja no me besaba a mí, sino la señal de los dientes de Sidonia.

Después, unos labios se movieron en mi cuello, y el áspero roce inesperado me produjo un escalofrío mientras mi cuerpo y el suyo se entrelazaban.

Estoy sangrando, dijeron sus labios sobre mi piel estremecida.

Y, echado sobre el vientre de mi madre, con los labios en el hueco de su brazo, sobre los círculos azules y amarillos de las extracciones de sangre, donde mi boca había encontrado un lugar muy blando en la martirizada vena, también hubiera tenido que contar esto, y tenía la impresión de que en cierto modo se lo contaba.

Quizá el roce se lo decía, al fin y al cabo, yo estaba transmitiéndole lo que había puesto la boca de Maja allí donde Sidonia me había mordido.

Pero de esa dolorosa fusión de contactos no se podía hablar con palabras, por más que a mí me hubiera gustado, pero la historia no tenía principio, porque a aquel contacto estaban asociados otros muchos, hasta el de la boca de Kristian.

Vamos, dije, pero no nos movimos.

Comprendí que le gustaba hablarme rozándome el cuello con los labios, no debía enfadarme con ella, dijo, seguramente por eso antes estaba tan nerviosa, porque tenía la regla, entonces siempre se ponía nerviosa, yo ya lo sabía, y esto tampoco se lo diría a nadie.

Esos días estaba más excitada y susceptible de lo que yo podía imaginar, y tenía que tratarla con dulzura, o volvería a llorar. Me hubiera gustado sacar los dedos de sus bragas, se me había dormido el brazo bajo el peso de su cuerpo y lo que hasta entonces yo creía que era la humedad de la piel o sudor quizá fuera sangre; su sangre, pensé de pronto, tenía el dedo en su sangre, pero no lo moví, no quería ser desconsiderado, me parecía tener que mimar una sensibilidad que a mí me estaba vedada, yo le envidiaba aquella sangre, y soportaba estoicamente el brazo dormido, con tal de que no se diera cuenta de cómo me asustaba pensar que mi dedo pudiera estar bañado en su sangre.

Yo no sabía con exactitud a qué se refería ni por qué sangraba, aunque era posible que ella me hubiera mentido y todo fuera una invención porque también en eso quisiera parecerse a Sidonia.

Porque yo no querría que llorara ahora, ¿verdad?

Tenía que guardarme bien de hacer ni el más pequeño movimiento, para que su cuerpo no advirtiera lo que yo sabía, que nada de aquello era verdad, que yo no era el destinatario de sus palabras y sus movimientos, y que aquello que hacía un momento yo había creído mío no me pertenecía, había vuelto a engañarme, si algo me había dado era porque lo tenía disponible, a mano, y porque no se atrevía ni se atrevería nunca a darlo a quien ella deseaba.

Yo tenía que amarla como me amaba ella.

Y, naturalmente, yo también mentía, no había venido por ella, ni por la investigación, sino porque pensaba que quizá encontraría aquí a Livia, cuyo nombre odiaba repetir hasta para mis adentros, ya que aquella tarde la había esperado en vano junto a la valla, tampoco hoy se había presentado, y yo no había podido seguir soportando la espera y había venido a casa de Maja con la esperanza de verla por lo menos un momento y que ella volviera a mirarme como aquel día, pero no me atrevería a dirigirle la palabra y mucho menos, a tocarla.

Pero no importaba saber que nos engañábamos mutuamente, que vo ocupaba el lugar que correspondía a Kálmán y, sin querer, daba a Maja lo que estaba destinado a Livia, puesto que gozaba de un modo indescriptible oyéndola murmurar con los labios en mi cuello, y respirando el olor de su cuerpo y de su sangre, y sintiendo el hormigueo del brazo, y su peso, y nuestro calor, y embriagándome con la turbia satisfacción de estar robando, porque había vuelto a llevarme algo que no me pertenecía, aunque también a ella podía acusarla de falsedad.

Sólo por haber podido pensar en Livia en ese momento, mejor dicho, no en Livia sino en su ausencia, me parecía que la ofendía de un modo irreparable y la arrastraba a la ciénaga en la que, por cierto, tan a gusto me encontraba yo, pero es que la odiaba porque no había venido.

Sé que seré una puta, dijo Maja.

Tampoco esa frase era suya, sino el eco de una exclamación de Sidonia, que ella exhalaba ahora en mi cuello, al igual que una piedra absorbe el calor del día para expulsarlo durante la noche, ella era el eco de la otra a la que quería parecerse, a la que había besado, a la que idolatraba, y aquella depravación me recordaba a Kristian tan dolorosamente como un alfilerazo; anoche mismo, prosiguió sin respirar, porque quería impedir que yo dijera algo que pudiera ofenderla, ya muy tarde, cuando todos estaban en la cama, Kálmán había entrado en su cuarto por la ventana, imagina, debía de estar agachado debajo de la ventana, esperando a que se apagara la luz, le dio un susto de muerte, ya dormía y se asustó tanto que ni gritar pudo, y entonces él le suplicó que le dejara echarse a su lado un rato, no quería más que eso, podía creerle, nada más, sólo que le hiciera un sitio a su lado, pero a ella la horrorizaba pensar que alguien pretendiera meterse en su cama con los pies fríos y no se lo había consentido y lo había apartado de un empujón, pero Kálmán lloraba, lloraba tanto que había tenido que consolarle, ¡gusano asqueroso!, y prometerle que otro día le dejaría, ¡pero, a ése, jamás!, ¿lo comprendía yo? Por muy puta que fuera, con ése, ni hablar, ¡jamás!, pero había tenido que prometérselo para que se callara de una vez y, como lloraba de aquel modo y ella quería ser amable, le había acariciado el pelo y la cara, pero él le había agarrado la mano llorando; como tratara de meterse en su cama, gritaría, le había dicho ella, y le dijo que hiciera el favor de no besarle tanto la mano, y es que lo despreciaba y de buena gana lo hubiera mandado al diablo, pero él lloraba a mares y siguió mojándole la mano de lágrimas y mocos, hasta que ella le juró quería, pero le dijo también, que, si no la dejaba en paz, gritaría y entonces vendría su padre y le daría una paliza, así que hiciera el favor de ser sensato porque, si se marchaba ahora mismo, le querría un poquito.