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Cuando salía de la vía Istenhegyi y empezaba a subir la suave cuesta de la vía Adonis, era inútil que me mantuviera lo más lejos posible de la cerca y que registrara con la mirada los arbustos del otro lado, porque siempre aparecía de improviso y sin hacer ruido y, siempre, un perro solo, porque, yo lo sabía, tenían sus turnos, lo mismo que los invisibles guardias; eran unos animales enormes y bien alimentados, pastores alemanes de pelo gris o color barquillo con manchas negras, cola gruesa y enhiesta, ojos castaños, inteligentes y aparentemente bondadosos, en la puntiaguda cabeza, orejas erguidas y supersensibles, boca casi siempre abierta, con la lengua, carnosa, roja y reluciente, colgando y oscilando al ritmo de su jadeo, entre molares blancos, afilados y poderosos; no hacían nada más que caminar a mi lado, más deprisa si yo apretaba el paso, más despacio si lo aflojaba, por supuesto, sin hacer ni el menor ruido al hundir sus patas negras en la arena; ya hacía tiempo que yo no me paraba a ver qué ocurría, porque entonces ellos me imitaban y se quedaban mirándome con la boca abierta, y quizá eran los ojos lo más terrorífico: vigilantes y, al mismo tiempo, indiferentes, y veías cómo, al pararse, bajo el tupido pelo, tensaban los músculos, preparando el salto, y, todo, sin proferir sonido alguno, ni ladraban, ni gruñían, ni tan sólo respiraban más aprisa; Kálmán lo sabía por Pisti, que era guardia de la zona cerrada y prestaba servicio en el puesto de la calle Loránt, y a veces charlaba con él y le daba aquellos cigarrillos rusos con boquilla de cartón que ellos compartían durante el recreo en el lavabo, y decía Pisti que cuando más peligrosos son los perros es cuando te paras, que por eso nunca debes pararte, ni mirarlos, porque, a pesar de que los entrenadores toman en consideración todas las posibilidades, su sistema nervioso es más imprevisible cuanto más riguroso es el entrenamiento, esos perros pueden hacerlo todo y entenderlo todo, pero son un manojo de nervios, decía Kálmán, y hasta los entrenadores les temen, y tienen músculos de acero, decía, y una valla no muy alta como ésta te la saltan estando parados, sin tener que tomar carrerilla, por eso la valla no tenía alambre de espino en la parte de arriba, y es que los entrenadores solicitaron al comandante que retirara el alambre de espino para que los perros no se engancharan la cola, pero el comandante se negó, porque la valla no hubiera sido reglamentaria, y tuvo que dar la autorización el camarada Rakósi en persona, porque cada perro de ésos tiene un gran valor; incluso dentro del recinto los llevan sujetos con la correa, es imposible hacerse amigo suyo, no aceptan comida ni azúcar de nadie, ni olerlo, como si no existieras y, si alguien tratara de enfurecerlos, por ejemplo, golpeando la valla, con lo que un perro corriente empezaría a ladrar, éstos sólo enseñan los dientes, es su manera de avisar, porque han sido entrenados para evitar todo sonido innecesario, y son duramente castigados si se equivocan, con el palo y el látigo, y, cuando no haces nada más que mirarles a los ojos tranquilamente, entonces ellos no saben lo que tienen que hacer, y ahí se ve que son un puro nervio, y es inútil que les peguen por saltar cuando no deben, no pueden contenerse, saltan y te agarran por la nuca; ellos me acompañaban, mejor dicho, después de varios pasos, parecía que yo los acompañaba a ellos, mientras trotaban por Ia senda de arena; ésta torcía bruscamente en lo alto de la cuesta, siguiendo el trazado de la valla, luego venía un largo tramo recto por el que ellos transitaban con la cola en alto y, si yo me comportaba correctamente, no me adelantaba ni me rezagaba, no echaba a correr de miedo -lo cual de poco hubiera servido, porque hubiera tenido que correr casi trescientos metros, que era la longitud de la recta después del recodo, acompañado de sus ladridos infernales-, es decir, si, a pesar de mi vergüenza y mi humillación, mi odio y mi indignación, acataba sus normas y no me paraba ni corría, no aceleraba ni frenaba la marcha y hasta procuraba no respirar con demasiada fuerza y reprimir, en la medida de lo posible, todo movimiento o emoción sospechosos, lo cual mitigaba su nerviosismo y estabilizaba, en cierta medida, nuestra mutua desconfianza, al cabo de un rato se suavizaba también nuestra relación, disminuía la amenaza, yo representaba mi papel y el perro, ya casi indiferente hacia mi persona, el suyo; pero si, al salir de casa de Maja, no me sentía con ánimo para entregarme a este juego, porque también esto era un juego, un experimento, un número de equilibrio no exento de peligro entre el autodominio y la claudicación, la disciplina y la independencia, una especie de gimnasia política, y elegía el camino más placentero, y torcía hacia el bosque al llegar a los tres pinos que Sidonia había indicado al cobrador como punto de referencia, entonces, escondido entre los arbustos, contemplaba con satisfacción al perro de guardia que me seguía con una mirada entre perpleja y defraudada, el bosque me ocultaba, pero yo sabía que también aquí me seguían los prismáticos de los guardias; el sendero tenía una subida muy pronunciada y a veces, aunque ya anocheciera, yo elegía este camino, a pesar de que aquí parecían acechar peligros más oscuros, por no decir inexplicables, pero a ellos podía uno enfrentarse con más libertad y más aplomo que a los malditos perros.

Entonces esto era todavía un verdadero bosque, quizá la última franja verde ininterrumpida en el mapa de colinas y montañas que rodean la ciudad, la última manifestación de la armonía original entre suelo y vegetación, que la ciudad, en su expansión, ha ido devorando, modificando e incorporándose poco a poco; hoy también aquí hay bloques de viviendas y del bosque no quedan sino unos cuantos grupos de árboles, anodino ornamento de zonas ajardinadas.

No es que lo lamente, no hay nada que yo conozca mejor que la destrucción, no en vano he sido el artífice de la mía propia, y ahora, al describir la del bosque, me refiero también, una vez más, una última vez, a mi destrucción particular, y confieso que contemplo con emoción el tiempo de la infancia, ese tiempo que nos parece interminable, ¡pero qué pronto se acaba!, el tiempo en el que nada nos parece más perdurable que la rugosa corteza de un árbol majestuoso, sus retorcidas raíces y el vigor con que se aferra al suelo y se funde con el paisaje; por ello, las percepciones de la niñez no pueden tener soporte más sólido ni fijación más firme que la misma naturaleza, en la que todo milita contra la destrucción y hasta la misma decadencia nos remite a lo perdurable, lo impersonal, lo permanente.