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Porque el cuerpo exhala sus sentimientos, sólo hay que estar lo bastante cerca para percibirlos.

En su dolor veía yo un reflejo deformado de la sensación que había suscitado en mí la pérdida del cuerpo desnudo de mi padre, una sensación de carencia que nunca superaría.

Al cabo de un rato, ella se volvió hacia mí y empezó a seguir mis movimientos, lo que me impulsó a beber la leche más despacio todavía, para hacerla durar; yo hacía como el que no ve ni siente una presencia, se mantiene indiferente, se desentiende de ella, con lo que, instintivamente, ahondaba en su herida, acrecentando su sensación de abandono.

Hasta el momento en que le pareció que el tazón de la leche podía consolarla.

Alargó la mano hacia él, pero yo me lo llevé a la boca y di un sorbetón.

Ella se soltó de la verja y se acercó a mí, mejor dicho, al tazón, al sorbetón, al acto de beber.

Ahora estaba a mi lado y en esta proximidad se inició nuestro diálogo mudo. Yo seguía fingiendo no darme cuenta de que ella quería la leche y, con ademán casual, me puse el tazón entre las rodillas, para protegerlo.

Ella extendió el brazo y entonces yo retiré el tazón.

Sólo soltó un débil quejido, aquel sonido odioso con el que por la tarde esperaba a nuestro padre.

Porque no sólo sabía cuándo se levantaba él, sino que también adivinaba cuándo regresaba a casa.

Por las tardes, cuando yo esperaba a Livia, entre cuatro y cinco, dondequiera que estuviera, le entraba de pronto un vivo nerviosismo, inquietud y desasosiego, y dejaba oír aquel gemido interminable, como si la alegría se anunciara con dolor, y porfiaba en el sonido hasta que éste se convertía en llanto, un llanto que iba subiendo de tono; aunque no era propiamente llanto, porque no derramaba lágrimas, más parecía la queja de un animal, que ella, deambulando por la casa y el jardín o agarrada a la verja, mantenía hasta que nuestro padre llegaba a casa.

Si mal no recuerdo, mi hermana no daba estas exageradas señale de pena o de júbilo cuando estaba reunida toda la familia, por ejem pío, en la sobremesa del almuerzo del domingo.

Cansado de oír su llanto, metí el índice en el tazón y saqué la nata de la leche. Esta bobada tuvo la virtud de distraerla de su dolor, y se inclinó hacia mí con la boca abierta, dando a entender que quería la nata.

Le acerqué el dedo a la boca, como el que enseña el cebo al pez pero, antes de que ella pudiera atrapar la nata con los labios y la lengua, retiré el dedo, repetimos el juego hasta que su boca volvió a contraerse con la mueca del llanto, y entonces le di el cebo y el dedo.

Ella chupaba con fruición, y yo, para aumentar su placer, le puse en la mano el tazón ya casi vacío y salí por la verja que estaba a su espalda corriendo con todas mis fuerzas para que, cuando se diera cuenta de mi marcha, no viera más que la calle vacía.

En el sendero estaba Kálmán.

Estaba en el sendero que, encima del campo de maíz situado detrás de la casa de sus padres, conducía al bosque, tenía en la mano un bastón y con un extremo apuntaba al suelo, sin moverse.

El viento agitaba las relucientes hojas verde oscuro del maíz con una crepitación seca y el bosque murmuraba.

Qué estaba haciendo allí, le pregunté cuando llegué arriba, jadeando, casi tuve que gritar, para dominar con la voz el bramido del viento, pero él no me contestó, volvió la cabeza despacio y me miró fijamente, como el que no sabe con exactitud quién tiene delante.

A sus pies, en medio del camino, había un ratón muerto, al que no había tocado con la punta del bastón.

A mí no se me ocurría qué podía haberle sucedido, porque cuando había dado la vuelta a la granja buscándolo -a aquella hora no se podía gritar, porque sus padres y hermanos dormían-, todo parecía estar en perfecto orden: había sacado a los pollos y los gansos, el establo estaba vacío y en la porquera los lechoncitos se agarraban con ansia a las tetas de su madre, plácidamente tumbada en el suelo.

Me acerqué a la cerda, para ver cómo seguía, y ella levantó la cabeza y me gruñó largamente, como si me reconociera y se alegrara de verme, y a mí me hubiera gustado compartir con él inmediatamente la satisfacción, la tonta sensación, de que el animal me quería.

Un poco más allá, su perro corría alrededor de un arbusto, hundía el hocico en las hojas, volvía a dar vueltas, muy excitado, y otra vez husmeaba y escarbaba en el sitio en el que había encontrado algo sensacional que no conseguía atrapar.

Al ver que estaba observando a unos escarabajos enterradores que trajinaban en torno al ratón muerto, me agaché a mirar, con la esperanza de hacerle hablar; me irritaba su silencio, quizá era efecto del viento, pero yo me sentía muy excitado y pletórico de energía como para poder identificarme con él sin una transición, pero tampoco podía preguntar qué le pasaba, porque estas cosas no se preguntan.

Si más no, porque la desgracia debía de ser tan grande que ni se daba por enterado de mi actitud deferente, al contrario, hacía como si estuviese allí por casualidad y hasta le mortificara haberse quedado mirando a aquellos estúpidos escarabajos; con su gesto y con su inmovilidad, me daba a entender que estaba muy equivocado si creía que tenía algún plan, él ni miraba los escarabajos ni pensaba hacer nada, estaba allí y nada más, y yo podía guardarme mi interés, no me necesitaba, a ver si lo dejaba en paz, sería inútil que hiciera como si aquellos escarabajos me interesaran tanto, él me veía las intenciones, y le bastaba con el maldito viento y este asco de sol y el chiflado de su perro, y yo podía irme al cuerno de una vez.

Pero yo no me moví, lo cual no dejaba de ser humillante, porque su indiferencia y su retraimiento hacían que pareciera inútil quedarse, y a pesar de todo, me quedé.

¿A qué había venido? ¿Por qué venía a su casa? Pero ¿adonde había de ir si no? Y, si no venía yo a su casa, ¿no iría él a la mía? Porque, cuando yo me enfadaba, cuando me sentía ofendido y la herida de mi amor propio era muy profunda como para que pudiera olvidarla y encogerme de hombros, era él el que se presentaba en nuestra casa, sonriendo de oreja a oreja como si no hubiera ocurrido nada, aunque yo sabía bien que no venía exclusivamente por mí sino porque trataba de impedir que yo fuera a casa de Maja y, aunque no de forma tan descarada, yo hacía otro tanto, también iba a su casa para averiguar si había ido a ver a Maja.

La diferencia entre nosotros consistía en que él trataba de vigilarme, estorbarme y retenerme, en tanto que yo sólo quería controlar y saber, y, cuando no lo encontraba en su casa ni su madre podía decirme adonde había ido, cuando en vano recorría el bosque con la esperanza de que mis suposiciones fueran falsas porque lo encontraría por ahí, y no lo encontraba, sentía que los celos me ahogaban, pero no tanto por Maja como por Kristian.

Porque, mientras yo andaba por ahí solo, triste e indefenso, ellos estaban juntos sin pensar en mí para nada, porque yo nada significaba para ellos.

Pero de esto nada podía saber él.

Tampoco podía saber que mis celos, cuando él conseguía burlar mi vigilancia y escapar a casa de Maja, no eran tan fuertes, ni mucho menos, como los suyos en el caso contrario, porque a mí no me afectaba tanto lo que él pudiera hacer con Maja, mejor dicho, me hubiera gustado saberlo, pero me producía cierto placer, un placer doloroso, desde luego, pensar que, en un asunto que yo creía que no me interesaba especialmente, él fuera mi sustituto, y yo, el suyo, y cuando estaba en casa de ella esta idea de la sustitución me apasionaba.

Era como si Maja no amara en nosotros a dos seres diferentes sino a uno solo, que, sin embargo, no podía concretarse individualmente en ninguno de los dos, de manera que, cuando ella me hablaba a mí también le hablaba a él, un poco, y cuando estaba con él también parecía querer estar conmigo, por lo que, mal que nos pesara, cada uno debía soportar la presencia del otro, del extraño, que, por otra parte por familiar que a ella le resultara, no dejaba de ser un intruso que le impedía alcanzar el placer ansiado; Maja, por muchos aires de puta que se diera, a nuestros ojos, era un ideal, no era la veradera Maja, ni para él ni para mí, ni siquiera para sí misma, porque lo que buscaba en él o en mí sólo podía encontrarlo en los dos y, al no hallar a ese ser único, sufría e imitaba la coquetería de Sidonia, con lo que se convertía a nuestros ojos en una especie de símbolo de la feminidad al que nosotros hubiéramos debido oponer nuestra masculinidad, pero no podíamos saber aún que ella, precisamente con este juego de las sustituciones, en el que aprendíamos unos de otros y unos con otros, estaba llevándonos hacia nuestra realización; paciencia, nos exhorta la naturaleza, cada cosa a su tiempo, aunque a veces haya que sacar esta paciencia de la impaciencia de un amor arrebatado.