Entonces eché a correr por el bosque, gozando del placer de la carrera y de la fuerza del viento, él corría detrás de mí, pero no podría alcanzarme, porque, si mi huida era el reconocimiento de su victoria, también era mi desquite, el perro corría con nosotros, todo quedaba ahora en un juego, estábamos empatados y reconciliados, y entonces, como el joven macho que acaba de pelear por la hembra, con la euforia de haber conseguido escapar, con el placer de sentir la velocidad con que avanzaba mi cuerpo y la agilidad con que esquivaba las ramas haciendo quiebros, con la libertad que infunde la energía, entonces sí me acordé de Maja, de cómo corría delante de Sidonia por la pendiente del jardín, debió de ser por las risas, por la similitud de las situaciones, me parecía que yo era Maja, y es que mi forma de pelear tampoco era la propia de un muchacho; él trotaba y jadeaba detrás de mí, las ramas crujían y se partían bajo nuestros pies, las hojas nos azotaban el cuerpo entre siseos, murmullos y chasquidos, no dejé que me alcanzara -yo era más rápido y quería demostrárselo poniendo distancia entre los dos- hasta que llegamos al calvero, en cuyo extremo, bajo los árboles, habían plantado la tienda.
Cuando me paré bruscamente y me volví a mirarlo vi que temblaba de pies a cabeza, ya no se reía, estaba pálido y su piel tostada por el sol parecía manchada.
Jadeábamos echándonos mutuamente el aliento, yo me limpié la nariz con la mano y me sorprendió ver la sangre, también sangraba detrás de la oreja, pero esto no me interesaba en absoluto, estábamos los dos muy excitados, aunque fingíamos indiferencia, como para reparar en estas cosas.
Yo sabía que él estaba al tanto de lo que me proponía, lo había notado mientras corríamos, y él me comprendía lo mismo que yo a él.
La sangre le impuso un poco, pero con el ademán con que me limpié la mano en el muslo, le di a entender que eso ahora carecía de importancia, a mí no me preocupaba y tampoco él debía preocuparse.
Era una suerte que, gracias al viento, no nos hubieran oído acercarnos, por señas, le indiqué que avanzara un poco más, y se escondiera detrás de un arbusto y también que algo había que hacer con el perro.
Los observamos en silencio desde la espesura.
Pero el perro nos observaba a nosotros, no entendía aquella parada repentina y era de temer que hiciera un movimiento que nos delatara o, incluso, que se pusiera a ladrar en son de protesta.
Y, para que la cosa saliera bien, era indispensable que no sospecharan.
El viento ondulaba la hierba alta del calvero que relucía al sol.
Todo debía seguir como estaba ahora.
Kristian se encontraba cerca del borde inferior del calvero, tenía en la mano una rama larga que, abstraído y con la indolente elegancia peculiar en él, estaba tallando con su cuchillo de monte con puño de marfil del que estaba muy orgulloso y que debía de ser de su padre, cortaba las hojas, seguramente, para hacer un espetero, y Prém, que estaba sentado en lo alto de un árbol no muy lejos de él, le decía algo que el viento no nos dejaba oír claramente.
Algo de unas tablas que tenían que traer.