Kristian no contestaba, sólo levantaba la cabeza con aire distraído y le dejaba hablar, mientras sostenía la rama a distancia y hacía saltar los pequeños haces de hojas con un ligero movimiento del cuchillo.
Entonces me di cuenta de que, hasta aquel momento, nunca los había visto juntos a solas, a pesar de que, por sus indirectas, sus insinuaciones y sus despectivas observaciones, tenía que haber comprendido que eran inseparables, porque, por más que los observaba y especulaba sobre ellos, todo lo que los rodeaba era un misterio, y sus medias palabras me parecían la prueba de su común deseo de pasar inadvertidos; como si sólo existieran ellos dos y un mundo aparte, carente de todo interés, poblado por seres extraños, inferiores y estúpidos; si alguien lograba acercárseles, se avenían a jugar con él, amigablemente y de buen grado, como dos futbolistas bien compenetrados que juegan con el forastero por cortesía y para distraerse; de este modo, su vida en común permanecía oculta, y quizá éste fuera el secreto de su seguridad y su superioridad, que te hacía creer que ellos gozaban de la vida verdadera, la que todos ambicionamos pero que nos está vedada, y vedada ha de permanecer, porque ellos son los guardianes de esta vida maravillosa.
Yo ansiaba esa vida y me mortificaba vivamente no poder tenerla o, por lo menos, participar de ella.
La tienda estaba en el borde de la parte alta del calvero, debajo de los árboles y, a su lado, se veían un balde azul, volcado, el mango vertical de una pala hincada en el suelo, el montón de leña preparado para la hoguera nocturna, la hierba del calvero que se ondulaba, más allá, la mancha roja de una manta de lana, de pie en la parte baja, Kristian que, de vez en cuando, se llevaba una mano a la espalda, como para espantar una mosca impertinente, y, subido al árbol, Prém: el cuadro respiraba una paz y una armonía que casi podían interpretarse como un mensaje secreto, pero yo esperaba descubrir secretos más emocionantes.
Kálmán se agachó sigilosamente, tomó una piedra que estaba junto a su pie y, con un movimiento rápido, la arrojó hacia el perro, apuntando cuidadosamente para no tocarle.
La piedra dio en el tronco de un árbol, y el perro, sin moverse, miró a Kálmán, como si le hubiera entendido pero no supiera a qué venía aquello y movió la cola ligeramente, con reprobación.
Kálmán siseó furioso, le hizo seña de que se largara, que se fuera a casa, que desapareciera, levantó otra piedra con gesto amenazador, aun temblaba y estaba pálido.
Entonces el perro empezó a andar, con paso inseguro y no en la dirección en que Kálmán quería que fuera sino hacia nosotros, pero, de pronto, de sus ojos se borró todo interés por nuestras personas, dio media vuelta y, por más que Kálmán siseaba y amenazaba con la piedra, salió trotando al calvero; lo seguíamos con la mirada sin movernos, lo vimos desaparecer, ahora sólo se adivinaba dónde estaba por cómo su cuerpo interrumpía la suave ondulación de la hierba, por fin, su lomo oscuro surgió allá abajo, a los pies de Kristian, que levantó la mirada y le dijo algo y el animal se paró, dejó que Kristian le rascara la cabeza con la punta del cuchillo y se fue trotando por entre los árboles.
Que Kristian no sospechara, que no mirara en dirección a nosotros, que no indagara de dónde venía el perro, nos produjo un júbilo triunfal, Kálmán dio unos puñetazos al aire y nos miramos sonriendo ampliamente, y resultaba extraña la sonrisa en su cara todavía pálida, él seguía temblando, como si luchara contra una fuerza que no podía descargarse por sí sola y que desafiaba a sus puños con insistencia, o contra una enfermedad desconocida que lo enfebrecía; también el cuello lo tenía más pálido, pero no la piel del cuerpo, que sólo parecía haberse contraído, estremecida, con aquellos cambios, era como si a mi lado tuviera a un desconocido, sensación a la que entonces, a causa de mi propia excitación, no di importancia, porque, ¿qué puede haber en el mundo que un niño no encuentre natural?, ¡y qué puede haber que no comprenda! -el temblor, la palidez, el brillo vidrioso de los ojos habían borrado de sus facciones su expresión plácida y bonachona característica, a pesar de que ahora parecía más robusto y bien formado que nunca y hasta más guapo, aunque quizá sería más apropiado decir que la capa de grasa que tenía bajo la piel que le daba aquel aire bondadoso se había fundido y la vibración nerviosa de sus músculos desnudos hablaba ya de un nuevo Kálmán, más hermoso pero transfigurado, sus tetillas moradas parecían más grandes sobre los músculos del pecho que la fiebre hacía temblar, la boca, pequeña, los ojos, inexpresivos y, en lugar de la naturalidad de siempre, advertía yo ahora una rigidez que acentuaba sus formas anatómicas, una buena razón para reflexionar sobre las leyes de la belleza-; si aún viviera, mi curiosidad acerca de las leyes funcionales de la belleza me haría preguntarle por las causas internas de aquella transformación, pero murió delante de mis ojos, casi en mis brazos, la noche del veintitrés de octubre de mil novecientos cincuenta y seis, un martes, por lo que no puedo sino suponer que su excitación, provocada por nuestra pelea, su derrota y su triunfo despertaron en él sentimientos desconocidos contra los que su cuerpo, precisamente porque eran desconocidos, no pudo luchar; entonces echó a correr y yo fui tras él, y, si es cierto que la idea salió de mi cabeza, no lo es menos que sus músculos fueron los primeros en entrar en acción; corríamos con precaución, buscando a cada tranco un lugar seguro para asentar el pie, a fin de no hacer ruido y dando un rodeo, para que Prém no nos viera desde el árbol.
Rodeamos el calvero y llegamos a la roca memorable en la que nos habíamos tocado el uno al otro y desde la que, protegida por las matas de espino blanco, Sidonia había visto a Pisti pegar al cobrador y, de la impresión, le había venido la regla. Vista con los ojos de hoy, no es una roca, naturalmente, sino una simple piedra plana, no muy grande, erosionada por el agua y el hielo y cuarteada por raíces, que se desmenuza a capas, y cuando, años después, pasé casualmente por allí, me sorprendió comprobar cómo los niños, en su inocencia, pueden considerar observatorios discretos y escondites seguros lugares tan expuestos y arbustos tan poco tupidos.
Kristian había terminado de tallar la vara y dijo algo que el viento no nos dejó oír, pero en aquel momento Prém, tensando el cuerpo y buscando puntos de apoyo con los pies, empezó a bajar del árbol.
Había llegado el momento, mejor dicho, ya no podíamos esperar más. Yo saltaría primero y Kálmán me seguiría, él ya no podía reprimir por más tiempo su energía acumulada, si le hubiera dejado, se hubiera lanzado a lo bruto, pero yo quería saborear los efectos de la sorpresa.
A grandes zancadas llegamos a la tienda sin ser vistos y, uno tras otro, nos arrastramos al oscuro interior, que era sorprendentemente espacioso, la gruesa lona no dejaba pasar la luz, hacía calor, hubiéramos podido ponernos de pie, pero nos movíamos a gatas, en el aire enrarecido enseguida percibí el fino olor de Kristian, sólo una raya de luz entraba por la abertura del techo medio levantada, oscureciendo más que iluminando el interior de la tienda; chocábamos constantemente con brazos y piernas, cegados tanto por la luz como por la oscuridad, nos arrastrábamos entre los objetos palpándolos ávidamente, aún me parece oír a Kálmán husmear como un animal, pero no puedo encontrar en mi memoria ningún otro detalle, aparte de aquel palpar y arrastrarnos excitados en la oscuridad asfixiante, el brillo de su nuca en la franja de luz oblicua, el jadeo de su respiración; ignoro, por ejemplo, cuánto tardamos en decir algo, creo que no teníamos necesidad de hablar, yo sabía lo que él quería, lo que él haría, y él, lo que quería y haría yo, sabíamos por qué deseábamos apoderarnos de aquellos caros objetos que nos producían un vértigo de alegría, dentro de un momento saldrían volando de la tienda y, no obstante, cada uno de nosotros estaba solo, encerrado en su furor, en lo que nos parecía la auténtica vida secreta de los conspiradores; creo recordar que empezó él, debió de levantar el ala de la puerta y echarla sobre el techo, lo cierto es que la tienda se llenó de luz, eso lo recuerdo claramente, y entonces oí chocar con estrépito contra el suelo la olla que había salido disparada describiendo un amplio arco, yo tenía en la mano una linterna, a partir de entonces, arrojábamos lo primero que encontrábamos, cosa por cosa, no importaba lo que fuera, mientras fuera duro y se rompiera, los objetos estallaban, reventaban, se partían, se astillaban, no había tiempo para escoger, revolvíamos furiosamente en la ropa, prendas de vestir, trapos, sacos, mantas, chocando en nuestro frenesí, porque ya subían corriendo hacia nosotros por el calvero, Kristian, con el palo y el cuchillo; aunque quedaban todavía muchas cosas, yo, incluso en pleno delirio, procuraba que lo más delicado, como el catalejo, el reloj de cocina, el farol que parecía oxidado al tacto, los tenedores, el encendedor y la brújula fueran a parar lo más lejos posible y en las direcciones más diversas.