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Yo gritaba, gritaba con todas mis fuerzas llamándole, tiraba de él, había que salir de allí, porque ya empezaban a sonar las pedradas en la lona; Prém corría, se agachaba, lanzaba la piedra y seguía corriendo con una habilidad endemoniada, como si la acción de agacharse y lanzar no le frenara, pero Kálmán estaba ciego, obsesionado, no me oía, y tuve miedo de verme obligado a dejarlo, algo que me parecía imposible, yo empujaba y tiraba de él, pero él parecía no darse cuenta de que ya estaban allí; Prém había adelantado a Kristian, no teníamos tiempo, había que actuar, y, mientras yo salía a rastras por detrás de la tienda y, asiéndome a raíces y ramas, sin dejar de mirar atrás, trepaba hacia la maldita roca para ponerme a cubierto detrás del espino, él se quedó parado delante de la tienda hasta que los tuvo a pocos pasos, mirándolos a los ojos, se agachó y, sin apresurarse, dio la vuelta a la tienda arrancando una a una todas las estacas, las más flojas, de un simple puntapié y, echando a correr a su vez, me siguió.

La tienda cayó en el momento en que llegaban ellos, el espectáculo los dejó atónitos, y si alguna idea tenían de lo que había que hacer, se les olvidó, y se quedaron allí plantados, jadeantes y perplejos.

Bajo el aullido del viento se oía chirriar las piedras que Kálmán hacía rodar con los pies.

La derrota era total y definitiva, por eso no se movían, no gritaban, no podían perseguirnos ni insultarnos, era imposible abarcar todos los daños de una sola mirada, y cualquier movimiento o palabra no hubiera sido sino el reconocimiento del descalabro, sencillamente, no disponían de una reacción a la medida de aquel desastre, una satisfacción más para nosotros; a pesar de nuestra retirada, ahora ocupábamos una posición muy ventajosa en nuestro camuflado otero, mientras ellos estaban en descubierto allá abajo; Kálmán se tendió sobre el vientre a mi lado, para no delatar nuestra posición, y nos quedamos quietos, esperando; era una victoria, sí, pero nadie sabía qué consecuencias podía tener, por eso no diré que nos regodeáramos, al contrario, lo mismo que ellos, calculábamos ahora el alcance de nuestra acción, y yo empezaba a sentirme inquieto, no por la alevosía del ataque ni la ruptura de la amistad, que estaban justificadas, sino porque barruntaba que, con la destrucción de objetos de valor, habíamos cruzado una frontera prohibida, no debimos hacerlo, desde aquí no se podía volver atrás a nuestros juegos habituales, a esto tenía que seguir algo terrible y catastrófico, eso ya no podía considerarse un juego; con la destrucción de aquellas cosas, los exponíamos a una intervención de los padres, de consecuencias imprevisibles y, por muy justificada que estuviera nuestra venganza, los habíamos entregado, por lo que nuestra victoria era una vil traición con la que nos situábamos fuera de la ley, porque no sólo nos habíamos erigido en jueces sino que los habíamos puesto en las manos del enemigo común, y sabíamos que a Prém su padre lo golpeaba todas las noches, y no con la mano sino con el cinturón y con el bastón y, si caía al suelo, con el pie, y el farol y el despertador eran suyos, y cuando los oía romperse pensé que Prém se los habría llevado sin permiso, pero no dejaba de ser una victoria y no íbamos a renunciar a sus momentáneas ventajas por consideraciones morales o la preocupación porque la magnitud de los daños fuera a proporcionarles una superioridad moral que no podríamos soportar.

No se miraban, estaban quietos delante de la tienda caída, Kristian, con el palo en una mano y el cuchillo en la otra, lo que, vista su derrota, resultaba más ridículo que amenazador, las caras, también totalmente inmóviles -no podíamos adivinar si, secretamente, por señas, preparaban un cotraataque-, como si reconocieran que aquello era el fin; Prém apretaba un puño, como si aún sostuviera en la mano la piedra que acababa de lanzar, pero, si ya había acabado todo, ¿qué hacíamos ahora?, yo no sé qué pensaba Kálmán, yo sopesaba las posibilidades de una retirada inmediata, incondicional y silenciosa, teníamos que salir como fuera de aquella situación denigrante, retroceder, abandonar cobardemente el teatro de operaciones y olvidar nuestra victoria lo antes posible, pero entonces Kálmán se alzó bruscamente sobre una rodilla y, como si acabara de darse cuenta de que estaba echado sobre un depósito de municiones, tomó un puñado de piedras y empezó a lanzarlas desde detrás de las matas, sin apuntar. La primera dio a Kristian en un hombro y las otras se perdieron. Y entonces, como impulsados por un mismo resorte pero en direcciones opuestas, empezaron a correr por el claro, el uno hacia la derecha y el otro hacia la izquierda y desaparecieron entre los árboles. Con ello, por un lado dividían el ataque y desconcertaban a los atacantes y, por el otro, disipaban la ilusión de que, en su derrota, no supieran qué hacer.

Aunque sus caras no lo habían dejado traslucir, tenían un plan, esta carrera no era, pues, una huida, allí, delante de nuestros propios ojos, se habían puesto de acuerdo con su lenguaje secreto sin que nosotros nos enteráramos; así pues, entre ellos había algo que no podía ser destruido.

Siseando con rabia, dije a Kálmán que era un idiota por andar a pedradas sin ton ni son, y un hijo de puta; nunca le había llamado tal cosa, pero ahora me hizo mucho bien pronunciar esas palabras, fue como una especie de venganza por todo.

Él seguía de rodillas, con piedras en las manos y sólo se encogió de hombros ligeramente, como dando a entender que no sabía por qué me enfadaba, que no había razón, de su cara habían desaparecido las manchas claras, ya no tiritaba, estaba tranquilo y hasta contento, y me miraba con la obtusa superioridad del triunfador, tenía la boca abierta, sus ojos habían perdido aquel brillo alarmante, pero en su actitud amistosa percibía yo cierto desdén, y, con un ademán, me indicó que ahora, probablemente, tratarían de rodearnos, por lo que valdría más que me calmara y me diera la vuelta, porque había que asegurar la retaguardia.

Yo estaba furioso, de buena gana le hubiera sacudido o le hubiera hecho caer de la mano aquellas malditas piedras: por una jarra de leche me había enemistado para siempre con Kristian; me puse de rodillas jurando para mis adentros, mientras entre nosotros volaban dos mariposas negras que casi le rozaron el pecho y se elevaron en tirabuzón junto a su cara, pero no le llamé estúpido campesino de mierda como deseaba, sino que le agarré la mano, pero tampoco eso me salió como pensaba, no sé qué me ocurría, lo cierto es que empecé a suplicarle, vamonos ya, por favor, le llamaba Kálmánka, un diminutivo que sólo usaba su madre, lo que me hizo sentir asco de mí mismo, le dije que todo aquello era una idiotez, que no tenía objeto, que qué más quería, que si no venía lo dejaría solo, y entonces volvió a encogerse de hombros y retiró la mano, dándome a entender que por él podía irme adonde quisiera, que le tenía sin cuidado.

Le dije que era un jodido idiota, y se lo dije por Kristian.