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En realidad, deseaba decirle que no debíamos haber hecho aquello, pero no podía olvidar tan fácilmente que la idea había sido mía, y no se enmienda una mala acción con una injusticia, también él me importaba, ¡sólo que no de igual manera!, bien lo sabía yo, ¡no de igual manera!, y, por otra parte, el momento de la victoria no era el más apropiado para portarse como un bellaco, por eso no tenía más remedio que ponerme insoportable.

Pero más asco me daba a mí mismo, por no poder marcharme, me revolví sobre la roca, indeciso, me eché sobre el estómago y miré hacia el bosque por si aparecían por allí.

En cierto modo, estaba agradecido a Kálmán, porque, al quedarle, algo de dignidad había salvado, por lo menos, mi cobardía había quedado entre él y yo, y él no se había permitido hacer ni el menor comentario, aunque había comprendido -aquel destello de malicia que yo había visto en sus ojos-, y quizá, por primera vez, asumido que Kristian era muy importante para mí, y que él, en realidad, no contaba.

El sol nos quemaba, ni el viento mitigaba su calor, la piedra ardía, no ocurría nada, sólo acudían moscas, y hubiéramos tenido que aceptar que no vendrían, aunque de un momento a otro podían salir zumbando por entre los árboles, porque una cosa era segura, no renunciarían a la revancha; en cualquier momento, yo hubiera podido gritar ¡ya están aquí!, y hasta pensé en no advertirle, ¡qué vinieran y que hicieran lo que quisieran con nosotros! Los árboles que murmuraban, crujían y castañeteaban al viento, las ramas que se agitaban y combaban, los huecos que se abrían y cerraban en el sotobosque, los destellos irregulares de las hojas, todo me daba la impresión una vez y otra de que oía pasos, rechinar de suelas, de que una cara acechaba entre la espesura, cuerpos surgían de detrás de un tronco, o se escondían, pero nada de eso sucedía, era en vano que yo esperara recuperar a Kristian por una traición, no venía nadie, yo no podía sino, por las tácitas leyes de un estúpido código del honor, seguir tostándome en aquella piedra, ojo avizor, permanecer en la trampa al lado de Kálmán; como el asunto no me afectaba ni me interesaba, para no tener que pensar, amontonaba piedras, para demostrarme a mí mismo mi propósito de combatir, así las tendría a mano, llegado el caso, pero también esta tarea acabó, ya no había nada más que hacer, y cuando él se movió y me rozó casualmente el pie con el hombro, yo lo retiré, me desagradaba el calor de su piel.

Había que contar con la posibilidad de que no vinieran solos, sino que trajeran refuerzos, de que uno de ellos estuviera observándonos mientras el otro ya había ido en busca de ayuda, y, sin embargo, yo no pensaba más que en el cuchillo de Kristian, ¡que me atacaba por detrás con el cuchillo!, y eso hacía que sintiera en la espalda con más fuerza los rayos del sol y la caricia del viento.

Debía de ser casi mediodía, pero aún no se oían las campanas de la iglesia cercana que resonarían en todo el bosque, el sol estaba perpendicular y calentaba como si hubiera descendido sobre nosotros; de no ser por el vendaval, no hubiéramos podido resistir aquellas horas de inactividad, dos veces le pregunté si veía algo, ya que yo nada veía, y no me contestó, y su obstinado silencio me reveló que un mismo encono mantenía nuestros cuerpos inmóviles sobre la roca, el miedo amansa el furor y la llama del odio se extingue en la cobardía; pero este sentimiento, reprimido y envolvente a la vez, no estaba dirigido a los otros dos sino a nosotros, no era un miedo corriente, miedo a que pudieran traer refuerzos, rodearnos, zurrarnos y derrotarnos, porque era evidente que, pasara lo que pasara, no teníamos esperanzas, y la falta de esperanzas reduce el miedo, era sólo que, en estas horas de incertidumbre, nosotros mismos habíamos destruido la superioridad conquistada, la había destruido aquel extraño sentimiento compartido; es destino de los vencedores castigarse a sí mismos como no les ha castigado el enemigo; nuestros cuerpos hablaban, nuestro silencio era clamoroso, nuestra piel tenía una elocuencia demoledora; en esa hora, habíamos comprendido que nuestro triunfo no era discutible sólo moralmente sino también por simples cuestiones prácticas; ni siquiera acerca de su significado estábamos de acuerdo, para cada uno significaba algo distinto, y poco a poco fuimos descubriendo los límites de nuestra amistad, descubrimos que nuestra momentánea alianza, concertada a espaldas de los otros dos chicos, se había roto; por más que nos hubiéramos rebelado contra ellos, por más que, durante el breve tiempo de la conspiración y la acción, hubiéramos considerado aquella unión tan firme como la de ellos, nuestra alianza no había podido resistir el éxito ni mantenerlo; le faltaba el ingrediente secreto, nosotros dos no bastábamos, podíamos ser, como mucho, cómplices, pero nos faltaba la armonía que nace de la compenetración y la complementariedad que habíamos combatido en ellos, que yo les envidiaba, que me exasperaba, que había resultado inexpugnable como una fortaleza y, a través de la mágica radiación de esta armonía, mágica, sí, no me asusta la palabra, ellos no sólo nos habían otorgado su amistad, sino que también nos dominaban, y era una buena cosa, pero ahora nosotros habíamos malgastado, disipado, destruido aquella cosa buena y éramos nosotros los perjudicados; el lugar de Kálmán estaba a su lado, su calma, su sensatez y su bondad eran buen contrapunto para la turbulencia, la malicia y el humor feroz de la pareja, pero yo sólo podía establecer relación con ellos desde fuera, a través de la amistad de Kálmán, como frío observador del triunvirato, por mí solo no tenía acceso a ellos, pero necesitaban a alguien en el exterior, que asegurara y robusteciera la unión; también era una jerarquía en cuya cúspide estaba Kristian, sin duda por su encanto y su ingenio, así habíamos tenido que aceptarlo y no lo discutíamos, porque nos gustaba que así fuese y porque eso marcaba nuestra vida, y quizá yo hasta deseaba sufrir por él, porque algo bueno y útil podía salir de ello; Kálmán tardó más en advertir lo que yo había descubierto enseguida, que en nuestra victoria estaba nuestro fracaso definitivo, y que ahora yo perdía, además de mis esfuerzos, todo lo de bueno tenía mi vida, y en su actitud advertí que comprendía sería inútil seguir allí, inútil esperar, inútil defender nuestro honor, porque, aun en el caso de que nosotros los derrotáramos, lo que era poco probable, nunca podría restablecerse el viejo orden destruido, y no había un orden nuevo, sólo el caos.

Mira, dijo de pronto en voz baja, ronca de la sorpresa y, a pesar de yo estaba esperando un sonido, una señal, algo, su advertencia me pilló desprevenido, porque en el desierto de la espera hasta el movimiento de un grano de arena es inesperado y sorprendente, rápidamente levanté la cabeza, aquélla no era su voz de combate sino su vieja voz que, gratamente sorprendida, salía de una tranquila contemplación, la voz que tenía durante nuestras excursiones cuando por fin, descubría lo que había estado esperando, un pajarillo caído del nido, una oruga peluda, un puerco espín que escarbaba en la hojarasca, yo tuve que incorporarme para ver.

Abajo, donde el empinado y sinuoso sendero que subía de la calle salía al calvero entre dos espesos arbustos, por entre las hojas agitadas por el viento, aparecieron un destello blanco, un trozo de tela roja, un brazo desnudo, un fulgor dorado, eran las tres chicas que venían por el camino.

Subían sin detenerse, estaban cada vez más cerca, venían en fila india, muy juntas, casi tapándose unas a otras por el estrecho sendero, y ahora, al salir a campo libre, casi tropezaron entre sí; hacían pequeños movimientos, se agachaban, se volvían, charlaban, reían, Hedi, siempre tan amiga de recoger flores, llevaba un ramillete en la mano e, inclinándose hacia atrás, lo agitaba delante de la nariz de Livia, jugando, y hasta le golpeó suavemente la cara, ella era la del vestido blanco, Maja le dijo algo al oído, pero en un tono que también debió de oír Livia, cuya falda era el rojo que habíamos visto entre las ramas; ésta se adelantó corriendo y, como si quisiera arrastrar a Maja con su impulso, le tomó la mano, y Hedi agarró la otra mano de Livia mientras agitaba sus flores delante de la cara de Maja, ahora iban todas de la mano, muy juntas, y se acercaban a nosotros, paso a paso, Hedi, Livia en el centro y Maja, pendientes unas de otras, intercambiando palabras según un código indescifrable, dejándose llevar por el ritmo de la charla, juntando y separando las cabezas, y su avance entre la hierba del claro que el viento sacudía y revolvía parecía rápido y majestuosamente lento a la vez.