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La escena no era insólita, ellas solían ir de la mano o del brazo, ni era de extrañar que Hedi llevara el vestido blanco de Maja, que se había puesto el de seda azul marino de Hedi, a pesar de que no le estaba a la medida; Hedi era más alta y más llena, «tiene más pechera», decían amigablemente, refiriéndose a las prendas de vestir, a mí me gustaba escucharlas, sospechaba que existía entre ellas una rivalidad similar a la que había entre nosotros, los chicos, pero a ellas parecía preocuparles menos el tamaño del busto que la cuestión de dónde colocar la pinza del pecho, que debatían con gran seriedad, y la descosían, ponían alfileres y daban tirones a la tela hacia uno y otro lado, con lo que mis sospechas se mitigaban, aunque no creo que fueran infundadas; lo cierto es que los vestidos de Maja aplastaban el pecho de Hedi, lo que «no favorecía nada», pero parecía que la sobra o la falta de ropa y la tan comentada diferencia de tamaño hacían todavía mas interesante el constante intercambio de vestidos, en el que Livia no intervenía, por cierto, y las dos amigas respetaban su reserva con delicadeza y sólo se probaban sus vestidos, no los usaban, además, el vestuario de Livia era modesto, aunque las otras dos todo lo encontraban «monísimo», y rivalizaban en prestarle pañuelos, pulseras, broches, cinturones, cintas y collares, para «arreglarla», que ella aceptaba encantada y con toda naturalidad, ahora mismo llevaba un collar de coral que Maja birlaba a su madre cada vez que quería ponerse el vestido blanco; aparte de estos caprichos, a ninguna parecía importarle que aquel intercambio sólo favoreciera a Maja, a ella le sentaban bien los amplios vestidos de Hedi, por lo menos, a nosotros nos parecía más mujer con ellos, la abundancia de tela disimulaba el aire desgarbado de su cuerpo un poco anguloso, entonces parecía toda una señora, era como si ese desigual intercambio tuviera por objeto el de compensar la verdadera diferencia entre ellas, una diferencia que invitaba a ofensivas comparaciones y atormentaba a Maja, y es que Hedi era la más guapa, mejor dicho, era la que, en todas partes, se consideraba la más guapa, de la que todos se enamoraban, y la que, cuando iban juntas las tres, atraía todas las miradas, a la que los hombres susurraban obscenidades, a la que en la oscuridad del cine y en las apreturas de los transportes públicos parcheaban y pellizcaban incluso yendo con Kristian, lo que la humillaba y hacía llorar; era inútil que doblara los hombros hacia adelante y se protegiera el pecho con los brazos, y también las mujeres estaban encantadas con ella, sobre todo con su pelo, y lo acariciaban como si fuera una joya preciosa o hundían en él los dedos con avidez; con aquella melena rubia y ondulada hasta los hombros, la frente alta y abombada, las mejillas redondas y los ojos enormes y un poco saltones, ella era «la más bonita» y esto hacía sufrir a Maja de tal manera que siempre tenía que sacar el tema y ponderaba y alababa más que nadie la belleza de Hedi, como si se enorgulleciera de ella o esperara que alguien contradijera sus elogios; las largas y negras pestañas y las oscuras cejas de Hedi hacían sus ojos muy interesantes y luminosos, ella misma daba a sus cejas la forma y el grosor deseados arrancando con unas pinzas los pelos sobrantes, operación muy dolorosa que presencié una vez, ella tensaba la piel con dos dedos, asía los pelillos con la pinza y los arrancaba, mientras me miraba por el espejo y me explicaba que ahora estaban de moda las cejas finas y que había chicas que se las depilaban del todo y luego se las pintaban con lápiz, «como las cocineras», una ordinariez, porque la mujer elegante nunca debía seguir la moda ciegamente sino encontrar el equilibrio entre sus propias cualidades y las tendencias del momento, no como Maja, que a veces cometía el error de ponerse algo que estaba muy de moda pero que no le sentaba bien, y si le decías algo se ofendía, lo que era muy infantil, pero las cejas tenía que depilárselas, hacía daño, desde luego, pero no era tan terrible, y cuando una tiene unas cejas tan gruesas y tan feas como Maja debería depilárselas a la cera, que no duele nada, y bien que se depilaba las piernas a la cera, que las tenía muy peludas, pero ella no se dejaba las cejas muy finas, porque entonces recitaría más la nariz, y saldría perdiendo; quizá su nariz era un poco grande, delgada y aguileña, una vez dijo que tenía la nariz de su padre, y que la nariz era lo más judío de su cara, de no ser por eso, podría pasar por alemana, rió, no había conocido a su padre, lo mismo que Kristian, bueno, no se acordaba de él, había sido «deportado», y esta palabra me causó una impresión casi tan viva como la que se refería al padre de Kristian, que había «caído», y a mí me gustaba pasarle el dedo por la nariz, así tenía la sensación de tocar algo judío; pero el color de su piel compensaba con creces este pequeño defecto, si hay que considerar defecto a lo irregular, que también es parte integrante de la belleza, y es que su piel completaba todas sus gracias, no era blanca como la de la mayoría de las rubias de ojos azules, sino que tenía un delicado tono trigueño que daba a los irregulares rasgos de su cara la armonía de la perfección; y qué decir de los hombros redondos, las piernas fuertes y largas, el pie arqueado que se posaba en el suelo con suavidad, la cintura esbelta y las femeninas caderas que, al parecer, ella movía provocativamente, por lo que fue amonestada, y entonces la señora Hüvös, su madrina y casera, se presentó en la escuela e hizo una escena en la sala de profesores, dijo que más les valdría vigilar su sucia imaginación y no pensar guarradas y que «habría que prohibir a semejantes personas que se dedicaran a la enseñanza»; era una perfección que no sólo la distinguía en nuestro medio, sino que en todas partes llamaba la atención, era una belleza soberana, belleza que ella sacrificaba un poco con el intercambio de vestidos, pero lo hacía con gusto, porque Maja tenía ropa más bonita y más interesante.

Venían de casa de Maja e iban a la de Livia o de Hedi, y pasaban por allí para acortar camino o para dar a Hedi la oportunidad de recoger flores, actividad que ella, con toda franqueza, reconocía que resultaba favorecedora, lo mismo que tocar el cello y, en general, todo lo exquisito, su habitación estaba llena de platitos, jarros y floreros, y todos los días recogía flores frescas pero nunca tiraba las viejas sino que las secaba y conservaba durante mucho tiempo, a menudo mordisqueaba alguna planta, hierba, hoja o flor, no doblaba las páginas de los libros ni utilizaba más señales que flores u hojas secas y, si te prestaba alguna lectura, dentro encontrabas todo un jardín botánico; estudiaba cello y tocaba el voluminoso instrumento con habilidad.

Hedi solía actuar en las fiestas del colegio y una vez me pidió que la acompañara a la ciudad, porque tenía que tocar en un acto de los judíos y no le gustaba ir sola en el tranvía: regresaría tarde, el instrumento era muy caro y, sobre todo, los hombres no la dejaban en paz; su casa estaba en el centro, en la calle Dob, cerca de la sinagoga, era un edificio viejo y oscuro, que tenía en la planta baja un hogar para trabajadores con un patio en el que se lavaban los nombres, pero su madre, a la que yo no conocía, la había puesto a pensión en casa de la señora Hüvös, que vivía en la parte alta, donde el aire era más puro, ya que, al parecer, Hedi tenía un pulmón delicado, y, además, Ia señora Hüvös cultivaba un hermoso huerto y criaba animales de granja, por lo que su comida tenía que ser más nutritiva, pero Hedi me contó que todo eran excusas y que ella estaba a pensión porque su madre tenía un amante, un tal Rezsó Novák Storcz, un tipo «viscoso» al que ella no soportaba; la madre no estaba en casa, pero había dejado una nota clavada en la puerta en la que decía que esperaba a Hedi en el local de la fiesta y la ropa que tenía que ponerse, y si entonces me acordé de todo esto es porque aquella tarde Hedi llevaba el vestido de seda azul marino de Maja y su madre la obligaba a cambiarse; estábamos en el lúgubre rellano, delante de la puerta, y entonces pensé que a su padre se lo habían llevado de allí, imaginé una escena tumultuosa, un cuadro escalofriante: robustos trabajadores del transporte arrastran un cuerpo vivo y real por el descansillo como si de un armario o de un sofá se tratara, brillan los picaportes, las placas y los artísticos timbres antiguos de latón, en las paredes, impactos de bala, desconchados, parches sobre el revoque mugriento y chamuscado, orificios más pequeños de ráfagas de metralleta; era otoño pero aún hacía calor, por entre los tejados entraban oblicuamente los rayos de un sol fatigado, abajo, unos obreros en calzoncillos se echaban agua unos a otros y sus voces resonaban en el patio adornado con adelfas, alguien batía nata, por una puerta abierta se oía una radio, cantaba un coro, Hedi, sujetando entre las piernas el enorme estuche del cello, leía la nota como si se tratara del argumento de una tragedia, la leyó varias veces, palideció, no podía creerlo, pero sería inútil preguntar qué decía el papel y, cuando fui a mirar, se lo guardó y, con un suspiro, levantó el felpudo en busca de la llave.