En el piso, que era grande y fresco, estaban abiertas todas las puertas, y eran blancas; ella fue directamente al baño, el silencio era total, las ventanas de la calle estaban cerradas y cubiertas por gruesos visillos de encaje y cortinajes de terciopelo color burdeos ribeteados de pesadas borlas y recogidos formando drapeados, en aquel piso todo parecía tener varias capas superpuestas, todo era blando y muelle: las paredes estaban cubiertas de un papel con dibujo plateado, sobre el papel había colgaduras oscuras, y, sobre las colgaduras, marcos dorados con paisajes, bodegones y un desnudo iluminado por la llama púrpura de un pequeño fuego que ardía en segundo término, sobre las alfombras, lonas a rayas rojas, sobre las fundas floreadas de las butacas y los sillones, macasares de ganchillo, y en la habitación central, en la que yo me había quedado de pie, esperándola, la araña de cristal, con su funda blanca anudada a ras del techo, parecía la momia de un monstruo hinchado, el orden y la limpieza eran rigurosos e inhóspitos, los cristales, el cobre, los espejos y la plata tenían un brillo impecable, todo había sido restregado sin piedad, no se veía ni una mota de polvo.
Ella tardó en volver, no se oía correr el agua; luego, sonó una cañería, había abierto un grifo, no había ido al baño a hacer pipí sino a llorar un poco, y salió como el que ha hecho una tarea que consideraba inaplazable; esto es el salón, dijo, haciendo como si se enjugara por última vez los ojos, que tenía enrojecidos pero sin lágrimas, y ahí está mi habitación, prosiguió, debía de ser un disgusto que deseaba olvidar cuanto antes y aunque se esforzaba por sonreír, me daba cuenta de que le dolía que la viera en aquel estado y hasta que estuviera allí.
Había quietud en la casa, ella no dijo más, abrió el gran estuche negro, sacó el instrumento y se sentó delante de la ventana, tensó las cuerdas, las pulsó, dio resina al arco y siguió afinando; mientras tanto, yo iba de una habitación a otra, era fácil imaginar que de aquí se hubieran llevado a alguien, pero no que aquel Rezsó Novak hiciera con su madre todas las noches, en el oscurecido dormitorio que daba al patio, algo que «la ponía mala».
Yo había vuelto a la sala cuando ella se puso a tocar. La pieza empezaba con unos tañidos suaves, largos y profundos, me gustaba observar la expresión tensa y ensimismada de su cara, los dedos recorrían el mástil del instrumento, oprimían una cuerda, temblaban haciéndola vibrar, y se oían unos sones quejumbrosos, breves, que iban subiendo de tono hasta alcanzar un nivel en el que ella, trenzando rápidamente las notas agudas y graves, cortas y largas, tenía que desarrollar el tema de la melodía, pero se equivocaba y, tras varios intentos, abandonó, con gesto de contrariedad.
El gesto estaba dedicado a mí, aunque ella hacía como si yo no estuviera.
Apoyó el instrumento en la silla, se levantó, dio unos pasos hacia su cuarto, pero rectificó, volvió atrás, tomó el instrumento suavemente por el cuello y lo guardó con cuidado en el estuche, puso la resina y el arco en su sitio, cerró el estuche y se quedó en el centro de la habitación, sin decir nada.
Yo, no sé por qué, tampoco decía nada, sólo la miraba.
Hoy haría el ridículo, dijo, no era de extrañar que no pudiera concentrarse, no le basta con ir a todas partes con ese bicho repugnante, hablaba en voz baja y temblando de pies a cabeza, por lo menos podía tener el detalle de no llevarlo a su concierto, porque ella sabe perfectamente que la pone frenética tener que verlo; aquello me asustaba, yo nunca había oído hablar de una madre con tanto odio, y sentí vergüenza, como si tomara parte en algo prohibido, y sentí el deseo de protestar; y ella no soportaba, prosiguió, que aquel tipo estuviera allí sentado mirándola, pero no le basta con eso, dijo riendo coi amargura, también tiene que meterse en lo que me pongo, la blusita blanca, naturalmente, Hedi, cielo, y la falda plisada azul marino, sí, ¡para que esté fachosa y cursi a más no poder!, hacía por lo menos dos años que no llevaba aquella blusa ni aquella falda porque le estaban pequeñas, pero su madre hacía como si no se diera cuenta, ¡y es que piensa que así ese cerdo no va a comérsela con los ojos!
Furiosa, se quitó el cinturón y empezó a desabrocharse el vestido; el vestido azul marino tenía botoncitos rojos y también era rojo el citurón, y cuando se hubo desabrochado hasta la cintura y yo le vi la piel del pecho, quise darme la vuelta, porque no parecía que se desnudara por mí, sino porque iba a cambiarse, pero, con un solo movimiento, se quitó el vestido y se quedó delante de mí en la semioscuridad, sólo con las bragas y las sandalias, y el vestido en la mano, vuelto del revés, y la expresión un poco ausente.
En voz baja, me dijo que no tuviera miedo, que también a Kristian le había dejado verla así, y nos quedamos callados, y no sé cuándo desapareció la distancia que nos separaba, yo deseaba tocarla, ahora no estaba tan bonita sino más bien patosa, con las sandalias blancas y el vestido en la mano, pero sus pechos irradiaban paz y parecían dos ojos que me miraran, creo recordar, aunque no lo sé con exactitud, que entonces vino hacia mí, o yo fui hacia ella, o nos movimos los dos a la vez, como si ella se hubiera dado cuenta de su actitud casi infantil y, para dárselas de audaz y frívola, dejó caer el vestido, pero, al mismo tiempo, me rodeó el cuello con los brazos, para ocultar a mi mirada lo que ella misma había destapado; el olor de su piel, el vaho tenue de su sudor, me inundó la cara, con un movimiento involuntario, la abracé a mi vez, aunque lo que yo quería era tocarle el pecho, el cuadro debía de resultar francamente cómico, ya que yo no le llegaba ni a la barbilla, pero no me daba cuenta y hasta sentía dolor porque mis dedos no pudieran tocar lo que tanto ansiaba mi mente.
No de sus brazos ni de su piel sino de su pecho partió el movimiento con el que, suavemente, me besó en la oreja, luego rió y dijo que, si no tuviera a Kristian, me haría dejar a Livia, pero en aquel momento no me importaba lo que dijera, me importaba su pecho, su carne, no sé qué me importaba, su contacto blando y firme, aunque ella procuraba no apretarse contra mí, para percibir entre los dos la suavidad de la carne, enseguida se soltó riendo y se fue a otra habitación dejando el vestido en el suelo, sus pasos se llevaron su pecho, oí chirriar la puerta del armario y entonces me pareció que no había pasado nada.