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Cuando Maja me dijo susurrando que ella sabía muy bien que yo sólo quería a Hedi, no protesté ni le juré que sólo la quería a ella, ni ie dije que no las quería ni a ella ni a Hedi sino únicamente a Livia, porque, en el fondo, a pesar de todo, yo deseaba que Hedi me hiciera olvidar a las otras.

Ya estaban casi en el centro del calvero cuando se pararon bruscamente y miraron en derredor con extrañeza, al darse cuenta de que aquí había sucedido, o estaba sucediendo, algo especial, extraño, algo peligroso, que aún no podían adivinar, y cuando me incorporé y las vi llegar, se me ocurrió la idea de que quizá las enviaba Kristian, de que esto podía ser una trampa, un ardid, pero por su sorpresa se veía que estaban aquí por casualidad y, aunque también yo estaba sorprendido, me parecía una casualidad feliz, francamente feliz, y me encantaba verlas escudriñar cada una en una dirección, descubrir cómo se evaporaba su alegría y cómo se oprimían las manos con más fuerza.

Con qué ternura se tocaban, se daban las manos, manteniendo un contacto constante mientras caminaban, cómo iban del brazo, cómo bailaban unas con otras o se besaban con la mayor naturalidad, o se intercambiaban los vestidos, como si quisieran regalarse algo mutuamente o dar a la otra una parte de sí, cómo se peinaban y se rizaban el pelo unas a otras con las tenacillas, o se pintaban las uñas y, cuando estaban disgustadas, cómo apoyaban la cabeza en el hombro, el regazo o el pecho de la amiga y lloraban sin avergonzarse y cómo compartían las alegrías abrazándose estrechamente -todo eso me hacía sentir un anhelo que estaba más allá de toda envidia, que apenas podía disimular y, en ningún caso, disipar-; aunque lo intentaba, porque tenía la sensación de que mi padre me vigilaba, que observaba y reprobaba cada uno de mis gestos supuestamente afeminados, quizá tenía sus razones, no sé, pero, cuando yo miraba a las chicas, y no podía evitar mirarlas, bastaba el más inocente movimiento para que me inundara aquel anhelo, y quizá pudiera ser ésta la explicación de por qué me hubiera gustado ser chica, y muchas veces me imaginaba que lo era y que tenía el derecho indiscutible a aquellos contactos físicos que no acarreaban ningún castigo, aunque yo intuía que en aquella aparente libertad había más instinto, temor, tensión y hábito de lo que yo estaba dispuesto a reconocer; y cuando no me ofuscaba el deseo de este contacto físico constante y desinhibido, yo comprendía que aquel contacto venía a ser una forma paralela de la rivalidad que existía entre nosotros, los chicos, a pesar de que nosotros no debíamos tocarnos, mejor dicho, teníamos que buscar subterfugios engorrosos, complicados y, en el fondo, humillantes, pretextos, trucos con los que tratábamos de engañarnos unos a otros para, a fin de cuentas, poder intercambiar de algún modo nuestros sentimientos más elementales; yo veía, por ejemplo, consumido por los celos, la profunda simpatía que impulsaba a Kristian a pelear continuamente cor Kálmán, era una manera de pelear típica de los chicos, que nunca sí da entre las niñas, que sólo en los casos más graves llegan a las manos, y entonces chillan, se tiran del pelo, arañan y muerden; entre nosotros, una pelea de mentirijillas, inconcebible entre las niñas, podia empezar incluso sin motivo, sencillamente porque queríamos palpar, asir, apoderarnos del deseado cuerpo del otro, deseo que sólo podíamos legitimar por medio de la pelea, porque, si nos hubiéramos abrazado o besado sin recato como hacían las niñas, los otros chicos nos hubieran llamado maricas, pero no era yo el único que actuaba con cautela, también los demás se vigilaban y procuraban no cruzar esa frontera, a pesar de que nadie sabía con exactitud qué quería decir aquella palabra, era una de esas expresiones de significado mítico, como casi todas las palabrotas y obscenidades con las que se alude a lo prohibido, «soplapollas», decimos, porque eso no se hace, o «hijo de puta», un ultraje a la madre; por otra parte, para mí la palabra se refería a una inclinación natural que Prém había explicado un día por algo que había oído a su hermano que, por tener seis años más, era una autoridad: «si un tío te la chupa, ya no puedes follarte a una mujer», había dicho, lo cual no requería comentarios ni explicaciones, porque estaba muy claro que todas esas cosas de los maricas son un peligro para la virilidad, que es, precisamente, lo más importante para nosotros, muchos de cuyos aspectos, sin embargo, escapaban a nuestra imaginación infantil; para mí la idea estaba asociada a esas cosas feas y repulsivas que hacían los mayores y que, naturalmente, uno no deseaba imitar, pero aquella palabra misteriosa no mitigaba los deseos que nos impulsaban a enzarzarnos en nuestras peleas de broma, si acaso, sólo los reprimía, aunque los chicos siempre estaban dispuestos a hablar de eso, yo observaba que no era el único y que, por ejemplo, cuando Kristian agarraba de pronto a Kálmán por la espalda y lo derribaba o cuando los dos echaban un pulso debajo del banco -uno de sus juegos favoritos, en el que estaba prohibido asomar la mano por encima del pupitre y apoyar el codo en el muslo: un brazo debía vencer al otro en el aire- y, rojos del esfuerzo, enseñando los dientes, trataban de mantener el equilibrio oprimiendo las rodillas del contrario con las propias, pero el objetivo no era vencer al contrario como en una pelea corriente, sino sentir su fuerza, su resistencia y su vigor, gozar de la igualdad, satisfacer el deseo mediante el incruento enfrentamiento de las dos fuerzas; también en las ternezas de las chicas se advertía cierta insidiosa doblez, menos perceptible, más velada, pero, cuando las veía parlotear, cuchichear y reír cogidas de la mano, consolarse y arrullarse e intercambiarse los vestidos, yo tenía la clara sensación de que el contacto físico sólo les estaba permitido como manifestación externa de su relación, de su amistad, de su alianza, que era un camuflaje necesario, parecido a nuestras peleas de broma, con el que, en lugar de manifestar sus verdaderos sentimientos, encubrían una conspiración secreta y hasta una viva hostilidad; esta sospecha se agudizó después del día en que, en el gimnasio, Hedi descubrió casualmente cómo nos mirábamos Livia y yo y le falto tiempo para propagar la noticia: estábamos enamorados, con lo que no sólo expuso a Livia al cotilleo general sino que la delató ante mí, dijo que Livia se había desmayado de amor por mí, con lo que la comprometía públicamente, pero ello no puso celosa a Maja sino que provocó en ella un gran entusiasmo y, a partir de entonces, se desvivía por facilitarnos entrevistas a solas; al mismo tiempo, sin embargo, parecía que, con sus cariñosas atenciones y su maternal aprobación, las dos amigas trataban de mantener a Livia entre sus garras, su aprobación era la trampa, su amabilidad, el lazo, porque, bajo el manto de la amabilidad y la aprobación, hacían ambiguas concesiones encaminas a establecer conmigo una relación más estrecha, como si pretendieran desconcertarme: por un lado, empujaban a Livia hacia mí y, por el otro, me hacían imposible elegir entre las tres y se aseguraban de que Livia sólo pudiera pertenecerme en la medida en que a ellas les conviniera; y Livia ni intentaba siquiera resistirse, porque la alianza secreta urdida por mi causa y contra mí, y la íntima relación con las otras dos, eran para ella más importantes que yo y, por otra parte, también le interesaba que esta secreta alianza pusiera coto a su fiera rivalidad, ya que, si se declaraban las hostilidades, quizá yo tomara partido por una de ellas, por eso era preferible que todo siguiera como estaba, en el aire.

Al parecer, Livia fue la primera en reaccionar, soltó las manos, se agachó y levantó con asombro el despertador que estaba entre la hierba, dijo algo, se rió, seguramente porque aún funcionaba y lo mostró a sus amigas; ella era la más tranquila de las tres, pero las otras no le prestaban atención y entonces fue sacando del marco las astillas de cristal y dejándolas caer, como si le divirtiera, luego se puso el reloj en la cabeza y así coronada empezó a andar con paso majestuoso, manteniendo el equilibrio.