Las otras dos, más prudentes, seguían inmóviles e indecisas, tendiendo el oído una hacia la derecha y la otra hacia la izquierda, y hasta que Livia, con un airoso movimiento, se puso la manta roja en los hombros, no empezaron a moverse, como si hubieran visto en ello una señal.
Corrieron tras ella, y Maja fue a envolverse en una sábana que había recogido del suelo, pero entonces empezó una disputa, porque Hedi también quería la sábana y las dos tiraban de ella, quizá Hedi pensaba que armonizaba mejor con el vestido blanco que le había prestado Maja, pero el conflicto se zanjó con asombrosa rapidez, de lo que se deducía que la pelea no era sólo por la sábana, también era cuestión de rango, y la sábana fue para Hedi, que siempre ejercía la preferencia que le otorgaba ser la más bonita, lo cual, evidentemente, sulfuraba a Maja; la sábana se convirtió en una especie de cola del vestido blanco, Maja ayudó a Hedi a colgársela del cinturón rojo, cor lo que Hedi quedó convertida en una especie de dama de honor, Livia era la reina y Maja, la camarera que, naturalmente, no supo arreglar la cola, y recibió un puntapié, para que aprendiera.
Hacían todas estas cosas deprisa y como de rutina, pero no en serio, podría decirse que jugaban, jugaban a jugar, aunque no movían a risa, porque se veía que gozaban con sus bobadas y porque allí estaban completamente fuera de lugar; nosotros las mirábamos conteniendo la respiración, sin haber comprendido aún, por la sorpresa, que, en aquella situación desesperada, serían nuestra salvación.
A mí me irritaban las tres, porque se mezclaban en algo que no les importaba.
Ahora volvían a caminar en fila india, Livia abría la marcha con Ia manta roja anudada debajo del cuello de la blusa y el despertador en la cabeza, Maja, que llevaba la cola de Hedi, estuvo a punto de tropezar con la olla, se agachó a recogerla, la levantó en alto y, con una profunda reverencia, pero no sin malicia, se la encasquetó a Hedi; así llegaron arriba, donde estaba la tienda desmontada.
Yo había comprendido a qué jugaban en el mismo momento en que ellas, sin decirse ni palabra, habían decidido a qué iban a jugar allí.
Livia tenía un libro muy grande, Reinas de Hungría, que solía llevar a casa de Maja, les gustaba mirarlo juntas, y en aquel libro había un grabado desolador, en el que se veía a la reina María, la viuda del rey Luis, recorrer en sueños el campo de batalla de Mohács entre espantosos cadáveres de soldados y caballos, en busca del cuerpo de su esposo.
Livia empezó a moverse como una sonámbula y las otras dos la imitaron, con los brazos extendidos hacia adelante, levantaban los pies como si avanzaran sin tocar el suelo y se golpeaban el pecho llorando y gimiendo como la reina del grabado, que es la estampa de la aflicción.
Delante de la tienda, Livia se arrojó al suelo con los brazos en cruz, y el despertador rodó por el suelo; ella exageraba los aspavientos, para hacer reír.
A mí no me hacía reír aquello, al contrario, me dolía verla hacer el payaso delante de las otras dos.
Kálmán miraba la escena con la boca abierta; yo deseaba intervenir, para poner fin al espectáculo.
Maja y Hedi la miraban, compasivas, se inclinaron parpadeando de emoción, la acariciaron y la sujetaron por debajo de las axilas, tratando de levantarla, pero era difícil separar a la reina del cadáver de su esposo.
Y, cuando se la llevaban entre las dos, reproduciendo exactamente la escena del grabado, ella empezó a vivir el papel y durante unos instantes su interpretación adquirió un realismo desgarrador, se debatía con un furor insospechado, ponía los ojos en blanco, extendía os brazos, y al fin se abalanzó hacia adelante con el cuerpo rígido y anto ímpetu que las otras dos casi no se bastaban para sujetarla, y sta imagen convirtió mi desdén en admiración, aquello me asombró, me pilló desprevenido -me ocurrió lo que en el cine cuando, al ver una escena de horror, para no gritar, llorar o echar a correr, tengo que decirrne que es película, que es mentira y que mi sentimiento tampoco puede ser auténtico-, pero en aquel momento Maja soltó el brazo que sujetaba y se alejó corriendo, con lo que las otras dos perdieron el equilibrio y quedaron en el suelo, en un montón; Hedi que, con la olla en la cabeza, no veía nada ni podía saber qué ocurría, cayó encima de Livia quien, a su vez, se aferró al cuerpo indefenso de su amiga, mientras Maja, indiferente, corría hacia el montón de la leña, allí descubrió las cerillas y, mientras las otras dos aún estaban en el suelo, riendo, ella se puso en cuclillas y encendió el fuego.
Entonces, entre los árboles, s,onó un grito, era Kristian, al que, como un eco, contestó desde el otro lado del calvero el grito de Prém, también Kálmán se puso a gritar, y unidos a sus gritos, oía yo los míos.
Ahogando el rugido del viento con nuestros alaridos de victoria, los dos corríamos cuesta abajo mientras los otros salían al claro por los lados; haciendo crujir las ramas y rechinar las piedras con los pies, caímos sobre ellas como una fuerza de la naturaleza desatada.
La llama prendió en las ramas secas, y el viento enseguida la hizo crecer y girar en un remolino de lenguas largas y aplastadas, Maja arrojó los fósforos y echó a correr hacia las otras dos, que se habían puesto en pie con un solo movimiento; cuando nosotros llegamos abajo, ya ardía toda la leña.
Las tres corrían ahora en direcciones distintas, pero estaban rodeadas y no podían escapar, y, sin saber por qué, yo me puse a perseguir a Hedi, Kálmán se fue detrás de Maja y Prém y Kristian corrían detrás de Livia, que huía veloz como un gamo; Hedi corría cuesta abajo, perdió una sandalia pero no se paró a recogerla; echaba la cabeza hacia atrás agitando su pelo rubio y arrastrando la sábana, y recuerdo que pensé que, si le pisaba la sábana, la haría caer, no sé muy bien qué ocurría a mi espalda, sólo vi que Maja casi había llegado a los árboles cuando Kálmán la agarró con los dos brazos, pero entonces Livia empezó a chillar desesperadamente, como si aquello ya no fuera un juego, y Hedi cambió bruscamente de dirección, y mientras yo, por el impulso que llevaba, pasaba de largo como un estúpido, ella tuvo tiempo de completar la media vuelta y subir a ayudar a Livia.
Peleaban en el suelo, y las llamas, alargadas por el viento, ondeaban sobre ellos; Hedi se arrojó sobre los contendientes gritando como una loca, quizá para indicar a Livia, que se retorcía en el suelo, que allí estaba ella para socorrerla, pero entonces yo me eché encima de Hedi, a pesar de que ya había visto lo que ocurría, que a Livia le habían bajado la falda roja, que estaba debajo de las rodillas de Kristian, lo que no les habría costado mucho, ya que sólo se sujetaba a la cintura con una ancha banda elástica, y ahora iban a por la blusa; mientras Kristian le sujetaba los muslos con las rodillas, para que no pudiera patalear, Prém trataba de reducir el frenético braceo con el que ella se defendía, y le tiraba de la blusa; pero no me di cuenta de la asombrosa circunstancia de que Prém no llevaba calzoncillo hasta el momento en que me arrojé sobre la espalda de Hedi, Livia apretaba los párpados y gritaba con todas sus fuerzas, y encima de su cara, justo encima, casi rozándosela al oscilar con los bruscos movimientos del forcejeo, colgaba el considerable pene de Prém.
Aun después de ver esto, yo seguía queriendo ayudar a los chicos y trataba de arrancar de la espalda de Kristian a Hedi, que se defendía con uñas y dientes.
Sólo que mi ayuda -por tantas razones, cuestionable- resultó innecesaria, porque Kristian, al sentir en la espalda el cuerpo de Hedi, soltó a Livia y, con una fuerte sacudida hacia atrás, se liberó de Hedi que se le había agarrado a los hombros y ahora resbaló al suelo; también Prém soltó a Livia, pero, cuando ella trató de escurrirse, volvió a asirla por la blusa, y no sé si los botones ya habían saltado o se desprendieron con el agarrón, lo cierto es que, cuando se levantó, ella tenía los pechos al aire; Kristian sonreía ampliamente, movía la cabeza haciendo brincar los oscuros rizos y, con un ágil quiebro, esquivó a Hedi, que volvía a atacar gritando; mientras, Prém corría detrás de Livia, pero pronto se vio que no la perseguía a ella sino que iba en busca del pantalón, y Livia, sujetándose la blusa sobre el pecho, corría con la falda en la mano entre los árboles, por donde ahora apareció Kálmán que, frustrado y perplejo, la vio alejarse con sus braguitas rosa; «¡eres un cerdo, un cerdo es lo que eres!», gritó Hedi a Kristian con la voz rota por el llanto, pero Kristian no parecía enterarse; como si Hedi le fuera totalmente indiferente, sostenía mi mirada con aire retador, yo me sentía sonreír de oreja a oreja, como sonreía él, que tenía largos arañazos en la frente y la barbilla, los dos nos sonreíamos, entre nosotros estaba Hedi, nos sonreíamos y nos mirábamos a los ojos, y entonces él levantó la mano por delante de Hedi y me dio un fuerte bofetón con el revés de la mano.