– Mírame.
Ella retrocedió, estremeciéndose, dejando caer los brazos.
– No me digas eso.
Trató de levantarse, pero él le agarró los brazos y la retuvo. Podía ver que estaba molesta por su fuerza, pero se mantuvo quieta bajo los grilletes de los dedos y giró los ojos oscuros hacia él, estaban llenos de furia.
– Gracias -dijo él calladamente-. A veces necesito mirarte a los ojos.
Ella apretó los dientes y él pudo decir que todavía estaba furiosa.
– ¿Por qué no puedo pedirte que me mires?
Sintió la ola de ira violenta que manó y se precipitó a través de ella. El negro de sus ojos chispeó.
– ¿Qué piensas que escuché un millón veces mientras crecía? Estuve en casas de acogida y un complejo estatal. No miro a la gente. No puedo decirte por qué, pero no lo hago. No puedo decirte cuántas veces me abofetearon la cara por no hacer algo que no podía o no entendía cómo hacerlo. Me entrené para mirar a la nariz de una persona, así parecía que les estaba mirando a los ojos y entonces, aparentemente, miraba de manera impropia. -Dio un tirón para alejarse y se puso de pie-. Esta es mi casa. Puedo mirar dondequiera que me de la gana.
Él se puso de pie también, su velocidad la cogió desprevenida. Tiró de ella para desequilibrarla y cayó contra él, sus ojos escupían fuego. Mataba con frialdad, profesionalmente; siempre era un trabajo para él y nada más, exterminando simplemente donde había una necesidad. Pero ese suave siseo de su recuerdo, me abofetearon la cara, construyó una rabia instantánea tan profunda, tan extraordinaria, que fue sacudido hasta lo más profundo de su capacidad para sentir.
– No comprendes, lyubimaya, adoro la manera que me miras. Lo necesito del modo en que otros necesitan respirar.
Su mirada era tan intensa. Ella se las había arreglado para derribar con su mirada directa los muros que sus entrenadores habían erigido en su cerebro. Había penetrado profundamente con su intensidad, encontrándole debajo de las capas y capas de blindaje. Nunca había pensado que sería capaz de sentir tal intimidad con alguien y supo que no lo haría con nadie más.
Le gruñó la declaración, permitiendo que el deseo violento se mostrara en sus ojos cuando inclinó la cabeza hacia ella. Ella no se alejó, se quedó inmóvil como solía hacer, como si estuviera decidiendo si luchar o huir, pero se quedó bajo sus manos, la cara levantaba, esos ojos magníficos le miraron atentamente cuando bajó la cabeza lentamente a la de ella. Sintió el pequeño temblor que le recorrió el cuerpo antes de que su boca reclamara la suya.
Ella abrió la boca e inmediatamente él fue arrastrado a su mundo secreto de sensaciones. Ella besaba del modo en que se zambullía, con completa concentración, con absoluta pasión, se entregó a él y tomó todo lo que él ofrecía. El mundo desapareció. Cada recuerdo perturbador de su mente desapareció, dejando sólo a Rikki con su dulce boca de fantasía y su cuerpo suave. Desapareció en ella, en el calor asombroso y el fuego que su frío cuerpo podía producir. Olas de sensaciones rompieron sobre él hasta que se sintió sacudido por la necesidad creciente de ella.
Levantó la cabeza, rozándole la parte superior del pelo sedoso con varios besos.
– No quería provocar malos recuerdos, Rikki. Dios sabe que tengo bastante de ésos para ambos.
La mirada de ella vagó por su cara y él tuvo que resistir la necesidad de leer sus pensamientos. Una pequeña y breve sonrisa le curvó la boca y se encogió de hombros.
– No creo que seas mejor cocinero que yo. Has quemado el desayuno.
Lev giró para mirar la cocina. Ella había apartado las cacerolas, salvando lo que quedaba de las achicharradas tortitas y tocino. Le llevó unos minutos orientarse otra vez, poner el alimento en los platos y ponerlos en medio de la mesa. Ella se hundió en la silla, obviamente inquieta.
Rikki carraspeó.
– Nunca he utilizado realmente estos platos antes. Mis hermanas me los dieron cuando terminamos de construir la casa. -Tocó la orilla de uno de los platos casi reverentemente.
La comprensión golpeó. Nadie jamás le había hecho regalos antes. Estos platos representaban la familia y el amor. Él tocó el mismo plato, igual de reverentemente.
– Entonces esta es una gran ocasión. Nuestra primera vez comiendo juntos en estos hermosos platos. Nunca olvidaré este recuerdo, aunque me de otro golpe en la cabeza.
Vertió un poco de zumo de naranja para ambos y puso una tortita en su plato y un montón en el suyo. Levantó el vaso, esperando hasta que sus dedos lentamente, casi de mala gana, se curvaron alrededor del vaso.
– Aquí hay muchos más primeros y muchos más grandes recuerdos.
Rikki tintineó el vaso contra el de él y tomó un sorbo cauteloso de zumo, mirándole todo el tiempo. Su expresión cambió cuando lo probó.
– Esto no es para nada como lo recuerdo.
– ¿Diferente bueno o malo? -Animó, mirándole a la cara.
Adoraba mirarla. No había astucia allí. Ella no le miraba a él, sino al vaso, como si estudiar cada gota diminuta fuera fascinante e increíble. Agitó el vaso y abrió los ojos de par en par mientras miraba cómo se movía el zumo antes de tomar otro sorbo.
Él encontró el modo en que sus labios tocaron el vaso tan fascinante como ella encontraba el zumo de naranja. Tuvo el impulso irrazonable de estirarse y apartar el jersey para poder ver el movimiento de su garganta al tragar.
– Diferente bueno -dijo y giró la cabeza para sonreírle.
La sonrisa le golpeó como un puñetazo. El vientre se le tensó en apretados nudos. Le indicó la tortita.
– Dado que has ayudado, si no está buena, te culparé a ti.
La sonrisa se amplió y sus ojos se iluminaron, chispeando.
– Veo cómo eres. -Estudió la tortita sin tocarla, mirándola desde todos los ángulos.
Él no podía apartar los ojos de ella, aún tan hambriento como estaba. El alimento no era lo que necesitaba. La necesitaba a ella. Estaba roto. Quebrado. Estaba abierto de par en par, y de algún modo, ella lo había hecho con su mirada penetrante. Lo había desnudado de su pasado y del monstruo que había llegado a ser, le había dado vida y un propósito más allá del uso como arma. Había logrado pasar su guardia y revelarle y ahora, cuando estaba más vulnerable y debería haber estado aterrorizado y luchando por su supervivencia, se sentía más seguro, aquí, con ella.
Era como si se hubiera fundido en su espacio de algún modo y llegado a ser parte de esto. Echó una mirada a la cocina ordenada, las alacenas de cerezo obviamente hechas a mano por un carpintero. Ella había hecho esto, tallado un refugio para ella misma en un mundo que no comprendía. Allí, bajo el agua donde esperaba el consuelo, él se había encontrado atrapado en esos ojos. Ella nunca, ni una vez, había mirado a su pasado como si importara. Y para ella, lo que él hubiera hecho antes de ese momento no existía.
Ella estiró la mano por encima de la mesa, cortó las tortitas de Lev y levantó un trozo a su boca. Él la abrió automáticamente, pensando que era la cosa más íntima que jamás había hecho en su vida. Su mirada no abandonó la de ella mientras masticaba y tragaba. Una lenta sonrisa brotó. Felicidad. Entonces esto era lo que se sentía. Nunca había conocido la bondad ni los cuidados. Nunca había conocido el amor. Quizá el amor era una mujer que le alimentaba con tortitas. Quizá era alguien sentando frente a él bebiendo zumo de naranja sólo para complacerlo.
– Parece que soy un buen cocinero después de todo.
Ella le sonrió y un revoloteo curioso en la vecindad del vientre le asustó. Tomó el tenedor de manos de ella, rozándole los dedos. El contacto le dio una intensa satisfacción. Por primera vez en su existencia, sabía que se estaba ahogando y no pensaba en la supervivencia. La cabeza, el corazón, infiernos, todo lo que era, se precipitaba para dar el paso decisivo. Después de todo, ¿qué tenía que perder?