– Esto es arriesgado, cariño. Lo sabes, ¿verdad?
Hubo un pequeño silencio. Las ranas se llamaban mutuamente, felices por la lluvia. Una cigarra cantaba su canción. Rikki giró la cabeza para depositar un beso en el hueco de la espalda antes de descansar la mejilla contra su espina dorsal.
– Podemos hacer esto.
Él sonrió sin girar la cabeza. Con esa sencilla declaración, ella les había atado juntos, los había hecho uno. Cuando me case contigo, no podré utilizar mi nombre de pila. Había pena en su voz, en su corazón. Quiero que te cases con el hombre verdadero, no el que he fabricado.
Ella le sostuvo sin vacilación. No iba a encogerse lejos de él, no con su cuerpo ni su mente. Siempre tendré al hombre verdadero, sea cual sea el nombre para vivir que él elija para nosotros. Eres real, Lev, no una sombra que alguien creó.
La sonrisa de Lev se amplió. Por fin comprendía los misterios. Allí de pie en el porche con la oscuridad rodeándoles, escuchando el coro de ranas, supo lo que había dentro de todas esas casas a través del mundo. Se había parado fuera de ellas a menudo, escuchando el murmullo de voces, el sonido de la risa de niños, y se había preguntado qué sentían, por qué se escogían el uno al otro, por qué lo arriesgarían todo.
Nací Lev Prakenskii. No todo acerca de mí es una mentira, Rikki. Nunca te fallaré. Lo que siento por ti es real. Lo abarca todo y es duradero. Las cosas que tu hermana te dijo ahí adentro, fueron cosas que me enseñaron, técnicas de supervivencia esenciales para un hombre aislado de toda ayuda y oculto. No lo estoy haciendo contigo. Puedo ofrecerte mi nombre real, uno que nunca podremos utilizar, pero deseo que lo conozcas.
Ella continuó apretando su cuerpo contra el suyo, permitiendo que la noche los envolviera. El arranque repentino de lluvia que ella había extraído de las nubes había llegado a ser poco más que niebla sin el tirón de su energía. Amortajaba los árboles con un velo blanco lleno de humo, bloqueándolos del resto del mundo. Él disfrutó del silencio, del sonido de las ranas jugando en los charcos después del fuerte aguacero.
Lev se giró ligeramente y envolvió el brazo alrededor de Rikki, atrayéndola por detrás de él, a su lado, bajo el hombro donde podría mantenerla caliente en la niebla que se arremolinaba.
Blythe carraspeó.
– He calentado la cena. Venid a comer, los dos.
Lev había sido consciente de que ella se movía cerca de la cocina y le fue imposible ignorar el olor a comida. No importaba que su mundo pudiera derrumbarse en las siguientes horas, su cuerpo necesitaba combustible. Le dio la espalda a la noche y, manteniendo a Rikki a su lado, entró en la casa.
Echó una mirada a la cocina espaciosa. Éste era su hogar. Blythe había puesto la mesa con la vajilla que Rikki adoraba tanto. Él recogió con calma tres platos y los volvió a guardar en el aparador.
– Rikki le tiene mucho cariño a esta vajilla -explicó mientras los sustituía por platos de papel-. Vamos a encontrar otro conjunto que no importe si los astillamos o rompemos.
Blythe aceptó sus palabras prácticas con una pequeña sacudida de la cabeza.
– Ya veo -fue todo que dijo.
Lev sacó la silla de Rikki y ella se sentó, pareciendo regia con el chándal.
– Eres bueno para ella -dijo Blythe, mirando como Rikki cogía un tenedor, en vez de protestar porque los tres estuvieran sentados para comer juntos en su cocina.
– Ella es buena para mí -corrigió Lev y se hundió en la silla al lado de Rikki.
– Ella está justo aquí, escuchando la conversación, y al contrario de lo que parece ser la creencia popular esta noche, tiene un gran oído -Rikki tomó el tenedor y comenzó a mover las judías verdes por el plato.
Lev se echó a reír.
– Ella también es cómica -indicó-. Y cree que no advertiremos que no está comiendo.
– Estoy estudiando estas cosas. Parecen como orugas verdes grandísimas. -Arrugó la nariz mientras miraba fijamente las verduras ofensivas.
Blythe rió.
– Las judías verdes son buenas para ti.
Rikki puso los ojos en blanco.
– Estás obsesionada con todas las cosas verdes, Blythe. -Apeló a Lev-. ¿No crees que parezcan un poco confusas? -Empujó a las judías un poco más por el plato, les sonrió, luego cambió a una cara ceñuda.
Lev sintió una sacudida inesperada de felicidad en la región del corazón. No podía evitarlo, se inclinó y rozó la yema del pulgar sobre sus labios. El pequeño ceño se emparejó al que le dirigía al plato.
– Prueba la patata, cariño. Te gustará.
Ella hizo muecas y tocó la patata rellena tentativamente con el tenedor, como si pudiera explotar.
– Es amarilla y blanca.
– Buenos colores -comentó él-. No colores marinos, sino colores de queso. Supongo que la próxima vez considerarás inyectar tinte azul en el queso, Blythe.
Blythe asintió.
– Lo haré. No había pensado en eso.
– Muy graciosos, los dos. ¿Ahora quiénes son los cómicos?
Lev acercó el plato y cortó la patata rellena de queso en pequeños trozos.
– No hay nada verde en esto. Sólo queso y patatas.
Rikki inspeccionó el contenido con cuidado antes de tomar una pequeña porción con el tenedor.
– Yo no te envenenaría -le aseguró Blythe.
– Quizás trates de envenenar a Levi -indicó Rikki-, y yo podría por accidente haber conseguido la patata con arsénico.
– Tienes razón -dijo Blythe alegremente.
Lev se encontró riendo, cómodo ahora con Blythe. Se entenderían. Quizá ella podía ver, o sentir, que lo que sentía por Rikki era verdadero. Se encontró incluido en el muy pequeño círculo de personas a las que Blythe permitía entrar en su vida. Era una buena persona, con buenos motivos. Y él adoraba cómo quería a Rikki.
– Te habrías merecido que trajera a casa ese enorme y feísimo pez para cenar -dijo Lev.
Rikki se puso un pequeño trozo de patata en la boca y masticó, tragó y le dirigió una rápida y provocativa sonrisa a Lev.
– Esa cosa nunca iba a entrar en esta cocina. -Tomó otro trozo de patatas-. No están tan mal, Blythe.
Blythe se apretó una mano sobre el corazón.
– Vaya elogio.
– El más alto -admitió Rikki, masticando otro trozo-. Creo que me gusta esto.
– Necesitaré definitivamente la receta -dijo Lev-. Estoy reuniendo tantas como puedo. La he tenido comiendo sólo dos de los platos que enviaste. En su mayor parte mantequilla de cacahuete.
– ¡Oye! -protestó Rikki, disparándole una rápida y casi culpable mirada a Blythe-. Como ese brócoli todas y cada una de las noches.
Lev asintió, afirmando que era verdad.
– Lo moja crudo en la mantequilla de cacahuete.
Blythe se estremeció.
– Si funciona. Por lo menos comes algo sano.
Terminaron la comida con Rikki tratando de explicar las maravillas nutritivas de la mantequilla de cacahuete y cómo la toma de calorías era lo único que necesitaba cuando buceaba. Se comió toda la patata, una judía verde y una pequeña porción de pollo antes de que apartara el plato y se mimara con un puñado de galletas de mantequilla de cacahuete.
Tiraron los platos de papel y restauraron la cocina al prístino orden que Rikki necesitaba para sentirse cómoda en su casa. Estaban limpiando cada mancha del mostrador cuando el radar de Lev saltó. Un búho ululó dos veces, llamando desde los árboles. El pájaro huyó, pasando en silencio por la ventana de la cocina.
Los veo. Lev le envió tranquilidad a su centinela.
– Tenemos compañía -dijo en voz alta.
Rikki se tensó, su expresión era afligida. Lev suavizó la luz del salón, asegurándose de que hubiera muchas sombras en las que deslizarse.
El coche rodeó el paseo de delante, la primera vez que Lev había visto que alguien hiciera eso, señalándole que estos visitantes eran primerizos. El sheriff era un hombre alto y bien formado. Aparcó el coche cerca de la puerta principal e inmediatamente caminó alrededor para ayudar a su pasajero. Se detuvo un momento para mirar cuidadosamente alrededor, estudiando el ancho foso, el césped ennegrecido y marchito bajo la oscura capa de agua grasienta.