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Lev se preguntó si el sheriff sabía lo que sería eso. El incendiario tendría miedo de acercarse a la casa de Rikki con los búhos montando guardia. Iría a por el barco. Rikki adoraba su barco y tanto si se la llevaba con el fuego o no, perder su barco le dolería. Y el incendiario quería definitivamente herirla, hacerla sufrir.

– ¿Cómo escapa ella? -se preguntó Jonas en voz alta-. Debe estar furioso sobre eso. ¿Cuántas veces se ha escabullido de él? ¿Y quién odia tanto a un niño?

– Otro niño.

Jonas se detuvo bruscamente y se giró hacia Lev.

– ¿Qué demonios acabas de decir?

Lev se encogió de hombros.

– Preguntaste quién odia tanto a un niño. Un adulto no. ¿Qué adulto podría abrigar esa clase de odio concentrado por una chica de trece años? ¿Especialmente una que es autista? Esto tiene que ser un ataque personal. Está dirigido contra Rikki. No contra las familias adoptivas ni su novio. Esto es para borrarla de la faz de la tierra. Erradicarla de la tierra, como se dice.

– ¿Quizá alguien que tiene como objetivo niños autistas? -reflexionó Jonas-. Comprobaré los otros fuegos del pasado, para ver si alguna de las familias tiene niños que podrían ser autistas.

Lev cabeceó en aprobación.

– Buena idea. Aunque… -Se calló.

– Escúpelo -Jonas sacó fotografía de las huellas que se dirigían a la carretera y de las marcas de paso de los neumáticos en el barro-. Cualquier idea merece ser escuchada.

– Se siente personal para mí. Bulle en odio hacia ella. No cualquier niño. Rikki. Desea su muerte. De otro modo, ¿por qué seleccionó casas vacías cuando practicaba, cuando no podía encontrarla? ¿Por qué no selecciona a otro niño autista?

El ceño de Jonas concedió ese punto.

Un búho gritó, atrayendo la atención de Lev. Miró a lo alto y dos búhos que volaban en círculos con alas silenciosas se dejaron caer hacia abajo.

– ¿Amigos tuyos? -preguntó Jonas.

Lev no contestó. Los búhos empujaron la imagen de agua y barcos meciéndose en su cabeza y salió corriendo. Jonas le siguió.

– Dime -gruñó-. No estoy bromeando. Este es mi pueblo. Mi gente.

– Está en el puerto.

– ¿Estás armado?

– Sí. Y Levi Hammond tiene permiso para llevar un arma oculta.

Jonas escupió otra maldición y Lev gesticuló hacia su vehículo.

– Llamaré por refuerzos. No dispares al bastardo. Hablo en serio, Levi. Crearás un lío tremendo cuando no deseas uno. Déjame a mí el disparar si hay que hacerlo. Seguro como él infierno que no puedes atraer la atención sobre ti con un limpiador en el pueblo.

– ¿Vas a dudar?

Jonas lo miró brevemente, la cara seria, la boca apretada y los ojos duros. Giró la cabeza y se retiró del camino de entrada, dando vueltas al volante con una mano mientras alcanzaba la radio con la otra.

– ¿Qué puerto?

– Albion.

Sí. Jonas Harrington podría y apretaría el gatillo. Lev podía ver porqué Ilya le había ofrecido amistad a este hombre. Era ferozmente leal, sin temor a asumir el mando, y haría el trabajo, por aborrecible que fuera. Pero lo sentiría. Se acostaría con ello. Una medida de respeto se arrastró en su interior.

– ¿Cuántos disparos voy a tener que recibir para vivir aquí? -Era una concesión. La única que podría dar. Sabía lo que él haría a cualquier hombre que tuviera algo que ver con herir a Rikki. No había podido comprenderlo hasta que la encontró. Estaban en la carretera, las luces brillaban, la sirena encendida-. Quizá deberíamos entrar silenciosamente y no avisarle. Sólo una sugerencia.

– Es para abrir camino. Apagaré las luces y la sirena antes de salir de la carretera.

– Veo mucho tráfico -dijo Lev. No había ni un coche en la carretera.

Jonas le lanzó una mirada. Una. Lev reprimió el impulso de reír. Jonas trataba con mucha fuerza de que no le gustara, pero el hombre tenía sentido del humor. Si Lev iba a hacer esto, convencer a este hombre de que tenía intención de quedarse y vivir en paz, tenía que fiarse del juicio de su hermano y dar a Harrington una razón para fiarse de él. No era fácil. Era un hombre que mantenía los secretos celosamente guardados y ciertamente no los compartía con extranjeros, extranjeros norteamericanos. Respiró y saltó por el precipicio.

– Los secretos de gobierno a los que me referí antes no sólo están siendo desviados por mi gobierno, sino por el vuestro también. Tres países según sé. Alguien fue tras uno de vuestros grandes pensadores, un hombre llamado Wilder. Damon Wilder. Intentaron secuestrarlo y mataron a su compañero. La cuestión es que, Wilder sigue en activo, y quieren lo que fuera que haya diseñado para ellos.

Por el rabillo del ojo captó la reacción de Harrington. ¿Por el nombre? ¿Por el conocimiento? Jonas no lo miró, pero la postura de su cuerpo había cambiado de manera sutil y definitivamente escuchaba, prestando atención.

– Tenemos el equivalente a tu Wilder. Un hombre llamado Theodotus Solovyov. Su guardaespaldas, Gavriil Prakenskii, fue severamente herido, apuñalado siete veces al evitar un secuestro. Fue capaz de impedir que consiguieran a Solovyov, pero quedó permanentemente lesionado. Se vio obligado a retirarse, a tomar una nueva identidad a fin de mantenerse vivo.

Hubo un corto silencio.

– Así que yendo tras Stavros encontraremos para quién trabajaba…

– Con quién trabajaba -corrigió Lev.

Jonas asintió.

– Es personal. ¿Otro hermano?

– Nosotros no nos retiramos como otras personas. Somos parte de un pasado vergonzoso. Nadie sabe qué hacer con nosotros. Es más fácil matarnos que preguntarse si algunas vez expondremos el pasado y los secretos que cargamos. No confían en nosotros, aunque a nuestra manera todos somos patriotas. Amamos a nuestro país. La información que te he dado sobre Theodotus Solovyov es apenas un secreto de Estado. Es pública y está en las noticias, como el ataque contra Wilder. Con algo de esfuerzo, sería fácil de encontrar.

– ¿Sabes dónde está Gavriil?

Esa información nunca sería compartida. Habían establecido una señal de emergencia cuando se habían encontrado, pasándola de hermano a hermano. Gavriil se había registrado. Cuando supiera que estaba a salvo, Lev también se registraría. Guardó silencio y Jonas no lo presionó.

– Jackson es un aterrador hijo de perra -ofreció Jonas a cambio-. Es de tu tipo. Tendrá algo que decir. Es puñeteramente bueno con un rifle de francotirador. Le he visto hacer disparos que sólo uno o dos más pueden hacer en el mundo. No querrás mirar por encima del hombro esperando a que venga por ti. Tiene paciencia. Esperará su tiempo. Lo harás bien con él.

Lev emitió un suspiro interno de alivio. Harrington lo había aceptado lo suficiente para darle una oportunidad.

– Está de luna de miel, y estará fuera por un tiempo. Planea llevar a Elle a un largo viaje para darle más tiempo para recuperarse antes de regresar a casa para ser parte de Sea Haven otra vez. Esto nos dará un poco de tiempo para que el resto de la familia se acostumbre a la idea de que estás por los alrededores.

Esto era tanto una aceptación como una advertencia.

– No me iré a ninguna parte. Rikki necesita a Blythe y a sus otras hermanas. Necesita bucear y ésta costa. Todo esto funciona para ella aquí. -Lev le hizo una declaración. Calmado. Normal. Sin desafío. No pedía perdón o aceptación, sólo que lo dejaran en paz. Él tenía a Rikki y su mundo, y él encajaba allí.

Jonas apagó las luces y la sirena medio kilómetro antes de entrar por el desvió hacia el puerto, donde los árboles de eucalipto permanecían en silencio balanceándose ligeramente con el viento que llegaba del océano. Formaban una barrera bajando a lo largo y rodeando la colina hasta el pequeño estacionamiento en la entrada del puerto, el reflector iluminó al barco de Rikki y al hombre con un pie en el muelle y uno en el Sea Gypsy.