Se dio la vuelta y fue corriendo hacia ellos. El reflector lo cegó inmovilizándolo y revelando las profundas heridas que cubrían su furioso rostro. Sostenía un arma en las manos, conectada por un tubo flexible a tres latas en un aparejo a su espalda. Roció el coche con llamas, sumergiéndolo inmediatamente en un brillante y ardiente calor. Durante un momento estuvieron en el infierno, quitándoles el aire, el fuego chamuscando y ardiendo sobre el coche y a lo largo de la tierra. La visibilidad era nula, sólo se veían las llamas rodeándolos, y subiendo sobre el vehículo.
– ¡Mierda! -Jonas frenó abruptamente, zigzagueando lejos del spray de fuego. El coche giró, tierra y rocas volaron por el aire, pero al menos fueron capaces de respirar.
Las balas perforaron el frente del coche y rajaron el cristal del parabrisas, un pulcro agujero apareció justo a la derecha de Lev y agrietó todo el cristal. Ambos hombres se agacharon y Jonas abrió su puerta de un empujón, tirándose a tierra lejos de las llamas, con el arma en la mano. Lev se arrancó el cinturón de seguridad y lo siguió, arrastrándose lentamente sobre su vientre sobre el asiento para alcanzar la puerta abierta cuando más balas atravesaron el coche.
Jonas respondió al fuego, intentando proveer alguna cubierta a Lev, rociando sus balas a través del fuego en una ráfaga directa. Su atacante se movió, dirigiéndose hacia la ladera, lanzando llamas mientras se retiraba. Incendió la noche con fuego, sin importarle las casas o el paisaje. Docenas de fuegos empezaron y no estaba Rikki para atraer la lluvia de las nubes.
Lev aterrizó en la tierra junto a Jonas, que ladraba órdenes por radio probablemente llamando al cuerpo de bomberos. Los árboles y la tierra estaban húmedos, pero no empapados, y el incendiario usaba un acelerador muy inflamable.
La ladera se vio iluminada por una brillante bola naranja en medio de la noche. Las chispeantes llamas saltaban y crecían en respuesta a las demandas del hombre. No pudo llegar al Sea Gypsy, aunque lo había intentado, rociando las llamas en un amplio arco mientras corría hacia las colinas, golpeando al muelle, chamuscándolo, pero sin encender la madera mojada. El humeante vapor se elevó del muelle, el calor se mezclaba con el frío y se elevaba como una mística capa gris, rodeando los barcos y oscureciendo la visión sobre el río.
Sea Haven y la mayoría de las ciudades contiguas eran demasiado pequeñas para tener un cuerpo de bomberos o departamento de policía. El sheriff patrullaba a lo largo de la línea costera y los voluntarios tripulaban los camiones de bomberos. Jonas no esperó a los refuerzos; empezó a escalar la colina, intentando abrirse camino a través de la línea de fuego para alcanzar al incendiario, pero era imposible. Al final, Lev y él trabajaron tan rápido y duro como pudieron para salvar las estructuras y árboles cuando el fuego trató de precipitarse desde a colina hacia el bosque más denso.
Pareció que pasaban horas antes de que pudieran volver a la granja. Más fotografías. Declaraciones. El cuerpo de bomberos trabajaba aún para apagar el último fuego. Tenían cartuchos para embolsar y habían tomado todos los trozos de pruebas. Ambos estaban cubiertos de humo negro. El coche no se veía mucho mejor, pero había sobrevivido con apenas un daño superficial. Por lo visto esto también se incluiría en las pruebas.
Cuando regresaron, cansados, con la garganta lastimada y ojos irritados, las mujeres se sintieron obviamente disgustadas. Jonas recogió a su esposa y Blythe revisó meticulosamente a ambos hombres antes de marcharse. Lev esperó hasta que los coches se alejaron por el sendero antes de permitirse mirar a Rikki. Sus ojos brillaban, como si ella hubiera estado llorando o estuviera cerca de las lágrimas.
Nadie había llorado jamás por él. Él tocó su cara con dedos gentiles, trazando un camino desde la comisura del ojo hasta la barbilla.
– Así que estás vivo -dijo ella, con voz ronca-. Eso es bueno.
– Te echamos de menos, lubov moya. El tipo logró escabullirse. Los polis lo buscan, pero no van a encontrarlo. Comenzó múltiples fuegos y tú no estabas allí para apagarlos.
– Ven, date una ducha y luego puedes contarme lo que pasó. -Ella tiró de su mano, arrastrándolo por la casa hasta el cuarto de baño.
Estaba bastante seguro de que ella no podía hablar. Mantuvo la cabeza gacha, pero pudo ver que estaba muy afectada. Lev comenzó a tranquilizarla, pero ella sólo sacudió la cabeza y señaló al cuarto de baño. Mirándose en el espejo pudo ver la razón. Su rostro estaba manchado con mugre y estaba seguro de oler a humo.
– Tiraré esa ropa -anunció ella una vez que el agua manó sobre él.
– No tengo mucha ropa -indicó él-. Tal vez podríamos lavarlas.
– Las llevaré a la basura.
Ella cerró de golpe la puerta y Lev interpretó eso como la última palabra. Sonriendo, levantó la cara al agua. Comenzaba a amarla tanto como Rikki hacía. Se tomó su tiempo, dejándole a ella el espacio que necesitaba para desahogar su alivio en la intimidad. Su corazón latía con fuerza, sin embargo, ante el pensamiento de que ella había estado preocupada por él… lo suficientemente preocupada para llorar.
Salió descalzo y desnudo del cuarto de baño, secándose el enmarañado cabello con la toalla. Durante las últimas semanas éste había crecido de su corte militar inicial, cayéndose alrededor de los ojos. Tendría que conseguir un buen recorte, pero creía que el pelo más largo añadía algo a la personalidad de Levi Hammond.
– ¿Dónde estás, Rikki? -Él sabía dónde estaba. Inevitablemente en su hamaca en el pórtico trasero, pero quiso darle la cortesía de advertirla.
– Aquí fuera -llamó ella.
Él oyó el crujido cuando ella se deslizó del asiento y fue a la puerta para verlo acercarse. Definitivamente había estado llorando. Las lágrimas se enredaban y aferraban a sus largas pestañas, dejándolas puntiagudas y brillando con diamantes líquidos.
– ¿Estás bien, laskovaya moya? -Su voz fue amable cuando envolvió los dedos alrededor de su nuca y se acercó a ella.
Rikki abrazó a Lev y sepultó la cara contra su pecho.
– Estaba tan asustada por ti. ¿Por qué te fuiste sin mí?
– Estaba absolutamente a salvo.
– No estabas a salvo. No me mientas. Pude sentir que estabas en problemas. Habría intentando tocar tu mente con la mía, pero tuve miedo de distraerte y hacerte daño.
Él acarició su pelo, amando el modo en que su cuerpo se derretía en el de él como terciopelo líquido. Ella siempre le recordaría al mar, tempestuoso y suave, acogedor y misterioso. Como las olas contra la roca, él podría romperse en un millón de pedazos, esparcirse en partículas diminutas, y caer totalmente en el calor de su amor.
– Ven, acuéstate conmigo -invitó él.
– Lev, tuve tanto miedo por ti. -Ella alzó la vista hacia él, y esos ojos oscuros estaban empapados con lágrimas-. No sabía que podía sentirme de esa forma.
– Ahora sabes cómo me siento yo contigo. Me aterrorizas, Rikki, con los riesgos que corres.
Le retiró el cabello y se agachó para persuadirla con besos. Sus labios temblaron y él le capturó el lleno labio inferior entre los dientes y tiró suavemente. Rikki abrió la boca bajo la de Lev, tomando tanto como daba. Sus esbeltos brazos le rodearon el cuello, manteniendo la cabeza junto a la de ella, su cuerpo presionando contra el suyo.
– No asumo riesgos. Soy una submarinista concienzuda -susurró ella en su boca. Lo besó con hambre creciente, cada beso más largo y más exigente.
– Vamos a la cama, Rikki. -Lev tomó su mano y la hizo entrar en la casa, asegurando la puerta y conduciéndola a través de diferentes habitaciones hasta el dormitorio, haciendo una pausa sólo para apagar las luces.
Había un poco de luz de luna brillando como plata por la ventana, pero suficiente para derramarse por su pálido cuerpo cuando él tiró de su camisa por la cabeza. Plasmó un rastro de besos desde la comisura de sus labios hasta sus senos, una mano acunó el suave peso en la palma mientras se amamantaba. Arrastró su otra mano a través del vientre desnudo, las yemas de sus dedos lo masajearon suavemente. Había posesión en esos largos y extendidos dedos cuando jugueteó con la parte oculta de su pecho, disfrutando de su reacción, el estremecimiento de entusiasmo, el pequeño temblor que atravesó su cuerpo, y el pequeño quejido que le dijo que ella estaba húmeda para él.