No fue donde Rikki, no pudo. Si lo hacía, dudaba que hubiera seguido adelante con el plan. Todavía estaba considerando disparar al bastardo.
Rikki miró como Lev atravesaba el patio a zancadas y desaparecía entre los árboles. Un pájaro llamó. Otro contestó. Llevaba su maletín y supo que estaría arriba en lo alto de algún árbol en algún lugar, cubriendo la casa, pero este era su mundo, y nadie, ni siquiera un limpiador mandamás al que todos tenían miedo, iba a venir a su propiedad y tomar lo que era suyo. Era capitán de su barco y ella había sacado a Lev del océano. Eso significaba que era suyo. Se tomaba la ley del mar muy en serio. Era responsable de él. Le había dicho que estaría a salvo con ella y lo estaría.
Columpió el pie de aquí para allá, ligeramente hipnotizada por los pequeños círculos que hacía, permitiendo deliberadamente que su mente se concentrara en el modo que el sol tempranero de la mañana se vertía como oro en los pequeños charcos de agua del patio. El agua parecía chispear con el brillo del diamante. Parpadeó para enfocarlo, o más precisamente, para desenfocarlo, así los bordes del charco parecían esparcirse como rayos.
Inmediatamente se perdió en la belleza de la simetría, en esos perfectos rayos de cristal que partían del centro del charco. Los colores se volvieron más profundos y vívidos, unas pequeñas ondas enviaron ondulaciones por la superficie cuando la brisa sopló suavemente. El agua la deslumbró, hasta que pequeñas luces de colores estallaron detrás de sus ojos y pudo ver que el charco tenía su propia vida, creciendo a una imagen tridimensional. Un mundo había venido a la vida en ese pequeño charco.
Insectos vivos jugaban encima del agua, y las sombras nadaban por debajo, pacientes y mortales, esperando que una de esas ligeras criaturas de frágiles alas cometiera un error. El zumbido de los bichos creció hasta que fueron músicos tocando al tiempo que la brisa soplaba ondas en el charco, conduciendo las sombras a un frenesí de movimiento. Las grietas y hendiduras contenían una miríada de criaturas de colores brillantes que meneaban brazos, piernas y tentáculos en su búsqueda de alimento.
– ¡Rikki! -La voz de Jonas se arrastró por el borde de ese mundo fascinante.
Alzó la vista un poco vagamente, parpadeando rápidamente. Evitó la mirada de Jonas y mantuvo la cabeza baja, mirando más allá de él, estudiando al segundo hombre por el rabillo del ojo. Comenzó a mecerse suavemente. El hombre de aspecto de oficial al lado de Jonas estaba dividiendo cuidadosamente el patio y los terrenos circundantes. Mientras caminaba por delante del camión, miró dentro y ella tuvo la sensación de que incluso con esa mirada rápida, él había notado cada artículo.
Jonas se agachó delante de ella, su voz muy suave.
– Rikki, este es el hombre del que te hablé, el que quiere hacerte un par de preguntas acerca del hundimiento del yate. Su nombre es Petr Ivanov. Trabaja para el gobierno ruso e investiga a alguien de su gente que estaba a bordo del yate. Le he explicado que eres autista y que no te gusta que la gente esté alrededor de tu casa. No tocará nada y no estaremos aquí mucho tiempo. ¿Vale?
Rikki asintió con la cabeza repetidas veces, aumentando el balanceo un poco más. Su cerebro ya estaba muy cerca de ese lugar, su propio mundo, donde estaba a salvo y nadie podía tocarla, ni siquiera un maestro de los interrogatorios.
Petr Ivanov estudió su cara durante mucho tiempo. Rikki movía los dedos continuamente, girando en pequeños círculos extraños, y ocasionalmente los levantaba a su boca para soplar en ellos. Giro, una, dos, tres veces y entonces soplar.
– ¿Es usted buzo?
Asintió.
– ¿Buzo de erizos de mar? ¿Y se zambulló el día que el yate se hundió en la costa?
Asintió otra vez. Los dedos continuaron girando y soplaba en ellos cada tercera vez, como si apagara velas. Su mirada fija en el charco un poco más allá de la escalera que llevaba al porche.
Petr miró a Jonas. El sheriff se encogió de hombros.
– Ella no habla mucho con personas, raramente con extraños, y tiene una manía cerca de que la gente entre en su casa o suba a su barco.
– Le dije que era necesario -dijo Ivanov-. Este hombre utiliza a las mujeres. Es peligroso. Sabré si ha estado cerca de ella.
– Dudo que permita a un extraño cerca de ella y no puedo imaginarme que le dejara entrar en la casa. Ella ha estado por aquí casi cinco años y he entrado en su casa una vez. Sin duda los otros buzos le contaron algo sobre ella.
La conversación fluyó en torno a ella. Rikki era inmune a ello, las palabras un cuchicheo vago al fondo mientras los insectos y ranas retomaban el coro de su canción. Las ondas en el charco se convirtieron en olas.
– Necesito saber lo que usted vio allí -dijo Petr y chasqueó los dedos bajo su nariz.
El balanceo de Rikki aumentó en fuerza. Comenzó a agitar las manos, girando los dedos y luego soplando las puntas como si apagara llamas.
– Tiene que hacerle preguntas de sí o no -dijo Jonas-. Y retroceda.
– ¿Vio usted a un hombre en el agua ese día? ¿Alguien vivo?
Rikki sacudió la cabeza violentamente.
– Una ola. Una ola grande. -Se permitió deslizarse lejos, en las brillantes aguas del charco donde las ondas habían venido a la vida.
Hubo un silencio mientras Ivanov estudiaba su creciente agitación. Suspiró.
– No voy a conseguir nada de ella. Tengo que ver la casa.
El batir aumentó. También el balanceo.
Jonas fue muy suave.
– ¿Podemos echar un vistazo, Rikki? No tocaremos nada.
Se meció durante un minuto luego asintió, los ojos pegados al charco.
El ruso juró y empujó la puerta de la cocina. En el momento que tocó el picaporte, ella empezó a hacer un sonido estrangulado con la garganta, su única protesta. Jonas, claramente dividido entre Rikki y el ruso, le siguió adentro.
– No toque nada -declaró Jonas-. Ella le ha dado permiso para echar un vistazo, eso es todo. Ella… -su voz se desvaneció, dejando a Rikki completamente en su propia mente.
No les vio salir. Estaba demasiado lejos en su mente. Ya no los oyó más, sólo el sonido de su propio mundo a donde se retiraba cuando el ruido y el dolor llegaban a ser demasiado. El ruso nunca la podría encontrar allí y no podría encontrar a Lev tampoco. No les podría seguir en su mente, sin importar cuanto entrenamiento tuviera. Podría mantener a Lev a salvo hasta que llegara a ella. No le gustaba que nadie presenciara sus "crisis" pero esta vez, permitió que sucediera. Había sido su elección y no estaba avergonzada.
Vuelve a mí, laskovaya moya, la voz de Lev brilló en su mente, penetrando las olas ondulantes. Me has mantenido a salvo, pero ahora necesito que regreses conmigo.
Fue doloroso volver a un lugar donde los colores y los detalles parecían tan aburridos al principio, después del fascinante e hipnotizador reino submarino.
– Él no regresará -la saludó Lev, atrayéndola a sus brazos-. Ha sido una cosa muy valiente y no lo olvidaré. Jamás.
Ella le sonrió, parpadeando un poco desorientada.
– Él nunca creerá que te permitiría cerca de mí, mi barco o mi casa.
– ¿Por qué lo has hecho? -preguntó Lev y la sacó de la hamaca, para llevarla a la casa-. ¿Por qué me has elegido?
Ella le trazó la mandíbula fuerte por debajo de la suave barba.
– Tus ojos. Veo tu verdadera esencia y te conozco de un modo que nunca podría conocer a nadie más.
Hicieron el amor toda la tarde. Jonas llamó preguntando por Rikki, obviamente preocupado por si la habían empujado demasiado lejos. Le aseguró que había convencido a Petr Ivanov que su última esperanza de que Lev estuviera vivo se había desvanecido. Nadie había visto a un extranjero. Nadie creía que alguien pudiera haber sobrevivido en el agua fría y no había rastros de un superviviente. Ivanov había salido para el aeropuerto de San Francisco, para volar a casa.
Lev cocinó la cena, una cuidadosa preparación de ensalada, que Rikki mordisqueó como si fuera un conejo, rebuscando para desechar cualquier cosa que pensara ue parecía espantosa; patata asada, que le gustó; y un pequeño pedazo de filete. Él tuvo que quitar cada pedazo de grasa y ella jugueteó con él durante mucho tiempo antes de comer algo, pero comió y él se sintió como si hubiera conseguido una victoria inmensa.