Ella sacó la cabeza por la puerta, rompiendo su meditación.
– Muévete. Queremos salir temprano. Y la mantequilla de cacahuete está, definitivamente, en el menú.
Lev se restregó la cara con las manos, tembloroso por el recuerdo, sabiendo que siempre se sentiría así. Tembloroso porque alguien pudiera amarle tanto.
– Vas a hacer que te echen del trabajo antes de ni siquiera haber empezado -le advirtió ella.
Él se rió y se sentó, oyendo correr el agua. Llevaba un tiempo sin oír la alegría en su voz. Lo que siguió al descubrimiento de que Geral Pratt había marcado a su familia para que murieran por causa de un accidente de coche sobre el que ninguno de ellos había tenido ningún control, la había entristecido. En cierto modo, suponía él, habría sido más fácil para ella pensar que había ofendido a alguien de algún modo con una de sus rabietas de pequeña. Al menos eso habría tenido más sentido para ella.
En los días que siguieron, había perdido demasiado peso y parecía frágil. Una serie de tormentas le habían impedido bucear. Ni siquiera su boda había apartado las sombras de sus ojos. Él había permanecido cerca de ella, saliendo sólo para hacer pequeñas compras. Siguió implantando el vago recuerdo de Levi Hammond en las pocas personas con las que se había encontrado por casualidad, construyéndose una historia sólida para su vida.
– ¡Lev! -su tono imperativo le hizo reír de nuevo. ¿Quién habría pensado que una mujercita tan pequeña podría mangonearle y que a él le gustaría?
– Estoy en ello -le contestó, fracasando al evitar que la risa se le notara en la voz. Había pedido ser el cocinero y el tender, y ahora le tocaba hacer el dichoso trabajo, preparar el festín del día mientras ella se encargaba de su material de inmersión por enésima vez.
Trabajó rápido y tuvo listo el desayuno y el almuerzo empaquetado para cuando ella entró corriendo en la habitación. En vez de vaqueros azules, llevaba puesto un top color coral y una falda larga que se le arremolinaba en los tobillos. Él se dio la vuelta desde el fregadero y le costó inspirar aire, su mirada bebiéndosela. Ella nunca dejaba de sorprenderlo. La falda era suelta y se movía amorosamente en torno a sus delgadas piernas mientras caminaba, los remolinos de acuarelas cayendo desde sus caderas hasta sus tobillos en una cascada de pura tentación.
– ¿Llevas algo debajo de esa falda? -le preguntó.
Así de fácil lo ponía a cien. Había pasado de tener un control total a no tener ninguno. Volvía sonreír otra vez. Eran las cosas sencillas, decidió, lo que hacían feliz a un hombre, como su esposa recordando un pequeño detalle que él le había mencionado.
– Probablemente no -le contestó ella, con una ceja levantada-. Voy a bucear. No puedes llevar demasiadas cosas cuando buceas.
Él por poco gimió, pero no le iba a dar la satisfacción. Le alargó su desayuno habitual, su amado sándwich de mantequilla de cacahuete y plátano y una taza de café.
– Tendrás que beberte dos de esas.
– Conduzco -dijo ella-. No tengo tiempo.
– El barco -le refutó él.
– Tú no conduces un barco -dijo ella desdeñosa-. Me refería a mi camioneta.
– Oh no, laskovaya moya, me he estado leyendo las leyes de este maravilloso estado y creo que ahora tu camioneta es mitad mía. Yo voy a conducir nuestra camioneta.
Los ojos de ella se oscurecieron. Pequeñas chispas calentaron sus frías profundidades.
– ¿En serio? No creo que tengas opciones porque yo tengo las llaves. -Riéndose, las hizo tintinear ante sus ojos y, agarrando sus aparejos, corrió hacia la camioneta.
Lev la siguió a un paso más tranquilo, cerrando con llave la casa, comprobando dos veces que tuvieran todo, especialmente agua. En cuanto acabaron de meterlo todo en la camioneta y ella se giró hacia el lado del conductor, él se interpuso, atrapando su esbelto cuerpo con el suyo mucho más grande, sus brazos encerrándola allí, contra el maletero.
– Yo tengo una cosa que tú no tienes -le murmuró él en su cuello, girando la cabeza y mordisqueándole el lóbulo de la oreja.
– ¿Qué?
Su lengua jugueteaba con la oreja de ella.
– Fuerza bruta -le susurró él y le quitó las llaves de la mano mientras capturaba su boca con la de él. No la dejó hasta que ella le devolvió el beso totalmente, hasta que sus brazos le rodearon el cuello y se deshizo en él.
Él condujo la camioneta con gran satisfacción, sonriéndole burlonamente.
– Hombre machote, mujer.
Ella soltó un bufido nada delicado.
– Hasta que te subas a ese barco. Entonces serás un humilde tender.
– Creo que tengo una licencia para bucear contigo.
– Tienes una licencia, que no creo ni por un momento que sea real -dijo ella-, y puedes irte a bucear con el barco de Mike.
Él le echó un vistazo, distrayéndose por el ceñido top coral que amorosamente abrazaba sus pechos, y meneó la cabeza.
– Me gustan las ventajas de ir en tu barco.
Ella se rió y se comió su segundo sándwich de mantequilla de cacahuete. Mientras giraban hacia el camino bordeado de eucaliptos que conducía al puerto, ella sacó la cabeza por la ventanilla y gritó:
– ¡Hoy es día de buceo, yujuuuu! -era imposible contener su felicidad.
Pensó que nunca la había visto más hermosa mientras soltaban las amarras y ella tomaba su posición al timón, guiándolos por el río, deslizándose bajo el puente, a través del puerto hacia el mar. Ella era increíble. El sol besaba su oscuro cabello, el viento ponía color a sus mejillas y la alegría hacía brillar sus ojos. Supo que jamás querría estar en ningún otro lugar. Lo dejaba sin aliento, y su amor por ella era tan abrumador que por unos instantes tan sólo pudo mirarla.
Lev la observó, sabiendo que nunca olvidaría cómo se veía allí al timón, el cabello al viento, completa confianza en sus ojos. Ella alzó su rostro al cielo y rió, el sonido llevado por el viento. el top ceñía sus pequeños y firmes pechos de tal modo que sus pezones sobresalían sobre la fina tela, como haciéndole señas para que se acercara. Con el viento, la larga falda volaba alrededor de sus tobillos, arremolinándose, a veces revelando sus desnudas y torneadas piernas y luego dejando caer un colorido velo sobre la tentadora vista.
La deseaba. Allí, a la luz temprana de la mañana, con las gaviotas volando sobre sus cabezas y el agua bajo ellos. ¿Y cómo no podría? Ella era su mundo. Sin duda alguna, cuando era la capitana de su barco, era cuando estaba más sexy. Su cuerpo reaccionaba por propia voluntad. Él no mandaba sobre la sangre que fluía hasta su pene, a pesar de su entrenamiento y experiencia en las artes sexuales; esto era algo natural, una reacción a amar a su mujer. Encontraba alegría en ese simple placer: su cuerpo reaccionando sin habérselo ordenado.
Se colocó detrás de ella, cerca, sabiendo con absoluta certeza que ella le daría la bienvenida. Ella echó la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en su hombro y rió de nuevo. El sonido era un afrodisíaco, explotando por sus venas como burbujitas de champán. Él le rodeó la cintura con los brazos y atrajo su cuerpo al suyo. Su pene estaba duro como una piedra, grueso y largo y latiendo con energía. Sabía que ella podía sentir su necesidad por el modo en que se apretujó contra él.
Uno de sus brazos le rodeó la cabeza, atrayéndolo a la de ella y girando su rostro lo suficiente como para besarlo.
– Le he estado dedicando algunos pensamientos. -Le susurró ella a la boca.