Eran al menos diez, calculó Diego Alatriste mientras desenvainaba espada y daga. Y en el patio del convento, algunos más. Salían de todas partes, de las esquinas y los zaguanes, y calle y plazuela relucían de aceros desenvainados mientras los gritos «¡Ténganse a la Inquisición!» y «¡Favor al Rey!» atronaban la noche de arriba abajo. Sonaron más tiros al otro lado de la tapia de las Benitas, y un confuso tropel apareció en la puertecilla, con mucha gente trabándose a estocadas. Por un momento Alatriste creyó ver unas tocas blancas de novicia entre el vaivén de aceros, pero la escena quedó oculta por el resplandor de dos nuevos pistoletazos. Y, además, era momento de cuidar la propia salud. El grito de ténganse a la Inquisición bastaba para erizarle el cabello a cualquiera; y, de haber espacio para ello, el capitán habríase impresionado lo mucho que las circunstancias reclamaban. Pero ya estaba luchando por salvar la piel, y en tales trances igual daba Inquisición que corchetes del corregidor: lo mismo degüella cuchilla seglar que rociada con agua bendita. Paró con su daga la estocada de una sombra que parecía materializarse de la nada a su espalda, hizo a la sombra retroceder con tres mandobles y un voto a Dios, y por el rabillo del ojo vio que Don Francisco de Quevedo se enfrentaba a otras dos. Era superfluo -hubiera exigido gastar resuello necesario a otros menesteres- gritar traición o algo por el estilo. Así que Don Francisco y el capitán se aplicaron a batirse con la boca más o menos cerrada. Fuera quien fuese el responsable, la emboscada estaba clara y allí no quedaba sino vender caras las asaduras de cada uno. El que había atacado antes cerraba de nuevo contra Alatriste; así que éste, intuyendo el acero enemigo por su reflejo, afirmó los pies, paró justo a tiempo un buen tajo de revés, avanzó un pie y luego el otro, sujetó la espada del adversario entre el codo y el costado, adelantó la punta de la suya, y al extremo de la herreruza pudo oír el adecuado grito de dolor cuando marcó al otro en la cara. Por fortuna los familiares de la Inquisición no eran Amadises, y aquello resultaba llevadero. Retrocedió en la oscuridad hasta apoyar la espalda en un muro, y aprovechó el respiro para echarle un vistazo a Don Francisco. El poeta, fiel a su probada destreza, cojeando y maldiciendo ahora entre dientes, mantenía a raya a quienes lo acosaban; pero llegaba más gente, y pronto iban a faltar manos para sangrar tanto puerco. Por suerte, casi todos los atacantes se concentraban junto a la tapia de las Benitas, donde la confusión y los gritos iban en aumento. Era obvio que Don Vicente de la Cruz y sus hijos andaban listos de memoriales. Hasta el capitán llegó el olor de cuerdas de arcabuz encendidas.
– ¡No queda sino largarse! -le gritó a Don Francisco, intentando hacerse oír por encima del cling clang de los aceros.
– ¡Eso intento! -replicó el poeta, entre mandoble y mandoble-… ¡Desde hace rato!
Acababa de matar a uno de sus adversarios y retrocedía a lo largo del muro, con el otro pegado a la toledana. Una nueva sombra apareció de improviso ante Alatriste, o tal vez fuera la misma de antes que se había rehecho y venía con las de Mahoma, a cobrarse el tajo de la cara. Hubo chispas al chocar las espadas entre sí y contra la pared, y luego el capitán, protegiéndose con el antebrazo izquierdo a la altura de la cabeza, aprovechó que el otro se afirmaba entre dos movimientos para arrojarse contra él y darle una patada que lo hizo trastabillar. Después acuchilló de cerca con espada, daga, Y luego otra vez espada. Cuando su enemigo quiso enderezarse, al menos dos cuartas de acero del capitán debían de asomarle por la espalda.
– ¡Virgen santísima! -le oyó murmurar, echando el aliento al tiempo que Alatriste le sacaba la hoja del pecho. Después blasfemó, invocó de nuevo a la Virgen y cayó de rodillas pegado a la pared, mientras su espada resonaba metálica en el suelo, entre sus muslos.
Alguien se alejó corriendo del tropel de gente arremolinado ante el convento. Entonces empezaron los tiros de arcabuz, y la calle y la plazuela parecían una fiesta de cohetes y pólvora. Algunas balas zurrearon cerca del capitán y de Don Francisco, y una se aplastó entre ellos, en el muro.
– Joder -dijo Quevedo.
La cosa no estaba para endecasílabos. Y llegaba más gente. Alatriste, empapado en sudor bajo el coleto de búfalo que ya le había ahorrado al menos tres buenas mojadas aquella noche, miró alrededor buscando el modo de zafarse y huir. Al retroceder ante una acometida, Don Francisco se acercó al capitán de modo que sus hombros se tocaron. El pensamiento del poeta era idéntico.
– Que cada perro -dijo con voz entrecortada, entre una finta y un ataque- se lama su pija.
Tenía al segundo adversario revolviéndose herido en el suelo, a sus pies; pero ya andaba trabado con otro y empezaban a faltarle las fuerzas. Entonces el capitán, que estaba más desembarazado, púsose la daga entre los dientes, sacó del cinto con la zurda la pistola de chispa, y a medio palmo del enemigo que acosaba al poeta descerrajó un pistoletazo que le llevó media quijada. El fogonazo del tiro contuvo un instante a los que se acercaban, y aprovechando el respiro, sin hacerse de rogar, Don Francisco echó a correr muy lindamente a pesar de su cojera, como por la posta.
Tras un instante para estorbar que lo siguieran, Alatriste hizo lo mismo, eligiendo una calleja que tenía prevista según costumbre de los soldados veteranos, hechos a industriar caminos de retirada antes de trabarse en combate; pues luego, cuando viene un mal naipe, no siempre quedan salud o claridad de juicio para tan útil diligencia. La callecita discurría bajo un arco y se cerraba en una tapia que el fugitivo pudo saltar sin dificultad, aunque espantando gallinas sobre cuyo cobertizo cayó con estrépito. Alguien hizo luz y gritó en una ventana, pero ya el capitán pasaba al otro lado del patio, tropezando en la oscuridad sin lastimarse mucho. Y tras franquear una valla vióse al otro lado, libre y en razonable estado de salud salvo algunos arañazos; con la boca más seca que las dunas de Nieuport. Buscó un rincón oscuro para tomar aliento mientras se preguntaba si Don Francisco de Quevedo habíase o no puesto en cobro. Cuando pudo oír algo más que el resuello de su propia respiración, comprobó que en el convento de las Benitas ya no sonaban tiros ni gritos; nadie iba a dar un maravedí por la piel de Don Vicente de la Cruz y sus hijos. Eso, pardiez, en el caso poco probable de que alguno siguiera vivo.
Oyó pasos corriendo, como de gente armada, y hubo resplandor de faroles por las esquinas. Después volvió el silencio. Más descansado y dueño de sí, estúvose mucho rato quieto en la oscuridad. El sudor que se le enfriaba bajo el coleto lo hacía temblar; pero no paró demasiado en ello. Se preguntaba una y otra vez quién les había tendido aquella trampa.
Los disparos y el batir de aceros habíanme hecho regresar sobre mis pasos, mientras me preguntaba angustiado qué ocurría en la plazuela de la Encarnación. Eché a correr de vuelta, más a poco la prudencia hizo camino en mi ánimo. Quien pierde el seso -era una de las máximas soldadescas que había aprendido del capitán- termina perdiendo también la cabeza, a menudo con la ayuda indeseable de una soga. Me detuve, por tanto, con el corazón desbocado en el pecho, mientras intentaba considerar qué era lo más oportuno, y en qué mi presencia podía ayudar o estorbar a mis amigos. En eso estaba cuando sentí rumor de pasos que se acercaban a la carrera, y el escalofriante grito de «¡Ténganse a la Inquisición!», que en aquel tiempo, como he dicho a vuestras mercedes, bastaba para erizar la piel al más crudo valentón de la jacaranda. Túveme, en efecto, con harta precaución, y en un santiamén había saltado poniéndome en cobro bajo el murete de piedra que, a modo de pretil, bajaba a lo largo de la cuesta. Apenas rehecho del golpe oí los pasos arriba, más tiros y gritos, y chocar de aceros cercano. No tuve tiempo de inquietarme más por la suerte del capitán y Don Francisco, pues empezó a preocuparme de veras la mía cuando un cuerpo cayó desde encima. Me dispuse a saltar de allí como una liebre, pero el recién llegado profirió un lastimero gemido que me hizo reparar en él, de modo que la claridad de la luna bastó para que reconociese al más joven de los dos hermanos de la Cruz, el llamado Don Luis, que venía malherido en su fuga desde el convento. Fuíme a él, y me miró en la semioscuridad con ojos espantados, que la parva luz de la noche hacia brillar febriles. Púsome la mano en la cara, como suelen los ciegos para conocer a la gente, y luego se inclinó hacia adelante, vencido por algo que en un primer momento tomé por desmayo hasta que, al apoyar mis manos en él, las retiré mojadas en sangre. Venía Don Luis pasado de parte a parte por algún tiro de arcabuz y varias cuchilladas, y cuando se venció en mis brazos olí sudor fresco mezclado con el dulzor nauseabundo de la sangre.