Y sin embargo, a pesar de las calumnias extranjeras, y a pesar de que no todos los procesos se resolvieron en la hoguera y hubo numerosos ejemplos de piedad y de justicia, la Inquisición, como todo poder excesivo en manos de los hombres, resultó nefasta. Y la decadencia que sufrimos los españoles en el siglo -polvos que trajeron y traerán todavía muchos lodos- puede explicarse, ante todo y sobre todo, por la supresión de la libertad, el aislamiento cultural, la desconfianza y el oscurantismo religioso creados por el Santo Oficio. Era tan grande el horror que esparcía, que hasta sus llamados familiares, agentes colaboradores de la Inquisición -oficio que podía adquirirse con dinero-, gozaban de completa impunidad. Decir familiar del Santo Oficio equivalía a decir espía o delator, y de ellos se censaban 20.000 en la España del católico Felipe. Con ese panorama, hagan cuentas vuestras mercedes de lo que la Inquisición significó en un país como el hispano, donde a la justicia la movía menos un toro que un doblón de a ocho, donde se compraba y se vendía hasta el Santísimo Sacramento, y donde, además, cada hijo de vecino tenía cuentas que ajustar con otro, sin que hubiese dos españoles -y a fe mía sigue sin haberlos- que tomaran el chocolate para el desayuno de la misma forma: de Guaxaca aquél, negro el otro, ése removido con leche, éste con picatostes y el de más allá en jícara y con torrijas. La cuestión ya no era ser buen católico y cristiano viejo, sino parecerlo. Y nada lo parecía más que delatar a quienes no lo eran; o a quienes uno sospechaba, por viejos rencores, celos, envidias o querellas, que bien pudieran no serlo. Y entre el paisanaje, como era de esperar, llovían las denuncias, y el sé de buena tinta, y el cuentan que, igual que si cayese granizo. Así, cuando el dedo implacable del Santo Oficio apuntaba a algún infeliz, éste se veía abandonado en el acto de valedores, amigos y parientes. Y de ese modo acusaba el hijo al padre, la mujer al marido, y el preso necesitaba delatar a cómplices, o inventarlos, para escapar a la tortura y a la muerte.
Y ahí estaba yo, a mis trece años, atrapado en aquella red siniestra, sabiendo lo que me esperaba y sin atreverme siquiera a parar muchas mientes en ello. Conocía historias de gente que se había quitado la vida para escapar al horror de las cárceles hacia las que me llevaban; y debo confesar que allí, en la oscuridad del carruaje, llegué a comprenderlos bien. Hubiera sido más fácil y más digno, discurría, haberme ensartado en la espada de Gualterio Malatesta y concluir el negocio con rapidez y limpieza. Pero, sin duda, la Divina Providencia quería hacerme pasar por esa prueba. Suspiré hondo, acurrucado en mi rincón, resignado a afrontarla sin remedio. Aunque no hubiera estado de más, meditaba, que la Providencia, divina o no, le hubiera reservado aquella prueba a cualquier otro.
Durante el resto del viaje pensé mucho en el capitán Alatriste. Deseaba con toda mi alma que estuviera a salvo, tal vez en algún lugar cercano, dispuesto a liberarme. Pero la idea no se sostuvo mucho tiempo. Aun en el caso en que hubiera escapado de lo que, sin duda, era trampa bien aderezada por sus enemigos, aquel no era un libro de caballerías; y los grillos que tintineaban en mis manos con el movimiento del carruaje eran harto reales. Como lo eran el miedo y la soledad que sentía, y mi destino incierto. O cierto, según el punto de vista. El caso es que, más adelante, la vida y el paso del tiempo, las aventuras, los amores, y las guerras del Rey nuestro señor, hiciéronme perder la fe en muchas cosas. Pero ya entonces, pese a mis pocos años, yo había dejado de creer en los milagros.
El carruaje se detuvo. Oí cómo el cochero cambiaba las mulas, así que de fijo parábamos en algún relevo de posta. Me aplicaba a calcular dónde estaríamos, cuando se abrió la portezuela; y el resplandor repentino de la luz deslumbróme de tal modo que durante unos instantes fui ciego. Me froté los ojos y, cuando pude ver, Gualterio Malatesta se hallaba junto al estribo, observándome. Vestía como siempre de negro riguroso, incluso guantes y botas, pluma negra en el sombrero y aquel bigote fino que acentuaba la delgadez de sus facciones, forzando el contraste entre la pulcritud de su recorte y el rostro donde lucía, tan devastado por marcas y cicatrices que recordaba un campo de batalla. A su espalda, al término de un amplio declive del terreno y a cosa de media legua, pude ver que Toledo se recortaba en el paisaje dorado por el sol poniente, con sus viejas murallas coronadas por el alcázar del emperador Carlos.
– Aquí nos despedimos, rapaz -dijo Malatesta.
Lo miré aturdido, sin comprender. El mío debía de ser un aspecto lamentable, con toda la sangre seca del pobre Luis de la Cruz en mi cara y ropas, y las huellas del viaje. Por un momento creí ver fruncirse el ceño del italiano, como si no estuviera satisfecho de mi estado, O de mi situación. Yo seguía mirándolo, confuso.
– Aquí se hacen cargo de ti -añadió, al cabo.
Inició un esbozo de sonrisa: aquel gesto suyo lento, cruel y peligroso, que descubría los dientes blancos como colmillos de un lobo. Pero lo interrumpió en seguida, cual con desgana. Tal vez estimó que yo estaba asaz abatido como para mortificarme con su mueca. Lo cierto es que no parecía del todo a sus anchas. Todavía me observó un momento y luego, otra vez inescrutable, apoyó la mano en la portezuela para cerrarla de nuevo.
– ¿Dónde me llevan? -pregunté.
Mi voz había sonado débil, tan desconocida como si perteneciera a otro. El italiano se quedó quieto. Sus ojos negros como la muerte me miraban sin parpadear. Gualterio Malatesta siempre te miraba igual que si no tuviera párpados.
– Allí.
Señalaba con un gesto del mentón la ciudad que tenía a la espalda. Miré su mano apoyada en la portezuela como si fuera la mano del verdugo, y aquella la losa de una tumba. Luego quise prolongar lo que mi instinto decía era la última luz del sol que iba a ver en mucho tiempo.
– ¿Por qué?… ¿Qué he hecho?
No respondió. Sólo siguió observándome un poco más. Hasta mí llegaba el ruido del cambio de mulas, y al enganchar las de refresco se estremeció el carruaje. Vi pasar por detrás del italiano a varios hombres armados hasta los dientes, y entre ellos los hábitos negros y blancos de un par de frailes dominicos. Uno me dirigió al pasar una ojeada indiferente y breve, cual si en vez de a ser humano la dirigiese a un objeto; y aquella mirada me produjo más miedo que ninguna otra cosa.
– Lo siento, rapaz -dijo Malatesta.
Parecía haber leído el horror en mi pensamiento. Y que me lleve el diablo si en aquel momento no pensé de veras que era sincero. Fue sólo un instante, sin embargo. Esas tres palabras, y apenas un reflejo en la oscuridad de su mirada. Más cuando quise ahondar en lo que creí atisbo de compasión, topéme de nuevo con la máscara impasible del sicario. Vi que empezaba a cerrar la portezuela.
– ¿Qué es del capitán? -pregunté angustiado, intentando retener un poco más aquel sol que estaban a punto de arrebatarme, quizá para siempre.
Siguió callado. Quedaban dos cuartas de luz enmarcando su rostro sombrío. Y entonces sí que advertí, sin lugar a dudas, un levísimo relámpago de despecho cruzarle el semblante. Duró sólo un momento, y en el acto quedó oculto tras la mueca cruel, la sonrisa peligrosa, carnicera, que por fin crispó los labios pálidos y fríos del italiano. Pero entonces mi corazón ya saltaba de gozo y la mueca se me daba una higa; pues comprendí, en el acto y con toda certeza, que Diego Alatriste había logrado eludir la emboscada.
Entonces Malatesta cerró de golpe y quedé otra vez en tinieblas. Oí órdenes confusas, el galope de un caballo alejándose y luego el látigo del cochero. Después, las mulas se pusieron en marcha y el carruaje rodó, conduciéndome allí donde ni siquiera Dios iba a estar de mi parte.
El desamparo de estar en manos de una maquinaria omnipotente, desprovista de sentimientos y por tanto de piedad, se manifestó apenas me hicieron descender del coche en un lóbrego patio interior, que el crepúsculo hacía más sombrío. Después de quitarme los grilletes fui conducido a un sótano por una escolta silenciosa de cuatro esbirros del Santo Oficio y los dos dominicos que había entrevisto en el cambio de mulas. Ahorro a vuestras mercedes los trámites: desde desnudarme en minucioso registro, a interrogatorio preliminar por un escribano que reclamó de mi, gracia, apellidos, edad, nombre de mi padre y de mi madre, el de mis cuatro abuelos y el de mis ocho bisabuelos, vivienda actual y lugar de origen. Después, en rutinario tono de trámite, comprobó mis conocimientos de buen cristiano haciéndome recitar el padrenuestro y el avemaría, antes de pedirme el nombre de cuanta persona pudiera recordar relacionada con mí situación. Pregunté cuál era mi situación, y no me la dijo. Pregunté por qué estaba allí, y tampoco. Al volver a insistirme sobre mis conocidos no respondí, aparentando confusión y miedo, o más bien -si he de ser franco- limitándome a exteriorizar los sentimientos sinceros que embargaban mi ánimo. Ante la insistencia del amanuense me eché a llorar sin consuelo, y eso pareció bastar de momento, pues dejó la pluma en el tintero, echó polvos en la página fresca y guardó los pliegos. Resolví, de ese modo, recurrir al llanto siempre que me viera apretado; aunque mucho temía no requerir esfuerzo para ello. Porque si algo no iba a faltar allí adentro, barruntaba en mi desdicha, eran motivos para derramar lágrimas.