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Como grande de España, con fuero de estar cubierto ante el Rey nuestro señor, el conde de Guadalmedina tenía derecho a usar un coche de cuatro mulas -el tiro de seis quedaba reservado a Su Majestad-; más para la ocasión, que requería discreto aparato, había elegido en sus cocheras un modesto carruaje sin divisa a la vista, con dos razonables mulas grises y cochero sin librea. Era, sin embargo, lo bastante amplio para que él mismo, Don Francisco de Quevedo y el capitán Alatriste pudieran acomodarse con espacio de sobra y aguardar, Prado arriba y Prado abajo, la cita concertada. Pasaban, por tanto, inadvertidos entre las docenas de coches que se movían despacio en aquella hora crepuscular en que el Madrid elegante se esparcía en las proximidades del convento de los Jerónimos, con canónigos graves que paseaban abriendo el apetito para la cena, estudiantes tan ricos de ingenio como pobres de maravedís, comerciantes o artesanos con espada al cinto y apellidándose de hidalgos, y sobre todo mucho galán templando terceras -y no me refiero precisamente a cuerdas de guitarra-, muchas manos blancas abrochando y desabrochando cortinillas de carruaje, y mucha dama tapada o sin tapar, descubriendo, fuera del estribo y como al descuido de la basquiña, media vara de seductor guardainfante. A medida que fueran languideciendo los restos del día, el Prado se iría llenando de sombras; y, retirada la gente de respeto, camparían por el lugar tusonas, caballeros en busca de aventuras y pícaros en general, tornándose el lugar escenario de lances, citas galantes y encuentros furtivos bajo los álamos. Todo eso se preñaba ahora con disimulo y muy buenas maneras, cambiándose billetes de coche a coche entre miradas, golpes de abanico, insinuaciones y promesas. Y algunos de los más respetables caballeros y damas que allí se cruzaban sin aire de conocerse, iban a dar en amorosos apartes en cuanto se pusiera el sol, aprovechando la intimidad del coche, o el resguardo de una de las fuentes de piedra que adornaban el paseo, para hacer buena presa. Y no eran inusuales las consabidas cuchilladas, en que lo mismo andaban enamorados, amantes celosos, o maridos que se topaban con especias ajenas en la olla. Sobre este último género había escrito el difunto conde de Villamediana -a quien por lenguaraz habíanle reventado las asaduras de un ballestazo en plena rúa de la calle Mayor- aquellos celebrados versos:

Llego a Madrid y no conozco el Prado, y no lo desconozco por olvido, sino porque me consta que es pisado por muchos que debiera serpacido.

Álvaro de la Marca, que era rico, soltero y habitual de Prado y calle Mayor, y por tanto de los que hacían en Madrid cornudos en reatas de a doce, andaba aquel atardecer en otro registro. Vestido con discreto traje de paño tan gris como su cochero y sus mulas, procuraba no llamar la atención; hasta el punto de que, atisbando por las cortinillas entornadas, retiróse con presteza al paso de un coche descubierto donde iban damas con guarnición copiosa de pasamanos de plata, seda y abanillos de Nápoles, a las que no le interesaba saludar y de las que, sin duda, era conocido más de lo conveniente. En la otra ventanilla, Don Francisco de Quevedo estaba también al acecho tras su cortina a medio cerrar. Diego Alatriste venía entre ambos, estiradas las piernas cubiertas por sus altas botas de cuero, mecido por el suave balanceo del coche y silencioso como de costumbre. Los tres llevaban la espada entre las rodillas y puesto el sombrero.

– Ahí está -dijo Guadalmedina.

Quevedo y Alatriste se inclinaron un poco hacia el lado del conde, para echar un vistazo. Un carruaje negro parecido al suyo, sin divisa en la portezuela y con las cortinas echadas, acababa de pasar la Torrecilla y se adentraba en el paseo. El auriga vestía de pardo, con una pluma blanca y otra verde en el sombrero.

Guadalmedina abrió la trampilla y dio instrucciones a su cochero, que sacudió las riendas para ponerse al paso del otro. Anduvieron así corto trecho hasta que el primer carruaje se detuvo en un rincón discreto, bajo las ramas de un viejo castaño junto a las que corría el agua de una fuente rematada por delfín de piedra. Detúvose el segundo coche a su lado. Abrió la puerta Guadalmedina, y descendió al estrecho espacio que quedaba entre ambos. Lo mismo hicieron Alatriste y Quevedo, quitándose los sombreros. Y al descorrerse la cortinilla apareció un rostro sanguíneo y firme, endurecido por ojos oscuros, inteligentes, barba y mostacho feroces, una cabeza grande sobre hombros poderosos, y el dibujo de una roja cruz de Calatrava. Aquellos hombros soportaban el peso de la monarquía más vasta de la tierra, y pertenecían a Don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, privado de nuestro señor Don Felipe IV, Rey de las Españas.

– No esperaba volver a veros tan pronto, capitán Alatriste. Os hacía camino de Flandes.

– Ésa era mi intención, Excelencia. Pero se cruzó un asunto.

– Ya veo… ¿Os han dicho alguna vez que poseéis una rara habilidad para complicaros la vida?

Era un diálogo insólito, habida cuenta que lo mantenían el privado del Rey de España y un oscuro espadachín. En el estrecho espacio que mediaba entre los dos coches, Guadalmedina y Quevedo escuchaban en silencio. El Conde de Olivares había intercambiado con ellos saludos convencionales, y ahora se dirigía al capitán Alatriste con una atención casi cortés que atenuaba la altivez de su gesto adusto. No era usual tamaña deferencia en el valido, y el hecho no escapaba a nadie.

– Una habilidad asombrosa -repitió Olivares, como para sí.

Guardóse el capitán de comentarios y permaneció quieto, descubierto y con un respeto no exento de aplomo, junto al estribo del carruaje. Tras dedicarle una última ojeada, se dirigió el privado a Guadalmedina:

– Sobre el particular que nos ocupa -dijo-, sabed que no hay nada que hacer. Agradezco vuestras informaciones, más nada puedo ofreceros a cambio. En materia de Santo Oficio, ni siquiera el Rey nuestro señor interviene -hizo un gesto con la mano fuerte y ancha, anudada con poderosas venas-… Aunque, por supuesto, ése no sea negocio con el que podamos molestar a Su Majestad.

Álvaro de la Marca miró a Alatriste, que permanecía impasible, y volvióse luego hacia Olivares.

– ¿Ninguna salida, entonces?

– Ninguna. Y siento no ayudaros -había un punto de sinceridad condescendiente en el tono del privado-. En especial porque el tiro que ha sido dirigido a nuestro capitán Alatriste también me era cercano. Pero así son las cosas.

Guadalmedina inclinó la frente, que pese al título de grande de España también mantenía ahora descubierta ante Olivares. Álvaro de la Marca era cortesano, y sabía que cualquier toma y daca en la Corte contaba con límites. Para él ya era un triunfo que el hombre más poderoso de la monarquía concediera un minuto de su tiempo. Y aun así, insistió:

– ¿Van a quemar al mozo, Excelencia?

El valido se arreglaba las puntas flamencas que asomaban por los puños de su jubón trencillado de verde muy oscuro, sin joyas ni adornos, tan austero como las vigentes pragmáticas contra el lujo que él mismo había hecho firmar al Rey.

– Mucho me temo que sí -dijo desapasionadamente-. Y a la moza. Y pueden darse gracias de que no tengan a nadie más que llevar al brasero.

– ¿Qué tiempo nos queda?

– Poco. Según mis noticias se están acelerando los pormenores del proceso, y puede haber plaza Mayor de aquí a un par de semanas. En el estado actual de mi relación con el Santo Oficio, eso apuntará un lindo tanto a su favor -movió la poderosa cabeza, asentada sobre una golilla almidonada que apresaba el cuello robusto, sanguíneo-… No me perdonan lo de los genoveses.