Todos estaban muy borrachos y algunos tambaleándose, apoyados en las paredes o abrazados entre sí para no desplomarse. Sus ojos vidriosos y brillantes perforaban las nubes de humo y examinaban a Pedrito Tinoco; quien, confundido por sentirse el centro de esa atención colectiva, crispado por la amenaza oscura, incierta, que adivinaba, no se atrevía a avanzar hacia el mostrador. Hasta que Dionisio fue a su encuentro, lo cogió del brazo, le dio un beso en la mejilla, algo que primero desconcertó y luego hizo soltar al mudito una carcajada nerviosa, y le puso una copita de pisco en la mano.
— Salud, salud–lo incitó a brindar con él-. Emparéjate con la concurrencia, mudito.
— Es inocente, es puro, es foráneo, está marcado desde lo que le pasó en Pampa Galeras–recitó, rezó, salmodió la señora Adriana-. Tarde o temprano los terrucos lo. ajusticiarían. Si de todas maneras va a morir, mejor por algo que vale la pena. ¿Ustedes no valen la pena? ¿Tanto inconsciente, durmiendo ahí en los barracones, tanto muerto de cansancio de romperse los lomos en la carretera, no la vale? Sumen y resten y decidan.
A medida que el ardiente calorcito le bajaba por el pecho y le hacía cosquillas en el estómago, Pedrito Tinoco empezó a darse cuenta de que, bajo sus embarradas ojotas de llanta y sus pies llenos de costras, el suelo se ablandaba y movía. Como un trompo. Él había sabido, alguna vez, en alguna parte, hacer bailar los trompos, enredándolos en un cordel y lanzándolos con un diestro latigazo del brazo: giraban en el aire hasta confundirse sus colores, hasta parecer unos picaflores aleteando inmóviles en el aire, una bolita trepando hacia el sol, y, luego, cayendo. Su punta de clavo aterrizaba en la piedra de la acequia, daba un saltito en el filo de la banca, se aquietaba en el poyo de la casa o donde él hubiera puesto antes el ojo y su mano dado la orden al cordel. Allí se sostenía bailando un buen rato, saltando y zumbando, trompito feliz. Doña Adriana hablaba y había cabezas que asentían. Abriéndose paso a codazos, algunos se acercaban hasta el mudo y lo tocaban. No se les había quitado el miedo, al contrario. Pedrito Tinoco ya no se sentía tan avergonzado como al llegar. Apretaba siempre los billetes en su mano y, oscuramente, por ráfagas, se sobresaltaba, diciéndose: «He de regresar». Pero no sabía cómo irse. Apenas tomaba un sorbito de pisco, el cantinero lo aplaudía, le palmeaba la espalda y, de tanto en tanto, en un arrebato de entusiasmo, lo besaba en la mejilla.
— Serían los besos de Judas esos que usted le daría–dijo Lituma-. Y, mientras, yo roncando, o escuchándole a Tomasito sus enredos con su fulana. Tuvieron suerte, Dionisio, doña Adriana. Si me aparezco por la cantina y los pesco con las manos en la masa, no sé qué les hubiera pasado, les juro.
Lo dijo sin cólera, con fatalismo y resignación. Doña Adriana seguía abstraída, desinteresada de él, contemplando a los peones que removían los escombros. Pero Dionisio se echó a reír, con la boca abierta. Se había puesto de cuclillas y la bufanda de lana abultaba su cuello monstruosamente. Miraba a Lituma divertido, abriendo y cerrando sus ojos saltados, menos enrojecidos que de costumbre.
— Usted hubiera sido un buen contador de cuentos–afirmó, muy convencido de lo que decía-. Tuve algunos en mi compañía, de joven. Cuando íbamos de pueblo en pueblo, de feria en feria. Danzantes, músicos, ,equilibristas, magos, fenómenos, de todo había. También contadores de historias. Tenían mucho éxito, chicos y grandes los escuchaban embobados y hacían gran alharaca cuando llegaba el fin del cuento. «Siga, siga, por favor.» «Otro, otro más.» Usted hubiera sido una de mis estrellas, con su fantasía. Casi tan bueno como Adriana, señor cabo.
— Ya no puede chupar, ya está grogui. No le entra ni una gota–canturreó alguien.
— Embúteselo a la fuerza, y si vomita que vomite–imploró una voz muy asustada-. Que no sienta nada, que se olvide de quién es y de dónde está.
— A propósito de muditos, en unos pueblos de la provincia de La Mar, en Ayacucho, a los que no saben hablar les dan a comer la lengua del Torito–dijo Dionisio-. As¡ los curan de la mudez. A que usted no lo sabía, señor cabo.
— ¿Verdad que has de perdonarnos, padrecíto? — susurró, en quechua, un hombre ronco y traspasado de pena, al que apenas le salían las palabras-.Serás nuestro santo, serás recordado en la fiesta como salvador de Naccos.
— Denle más trago, conchas de su madre y no mariconeen–ordenó un matón-. Las cosas, si se hacen, se hacen bien.
En vez de la quena o la flauta de otras veces, Dionisio se había puesto a tocar el rondín. Su aguda vocecilla metálica irritaba los nervios del mudito, al que muchas manos sostenían de los brazos y la espalda, impidiéndole desplomarse. Sus piernas eran de trapo, sus hombros de paja, su estómago un lago con patos y su cabeza un remolino de luceros fosforescentes. Las estrellas destellaban y había repentinos arcoiris coloreando la noche. Si él hubiera tenido fuerzas, con solo estirar la mano hubiera tocado un astro del cielo. Sería suave, tierno, cálido, amistoso como el cuello de una vicuñita. De rato en rato le venía una arcada pero no tenía ya nada que vomitar. Sabía que si esforzaba los ojos y se limpiaba las lágrimas que los nublaban, vería flotando en la inmensidad del cielo, sobre las montañas nevadas, trotando hacia la luna, la alegre manada de las vicuñas.
— Eran otros tiempos, mejores que éstos por muchos motivos–añadió Dionisio, con aire de pesadumbre-. Sobre todo, porque las gentes querían divertirse. Sabían divertirse. Eran tan pobres como ahora y también había desgracias por muchas partes. Pero, aquí en los Andes, la gente aún tenía eso que ahora ya perdió: el entusiasmo para divertirse. Las ganas de vivir. Ahora, aunque se muevan y hablen y se emborrachen, todos parecen medios muertos. ¿No se ha dado cuenta, señor cabo?
Si había estrellas, ya no estaba en la cantina de Dionisio. Lo habían sacado al aire libre y por eso, aunque en el interior de su cuerpo había diminutas fogatas crepitando, entibiando su sangre, en la superficie de su cara, en la punta de la nariz, en sus manos y en sus pies que habían perdido las ojotas, sentía la helada noche. ¿Granizaba? En vez de la hediondez de antes, sus narices respiraban un limpio aroma de eucaliptos, de maíz tostado, de agua cantarina y fresquita de manantial. ¿Lo llevaban cargado? ¿Estaba en un trono? ¿Era el santo patrono de la fiesta? ¿Había un padrecito rezándole, a sus pies, o era el rezo de la santera que dormía en las puertas del matadero de Abancay? No. Era la voz de la señora Adriana. Habría un monaguillo también, medio aplastado por la multitud, tocando la pequeña campanilla plateada y columpiando el incensario cuya fragancia inundaba la noche. Pedrito Tinoco sabía hacerlo y lo había hecho en la parroquia de la Virgen del Rosario, en esa época en que sus hábiles manos bailaban trompos: derramar el incienso de modo que subiera hasta las mismas caras de todos los santos del altar.
— Hasta en los velorios se divertían, tomando, comiendo y contando cuentos–prosiguió Dionisio-.Íbamos mucho a los entierros, con la compañía. Los velorios duraban días y noches y las damajuanas se vaciaban. Ahora, cuando se van de este mundo, se despide a los parientes sin ceremonia, como a perros. Hay una decadencia también en eso, ¿no cree, señor cabo?
De pronto, una exclamación o un sollozo rompía el reverente silencio de procesión en que lo llevaban cuesta arriba. ¿Qué temían? ¿De qué lloraban? ¿Adónde iban? Su corazón empezó a latir con mucha fuerza y el malestar físico se le ahuyentó de golpe. Iban a reunirlo con sus amigas, por supuesto. Por supuesto. Estaban ahí y lo esperaban, allá donde lo subían. Una intensa emoción lo abrumaba. Si hubiera tenido fuerzas se habría puesto a aullar, a saltar, a agradecérselo haciendo venias hasta el suelo. La felicidad lo desbordaba. Ellas se pondrían tensas al sentirlo acercarse, enderezarían sus largos pescuezos, sus hociquillos húmedos temblarían, sus grandes ojos lo contemplarían con sorpresa, y, reconociendo su olor, la manada entera se alegraría como se alegraba él, ahora, anticipando el encuentro. Se tocarían, se abrazarían, se enredarían y se olvidarían ellas y él del mundo, jugando y festejando el estar juntos.