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Tenía que haber visto el Rustmobile aparcado fuera, pero el shock que agrandó sus ojos verdes de gato sugería que había asumido que el coche pertenecería a alguna persona del servicio o al más plebeyo del grupo de amigos poco ortodoxo de Ted. La apariencia desaliñada de Meg y Ted no dejaba dudas sobre lo que habían estado haciendo, y cada pelo de loca de ella.

– Mamá, estoy seguro que recuerdas a Meg.

Si Francesca hubiera sido un animal, se le hubiera erizado el pelo de la nuca. -Oh, sí.

Su enemistad le habría resultado cómica si Meg no hubiera tenido ganas de vomitar. -Señora Beaudine.

Francesca se apartó de Meg y se centró en su amado hijo. Meg estaba acostumbrada a ver enfado en los ojos de un padre, pero no podía soportar ver a Ted ser el receptor del mismo, y ella cortó a Francesca antes de que pudiera decir nada. -Me tiré encima de él al igual que cualquier mujer del universo. No pudo hacer nada. Estoy segura que lo ha visto al menos unas cien veces.

Tanto Francesca como Ted la miraron, Francesca con manifiesta hostilidad y Ted con incredulidad.

Meg intentó alargar la camiseta de Ted para que la cubriese más. -Lo siento Ted. Esto… uh… no volverá a ocurrir. Me… iré ahora mismo -. Excepto porque necesitaba las llaves del coche que estaban metidas en el bolsillo de sus shorts, y la única forma que podía recuperarlas era volviendo a la habitación de él.

– No vas a ningún sitio, Meg -, dijo calmadamente Ted. -Mamá, Meg no se ha tirado sobre mí. Apenas me aguanta. Y esto no es asunto tuyo.

Meg le dio con la mano. -Ted, no deberías hablarle así a tu madre.

– No intentes hacerle la pelota -, dijo él. -No hará ningún bien.

Pero hizo un último intento. -Fui yo -, le dijo a Francesca. -Soy una mala influencia.

– Ya basta -. Él gesticuló hacia los tappers de comida en la encimera. -Íbamos a cenar, mamá. ¿Por qué no te unes a nosotros?

Eso tampoco iba a pasar.

– No, gracias -. Su marcado acento británico hacia que sus palabras fueran todavía más gélidas. -Hablaremos más tarde -. Salió disparada de la cocina y sus zapatos fueron dejando furiosas marcas a lo largo del suelo.

La puerta de la entrada se cerró, pero el olor de su perfume, ligeramente superpuesto con cicuta, permaneció. Meg lo miró con tristeza. -Las buenas noticias son que eres demasiado mayor para que te castigue sin salir.

– Lo que no le impedirá intentarlo -. Él sonrió y levantó la botella de cerveza. -Es difícil tener una relación amorosa con la mujer más impopular del pueblo.

– ¡Se está acostando con ella! -Exclamó Francesca. -¿Sabías que esto estaba pasando? ¿Sabías que se estaba acostando con ella?

Emma se acababa de sentar a desayunar con Kenny y los niños cuando sonó el timbre. Kenny había visto la cara de Francesca, había agarrado la cesta de muffins y a los niños, y desapareció. Emma acompañó a Francesca al porche, esperando que su lugar favorito de la casa calmara a su amiga, pero la perfumada brisa de la mañana y las adorables vistas del prado no fueron suficientes para calmarla.

Francesca se levantó de la pequeña silla de mimbre negro brillante en la que acababa de desplomarse. No se había molestado en maquillarse, no es que necesitara mucho, y había metido sus pequeños pies en unos zuecos que Emma sabía que sólo usaba para la jardinería. -Este era su plan desde el principio -. Las pequeñas manos de Francesca volaban. -Precisamente lo que le dije a Dallie. Primero deshacerse de Lucy y, a continuación, ir a por Teddy. Pero él conoce tan bien a la gente que no pensé, ni por un instante, que fuera a caer en su juego. ¿Cómo puede estar tan ciego? -Pasó las páginas de la maltratada copia de Fancy Nancy and the Posh Puppy. -Él tiene que estar todavía en estado de shock o se daría cuenta de cómo es. Ella es mala, Emma. Hará cualquier cosa para tenerlo. Y Dallie no es de ninguna ayuda. Dice que Ted es un hombre hecho y derecho y que yo debería preocuparme por mis asuntos. Pero, ¿me preocuparía de mis asuntos si mi hijo tuviera una enfermedad grave? No, no lo haría, y tampoco lo haré ahora -. Cogió el libro de Fancy Nancy y señaló a Emma. -Tenías que saberlo. ¿Por qué no me llamaste?

– No tenía ni idea de que había llegado tan lejos. Déjame traerte una muffin, Francesca. ¿Te gustaría un poco de té?

Francesca lanzó el libro a la silla. -Alguien debía de saberlo.

– No has estado aquí, así que no puedes comprender lo complicadas que se han vuelto las cosas con los Skipjacks. Spence está obsesionado con Meg y Sunny quiere a Ted. Estamos bastantes seguros que es la razón por la que volvieron a Wynette después de la suspensión de la boda.

Francesca desestimó a los Skipjacks. -Torie me habló de Sunny, y Ted puede manejarla. -El dolor ensombrecía sus ojos. -No puedo entender por qué tú o Torie no me llamasteis.

– Todo ha sido muy confuso. Meg nos dijo a algunos que ella estaba enamorada de Ted, eso es verdad. Pero asumimos que simplemente estaba tratando de alejar a Spence.

Los ojos verdes de Francesca se abrieron con asombro. -¿Por qué no creísteis que estaba enamorada de Ted?

– Porque no actúa como si lo estuviera -, explicó pacientemente Emma. -Nunca he visto a ninguna otra mujer, excepto Torie, hacérselo pasar tan mal. A Meg no le hacen chiribitas los ojos cuando está con él o está pendiente de cada una de sus palabras. Generalmente está en desacuerdo con él en público.

– Es incluso más lista de lo que yo pensaba -. Francesca se pasó una mano por su pelo ya de por sí desordenado. -Nunca ha estado con una mujer que le causara problemas. Lo que le atrae es la novedad. -Ella se hundió en el sofá. -Espero que no esté metida en las drogas. No me sorprendería. La cultura de la droga está por todos sitios en Hollywood.

– No creo que esté metida en las drogas, Francesca. Intentamos convencerla para que se fuera. Sunny Skipjack no quiere competencia en lo que se refiere a Ted, y Spence adora a su hija. Esto cada vez es más lioso. Sabíamos que Meg no tenía dinero, así que le ofrecimos un cheque. No nos sentimos orgullosos, te lo aseguro. De todas formas ella lo rechazó.

– Por supuesto que lo rechazó. ¿Por qué coger un miserable cheque cuando tiene a Ted y su dinero en el punto de mira?

– Meg podría ser algo más complicada que eso.

– ¡Seguro que lo es! -Francesca replicó con vehemencia. -Su propia familia la ha repudiado y no puedes decir que eso sea algo que se haga a la ligera.

Emma sabía que tenía que proceder con cautela. Francesca era una mujer inteligente y racional, excepto cuando se trataba de su hijo y su marido. Los amaba ferozmente a los dos, y lucharía contra un ejército por ellos, incluso si ninguno de ellos quería su protección. -Sé que podría resultarte difícil, pero tienes que conocerla…

Francesca agarró la figura de Star Wars que se le había estado clavando en la cadera y la tiró a un lado. -Si alguien, y eso incluye a mi marido, cree que voy a quedarme sentada viendo como esa mujer hechiza a mi hijo… -Ella parpadeó. Sus hombros descendieron y pareció perder toda la energía. -¿Por qué tuvo que pasar ahora? -dijo en voz baja.

Emma se levantó para sentarse a su lado en el sofá. -Todavía estabas esperando que Lucy volviera, ¿verdad?

Francesca se frotó los ojos. Por sus ojeras era obvio que no había dormido bien. -Lucy no regresó a Washington después de su huída -, dijo.

– ¿No?

– He hablado con Nealy. Ambas creemos que es algo positivo. Estar alejada de casa, del trabajo y sus amigos, le daría la oportunidad de conocerse mejor a sí misma y lo que estaba dando por sentado. La viste con Ted. Ellos se amaban. Se amaban. Y él se niega a hablar sobre ella. Eso te dice algo, ¿no?

– Han pasado dos meses -, dijo Emma con cautela. -Eso es muchísimo tiempo.