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Ya era hora de que se convirtiese en la mujer que quería ser, una persona que viviría su propia vida a su manera sin preocuparse si los demás juzgaban sus éxitos o sus fracasos, incluyendo a los que amaba. Lo necesitaba para construir su propia visión de lo que quería ser en la vida y seguir un camino. No podía hacerlo ocultándose.

– La cosa es… -, dijo ella. -Lo que ocurrió hoy… Es un poco más complicado de lo que puede parecer.

– A mí me parece bastante sencillo -, dijo su padre. -Ese tipo es un idiota pomposo.

– Cierto. Desafortunadamente, eso no es todo, él es…

Les contó todo, empezando por el día que llegó. A mitad de la historia, su padre atacó el minibar y, unos minutos más tarde, su madre se unió a él, pero Meg siguió adelante. Les dijo todo, excepto que estaba profundamente enamorada de Ted. Esa historia era sólo para ella.

Cuando terminó, estaba de pie junto a la ventana, de espaldas al ayuntamiento, mientras sus padres estaban sentados uno al lado del otro en el sofá. Se obligó a mantener la barbilla en alto. -Ya veis, es culpa mía que Ted perdiera el control por única vez en su vida adulta y se metiera en esa pelea. Es culpa mía que el pueblo vaya a perder millones de dólares en ingresos y todos esos empleos.

Sus padres intercambiaron largas miradas, llenas de significado para ellos pero incompresibles para ella. Ellos siempre se comunicaban así. Tal vez por eso ni sus hermano ni ella estaban casados. Ellos querían lo que sus padres tenían y no estaban dispuestos conformarse con menos.

Irónicamente, eso era lo que había empezado a creer que tenía con Ted. Eran realmente buenos leyéndose el uno al otro. Lástima que no había pillado lo más importante que debería saber sobre él. Cuanto amaba a Lucy.

Su padre se levantó del sofá. -Vamos a ver si lo entiendo… Evitaste que Lucy destruyese su vida mediante un matrimonio con el hombre equivocado. Te quedaste en un pueblo lleno de locos empeñados en usarte como chivo expiatorio de todos sus problemas. En realidad no eres coordinadora de actividades en el club de campo, pero trabajaste duro en el trabajo que tenías. Y además te las arreglase para empezar con tu pequeño negocio a la vez. ¿Estoy en lo cierto?

Su madre levantó su magnífica ceja. -Has olvidado mencionar el tiempo que consiguió mantener a raya a ese fanfarrón pervertido.

– Aún así, ¿es ella la única que está pidiendo disculpas? -La afirmación de su padre se convirtió en una pregunta y los famosos ojos dorados de Glitter Baby se clavaron en los de su hija.

– ¿Por qué, Meg? -dijo ella. -¿Exactamente por qué te estás disculpando?

Su pregunta la dejó muda. ¿No habían estado escuchando?

La modelo y la estrella de cine esperaron pacientemente por su respuesta. Un mechón del rubio pelo de su madre se le puso sobre la mejilla. Su padre se frotó la cadera, como si estuviera comprobando uno de sus revólveres Colt con mango de nácar que había usado en las películas de Bird Dog Caliber. Meg empezó a responder. Incluso abrió la boca. Pero no salió nada porque no podía dar una buena respuesta.

Su padre se colocó el pelo. -Obviamente, estos tejanos te han lavado el cerebro.

Tenían razón. Con la persona que tenía que disculparse era ella misma, por no ser lo suficientemente inteligente como para proteger su corazón.

– No te puedes quedar aquí -, dijo su padre. -Este no es un buen lugar para ti.

De alguna manera, había sido un lugar muy bueno para ella, pero se limitó a asentir. -Ya tengo el coche cargado. Siento tener que irme tan rápido después de que hicisteis todo el camino hasta aquí, pero tenéis razón. Tengo que irme, y me voy a ir ahora mismo.

Su madre adoptó su voz sensata. -Queremos que vayas a casa. Tómate algo de tiempo para recuperarte.

Su padre pasó los brazos sobre los hombros de Meg. -Te hemos echado de menos, bebé.

Esto era lo que había deseado desde que la echaron. Un poco de seguridad, un lugar para esconderse mientras ordenaba su cabeza. Su corazón saltó de amor por ello. -Sois los mejores. Los dos. Pero tengo que hacer esto por mi cuenta.

Discutieron con ella, pero Meg se mantuvo firme y, después de una emotiva despedida, se dirigió a las escaleras traseras hacia su coche. Tenía una cosa más que hacer antes de irse.

Los coches llenaban el aparcamiento del Roustabout y se extendían hasta la carretera. Meg aparcó detrás de un Honda Civic. Mientras caminaba por la carretera no se molestó en buscar la camioneta o Mercedes Benz de Ted. Sabía que no estaría aquí, al igual que sabía que todos los demás se habían reunido dentro para comentar la catástrofe de esa tarde.

Respiró profundamente y abrió la puerta. El olor a fritos, cerveza y barbacoa la invadió mientras miraba alrededor. La gran sala estaba repleta. La gente estaba de pie a lo largo de las paredes, entre las mesas y en el pasillo que llevaba a los baños. Torie, Dex y todos los Traveler se apretaban en torno a un a una mesa para cuatro. Kayla, su padre, Zoey y Birdie estaban sentados cerca. Meg no vio ni a Dallie ni a Francesca, aunque Skeet y algunos de los caddies senior estaban apoyados en la pared de al lado de los videojuegos, bebiendo cerveza.

Pasó un rato antes de que alguien de la multitud se fijara en ella, y luego el rumor se corrió como la pólvora. Pequeños momentos de silencio que se hacían más grandes según pasaba el tiempo. Primero se propagó por la barra, luego se fue extendiendo por todo el lugar hasta que los únicos sonidos que quedaron fueron el tintineo de los vasos y la voz de Carrie Underwood que salía del tocadiscos.

Habría sido mucho más fácil escabullirse, pero estos últimos meses le había enseñado que no era la perdedora que creía que era. Era lista, sabía cómo trabajar duro y finalmente tenía un plan, aunque frágil, para su futuro. Así que, a pesar de que estaba empezando a marearse, se obligó a caminar hacia Pete Laraman, que siempre le había dado cinco dólares de propina por los Miky Ways fríos que le llevaba. -¿Puedo tomar prestada tu silla?

Él renunció a su asiente, e incluso le tendió la mano, un gesto que sospechó que estaba más motivado por la curiosidad que por la cortesía. Alguien desenchufó la máquina de discos, y Carrie se cortó a mitad de canción. Ponerse de pie encima de la silla podía no haber sido una buena idea porque le fallaban las rodillas, pero si iba a hacer esto, tenía que hacerlo bien, y para eso era necesario que todo el mundo en la sala fuera capaz de verla.

Ella habló en el silencio. -Sé que todos me odias ahora mismo, y no hay nada que pueda hacer sobre eso.

– Te puedes ir al infierno -, gritó una de las ratas del bar.

Torie se puso de pie. -Cállate, Leroy. Déjala que diga lo que tiene que decir.

Una morena, que Meg reconoció del almuerzo de Francesca como la madre de Hunter Gray, fue la siguiente. -Meg ha dicho suficiente y, ahora, estamos todos jodidos.

Otra mujer se levantó de la silla. -También nuestros hijos están jodidos. Ya podemos despedirnos de las mejoras de la escuela.

– Al infierno con la escuela -, declaró otra de las ratas del bar. -¿Qué pasa con todos los trabajos que no vamos a tener gracias a ella?

– Gracias a Ted -, agregó su compinche. -Confiamos en él y mira lo que pasó.

El oscuro murmullo que suscitó el nombre de Ted le dijo a Meg lo que tenía que hacer. Lady Emma se levantó para defender a su alcalde sólo para que Kenny tirara de ella y la volviera a sentar. Meg observó a la multitud. -Eso es por lo que estoy aquí -, dijo ella. -Para hablar de Ted.