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– No hay nada que puedas decir de él que ya no sepamos -, declaró la primera rata con una sonrisa burlona.

– ¿Eso crees? -Meg respondió. -Bueno, ¿qué te parece esto? Ted Beaudine no es perfecto.

– Estate segura que ahora lo sabemos -, gritó su amigo, mirando alrededor para comprobar que no estaba por allí.

– Deberíais haberlo sabido todo el tiempo -, contestó, -pero siempre lo habéis mantenido en un altar por encima de vosotros. Es tan bueno en todo lo que hace que no tuviste en cuenta el hecho que es un ser humano como el resto de nosotros, y no siempre puede hacer milagros.

– ¡Nada de esto habría ocurrido si no fuera por ti! -alguien dijo desde la parte de atrás.

– Eso es cierto -, dijo Meg. -¡Estúpidos campesinos! ¿No lo pilláis? Desde el momento que Lucy se fue de su lado, Ted no tuvo ninguna oportunidad -. Se permitió deprimirse durante unos segundos. -Vi la oportunidad y me fui a vivir con él. Desde el principio lo tenía comiendo de la palma de mi mano -. Intentó duplicar la sonrisa burlona de la rata del bar. -Ninguno de vosotros pensaba que una mujer pudiera controlar a Ted, pero yo me codeo con estrellas de cine y roqueros, así que creedme, él ha sido fácil. Luego, cuando el juego se volvió aburrido, lo dejé. No está acostumbrado, y se volvió un poco loco. Así que culparme todo lo queráis. Pero no os atreváis a echarle la culpa a él porque no se merece vuestra mierda -. Sintió que su arrogancia se diluía. -Es uno de los vuestros. Lo mejor que tenéis. Y si no se lo hacéis saber, merecéis lo que tenéis.

Sus piernas habían empezado a temblar tanto que apenas pudo bajar de la silla. No miró alrededor, no buscó a Torie o al resto de los Traveler, para decir adiós a los únicos que realmente le importaban. En su lugar, echó a correr a ciegas hasta la puerta.

Su última vista del pueblo, que amaba y odiaba a la vez, fue un vista lejana del río Pedernales y una señal en el retrovisor.

ESTÁS SALIENDO DE WYNETTE, TEXAS

Theodore Beaudine, Alcalde

Se permitió llorar, sollozos sacudían su cuerpo y lágrimas que nublaban su visión. Tenía pesar porque tenía roto el corazón y porque, una vez que este viaje hubiera terminado, nunca iba a volver a llorar.

CAPÍTULO 22

Una nube negra había cubierto Wynette. Una tormenta tropical llegaba del Golfo inundando los ríos y sobrepasando el puente de la carretera Comanche. La temporada de gripe empezó muy pronto y todos los niños se pusieron enfermos. Un incendio en la cocina provocó el cierre del Roustabout durante tres semanas y dos camiones de la basura del pueblo se averiaron el mismo día. Mientras todavía estaban recuperándose de todas esas cosas, Kenny Traveler tuvo problemas con su drive en el hoyo dieciocho del Whistling Straits y no pasó el corte para el campeonato de la PGA. Lo peor de todo fue que Ted Beaudine dimitió como alcalde. Justo cuando más lo necesitaban, él dimitió. Una semana estaba en Denver, la siguiente en Alburquerque. Yendo por todas las ciudades del país que lo necesitaban en lugar de quedarse en Wynette, el pueblo al que pertenecía.

Nadie era feliz. Antes de que Haley Kittle se fuera a su primer año a la U.T., envió un correo electrónico a todo el mundo con un relato detallado de lo que había visto el día que Spencer Skipjacks amenazó a Meg Koranda en el estanque de detrás de la antigua iglesia luterana. Una vez que todo el mundo supo la verdad sobre lo que había ocurrido, no podían culpar a Ted por haber pegado a Spence. Claro que deseaban que no hubiera ocurrido, pero Ted no podía darle la espalda a los insultos que Spence había lanzado. Una persona tras otra intentaron explicárselo las pocas veces que volvió al pueblo, sólo consiguiendo que él asintiera y se subiera a un avión al día siguiente.

Finalmente el Roustabout reabrió, pero incluso aunque Ted estaba por allí, no fue. En lugar de eso, un par de personas lo vieron en el Cracker John's, un miserable bar en la frontera del condado.

– Se ha divorciado de nosotros -, se quejó Kayla a Zoey. -Se ha divorciado de todo el pueblo.

– Es nuestra condenada culpa -, dijo Torie. -Esperamos demasiado de él.

Varias voces bien informadas había dicho que Spence y Sunny habían regresado a Indianápolis, dónde Sunny se había refugiado en el trabajo y Spence había contraído un herpes zoster. Para sorpresa de todos, Spence había roto las negociaciones con San Antonio. Se decía, que después de haber sido cortejado tan bien por la gente de Wynette, había perdido interés en ser un pez pequeño en un estanque grande, había renunciado a sus planes de construir un resort de golf.

Con toda la conmoción, la gente casi había olvidado lo de la subasta Gana un Fin de Semana con Ted Beaudine hasta que el comité de la reconstrucción de la biblioteca le recordó a todo el mundo que el plazo se cerraba la medianoche del 30 de septiembre. Esa noche, el comité se reunió en la oficina del primer piso de la casa de Kayla para conmemorar la ocasión, así como para reconocerle a Kayla la forma en que había seguido encargándose de la subasta después de que su padre le cortara el grifo.

– No podríamos haber hecho esto sin ti -, dijo Zoey desde el sofá Hepplewhite de enfrente del escritorio de Kayla. -Si al final la librería reabre, pondremos una placa en tu honor.

Kayla recientemente había redecorada su oficina poniendo papel de pared Liberty y muebles neoclásicos, pero Torie eligió sentarse en el suelo. -Zoey quería colgar la placa en la sección de los niños -, dijo ella, -pero votamos para ponerla en las estanterías de moda. Nos imaginamos que era donde pasarás más tiempo.

Las otras le lanzaron una mirada acusadora por recordarle a Kayla que estaría leyendo sobre moda en lugar de tener la boutique que siempre había soñado tener. Torie no lo había hecho adrede, así que se levantó para rellenar el mojito de Kayla y admirar su piel después de haberse hecho la exfoliación química.

– Falta un minuto para la media noche -, dijo con falso entusiasmo Shelby.

El suspense real había acabado hace un mes cuando Sunny Skipjacks había dejado de apostar. Durante las dos últimas semanas, el mayor postor, con cuatro mil quinientos dólares, había sido una estrella de un reality de la TV de la que sólo habían oído hablar los adolescentes. El comité hizo que Lady Emma le dijera a Ted que parecía que iba a tener que pasar un fin de semana en San Francisco con una ex striper que se había especializado en levantar las cartas del tarot con el trasero. Ted apenas había asentido y había dicho que debía tener un excelente control muscular, pero Lady Emma dijo que sus ojos estaban vacíos y que nunca lo había visto tan triste.

– Hagamos la cuenta atrás, igual que en Año Nuevo -, dijo Zoey brillantemente.

Y así lo hicieron. Observando la pantalla del ordenador. Haciendo la cuenta atrás. Exactamente a media noche, Kayla pulsó el botón de actualización y todas empezaron a decir el nombre de la ganadora, sólo para quedarse mudas cuando vieron que no era la estriper con un talentoso trasero, pero…

– ¿Meg Koranda? -Dijeron en un colectivo grito y luego comenzaron a hablar todas a la vez.

– ¿Meg ganó la subasta?

– Vuelve a pulsar el botón, Kayla. Esto no puede estar bien.

– ¿Meg? ¿Cómo puede ser Meg?

Pero era Meg y ellas no podrían estar más sorprendidas.

Estuvieron hablando durante una hora, intentando averiguar algo. Cada una de ellas la echaba de menos. Shelby siempre había admirado la forma en que Meg podía anticipar lo que las golfistas querían beber un día en particular. Kayla echaba de menos las prolíficas joyas que Meg le había vendido, al igual que el extravagante sentido de la moda de Meg y el hecho de que nadie tocaba la ropa que Torie le daba. Zoey echaba de menos el sentido del humor de Meg al igual que los rumores que generaba. Torie y Lady Emma simplemente la echaban de menos.