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Rio sintió el familiar dolor, la angustia subiendo como sucedía siempre que pensaba en ese día. Se frotó las sienes, que de repente le latían.

– Amaba el agua. Somos tan parecidos. Todos los problemas del día desaparecen cuando tomamos la forma del leopardo. Supongo que es una forma de escapar, correr a lo largo de las ramas y jugar en el río. Nuestra gente ama el agua y todos somos buenos nadadores. Salió sola esa noche porque yo estaba trabajando en casa.

– ¿Dónde estaba tu padre?

– Había muerto unos años antes. Estábamos solo nosotros dos. Estaba acostumbrada a estar sola. Yo estuve yendo y viniendo durante unos cuantos años, recibiendo una educación, así que ninguno le dio mucha importancia. Primero oí el aviso, los animales, el viento. Ya lo has oído, sabes de lo que hablo. Inmediatamente supe que era un intruso. Un Humano, no uno de los nuestros. Pocas personas se adentran tanto hacia el interior, salvo que sean miembros de tribus. Por los animales pude sentir que era alguien diferente, alguien peligroso para nosotros.

Rachael apoyó su pierna en el suelo, necesitando estirarla. Rio la ayudó inmediatamente, sus manos gentiles al bajar cuidadosamente su pie de la cama. Para asombro de Rachael, sus manos temblaban.

– Gracias, así estoy mejor. Lo siento, continúa por favor.

Rio se encogió de hombros.

– Corrí tras ella, pero era demasiado tarde. Oí el tiro. Por la noche el sonido llega a una gran distancia. Cuando la alcancé, ya estaba muerta y despellejada. Se había llevado su piel y a ella la había dejado en la tierra como tanta otra basura -Rio cerró los ojos, pero la memoria estaba allí. Los insectos y la carroña ya se habían acercado. Nunca olvidaría esa imagen mientras viviera- No podemos correr riesgos con los cuerpos. Los quemamos y dispersamos los restos bastante lejos. Hice lo que tenía que hacer, pero todo el rato podía sentir la rabia negra en mi interior convirtiéndose en hielo frío. Supe lo que iba a hacer. Lo planeé cuidadosamente mientras me ocupaba de ella. No podía soportar pensar en lo que estaba haciendo, quemando su cuerpo, así que fui planeando cada paso mientras trabajaba.

– Rio, era tu madre, ¿qué esperabas sentir? -preguntó Rachael con suavidad.

– Pena. No locura. No mató a una mujer, mató a un animal. Es aceptable en sociedad. No es legal, pero sigue siendo aceptable. No mató deliberadamente a un ser humano y en cierto sentido, no lo hizo. Nos enseñan que pueden ocurrir errores y tenemos que estar preparados para ellos. Cada vez que tomamos nuestra forma alternativa, estamos corriendo un riesgo al correr libremente. Ya sabía que los cazadores furtivos a menudo entran en nuestro territorio. Es algo que me enseñaron. También a mi madre. Se arriesgó, al igual que lo hago yo casi cada noche. Fue su decisión y su riesgo. Es lo que nos enseñan los ancianos, y tienen razón. No podemos mirarlo como si fuese un asesinato. Nos enseñan a verlo como un accidente.

– No creo que sea enteramente posible, Rio. Admirable quizá, pero no muy probable cuando está involucrada tu familia.

Tocó su boca. Esa boca hermosa y tentadora, tan preparada para defenderlo. Aquellos años atrás nadie lo había defendido. Había sido impetuoso, dejándose llevar por la cólera. Su única arma había sido el desafío.

– No creo en el ojo por ojo -Bajó la mirada hacia sus manos- Ni siquiera entonces. Sé que el asesinato no hizo nada. No me la devolvió. No hizo que me sintiese mejor. Ciertamente cambió mi vida, pero aún así no me arrepiento de que esté muerto. ¿Desearía no haberlo hecho? Sí. ¿Lo haría otra vez? No sé. Probablemente. Era como una enfermedad dentro de mí, Rachael, un agujero que me quemaba la tripa. Lo rastreé y encontré su campamento de caza. La piel de mi madre colgaba en una pared para secarse. Había sangre, su sangre, en las ropas del hombre. Aprendí cómo odiar. Te juro que nunca sentí una emoción igual. Estaba bebiendo, celebrando. No le di ninguna oportunidad. No le dije nada, ni siquiera le expliqué la razón -Rio levantó la vista hasta encontrar los ojos de Rachael, queriendo que ella supiese la verdad sobre lo que era. Lo que había hecho.

– Creo que tenía miedo a decírselo, miedo de ver remordimiento o que se lamentara. Lo quería ver muerto y simplemente le desgarré la garganta. La piel de mi madre colgaba en la pared detrás de él.

La bilis subió por su garganta, como había sucedido todos esos años antes. Había estado físicamente enfermo, continuamente, y aún así había bajado la piel de la pared y la había quemado como le habían enseñado, antes de volver con los ancianos para contarles lo que había hecho.

– Te condenas por ir tras el hombre que mató a tu madre, y con todo te ganas la vida sacando a la gente de situaciones peligrosas, usando tus habilidades de tirador para liberarlos.

– No es lo mismo que defender mi vida o la de algún otro, Rachael -dijo- Si me envían para traer a alguien a casa, de nuevo a su familia, creo que cualquiera en el alcance de mi rifle se puso allí secuestrando y amenazando la vida de otra persona. Al final, no es lo mismo.

Rachael se cambió de posición, inclinándose para rodear su cuello con sus brazos, en un esfuerzo por consolarlo. Algo pasó zumbando por su oreja con rapidez, chocando contra la pared con un ruido sordo y enviando astillas en todas direcciones.

CAPÍTULO 10

Rio reaccionó inmediatamente, rodeándola con sus brazos y arrastrándola al suelo, cubriendo el cuerpo de Rachael con el suyo. El movimiento sacudió su pierna, enviando dolor a lo largo del muslo y a través del estómago, dándole ganas de gritar. Fue entonces cuando escuchó el estruendo de un rifle lejano que los alcanzaba. Inmediatamente una ráfaga de balas acribillaron el cuarto, destrozando la pared y cubriendo todo con astillas de madera. Rachael se metió la mano buena en la boca para evitar gritar. Su pierna escocía y palpitaba. Sentía como si se le acabase de abrir, pero con el peso de Rio encima de su cuerpo, no podía moverse.

– Quédate tumbada -siseó- Lo digo en serio, totalmente aplastada contra el piso, Rachael. No te muevas, por ninguna razón- Sus manos se movían sobre ella, examinando los daños- ¿No te alcanzó verdad? Dímelo -Estaba temblando de rabia. Rotó como una chimenea, oscura, retorcida y feroz. Las balas no estaban dirigidas a él, el francotirador había ido a por Rachael. No había luces encendidas en la casa y la manta estaba sobre la ventana. La única luz era la de la vela, pero había sido suficiente para que el francotirador apuntase. Esto le dijo a Rio que se trataba de un profesional.

– Es solo mi pierna, Rio -Rachael hizo lo posible por parecer calmada. El hecho de gritar no la ayudaría con el dolor y el peso de Rio la tenía aplastada como una crepe contra el piso- De esta forma no puedo respirar muy bien.

Fritz había estado debajo de la cama. Con las balas pasando tan cerca emergió, gruñendo y escupiendo. Rachael arriesgó su piel al coger al gato para evitar que se expusiese al fuego. La cabeza del gato giró, sus dientes como sables precipitándose hacia ella. Rio fue más rápido, sujetando el animal y siseando una orden. Fritz se tranquilizó y se tumbó al lado de Rachael.

– Canalla desagradecido -dijo ella agradablemente. Rio ignoró su comentario, deslizando su mano por la cama hasta encontrar el arma. Automáticamente comprobó la carga.

– El cargador está lleno y hay otro en la recámara -Le puso el arma en la mano- Permanece tumbada y detrás de la cama -Se dio la vuelta, encontró sus pantalones vaqueros y se los puso.

Rio impulsó su cuerpo hacia delante con los codos, permaneciendo estirado sobre el suelo mientras recorría la habitación para acceder a las armas. Cuidadosamente levantó la mano para tirar las armas hacia él. En ese momento las balas perforaron la pared que tenía detrás. Se dio la vuelta, colocando un cuchillo en su pierna.