Выбрать главу

Y, cómo no, existía también la posibilidad de que Rosen sinceramente tuviese la intención de dejarle marchar, pero ésa era una perspectiva en la que prefería no depositar demasiadas esperanzas.

– Será trasladado a Israel y liberado -continuó Rosen-. Estoy convencido de que desde allí podrá regresar a Babilonia por sus propios medios.

– ¿Por qué no puedo irme ya? -insistió Decker.

– Son las cuatro de la tarde pasadas del viernes -contestó Rosen-. No hay tiempo suficiente para que alguien le lleve hasta Israel antes de la puesta de sol y el comienzo del sabbat.

Eso era cierto, los judíos devotos no viajan en sabbat. La respuesta de Rosen era lo suficientemente plausible como para ser la auténtica razón o también una mentira bien pensada.

– Entonces, ¿qué se supone que he de hacer? ¿Sentarme aquí a esperar? -refunfuñó Decker.

– Es usted libre de ir a donde quiera en Petra.

– ¿Y si decido ir algo más lejos? -preguntó Decker reflexivo, para al instante arrepentirse de haber formulado una pregunta tan estúpida. Petra estaba en medio del desierto. ¿Adónde iba a ir si no?

Ya fuera por el gesto azorado de Decker o por sus dotes telepáticas, Rosen no contestó.

– Sólo una cosa más -dijo en su lugar-. En todo este tiempo, señor Hawthorne, usted ha conseguido de una manera u otra evitar la comunión y la marca. No sé si podrá seguir haciéndolo, pero si así fuere, y si cree que existe la más remota posibilidad de que yo pudiera estar diciéndole la verdad, entonces le pido que haga cuanto esté en su mano para no recibir la comunión ni la marca.

– Lo tendré en cuenta -dijo Decker con obvia insinceridad. Pero lo que Rosen decía le había animado. Tal vez fuera una señal de que, efectivamente, pretendía dejarle marchar. ¿Por qué si no molestarse en pedirle que no recibiera la comunión ni la marca?

– Ahora debo irme -dijo Rosen-. Le ruego que piense en lo que le he dicho y en lo que el Espíritu de Dios le está diciendo incluso en este momento, y que la próxima vez que nos reunamos sea como hermanos y herederos del reino del Mesías.

– Sí, ya, claro -refunfuñó Decker sin pasársele por alto, no obstante, que Rosen había vuelto a referirse a algo que requería que él viviera más tiempo.

Rosen suspiró y abandonó la habitación, dejando la puerta abierta tras de sí.

10

DONAFIN

Decker permaneció sentado, en silencio, unos minutos, dudando sobre qué pasaría a continuación. Como no pasaba nada, se levantó y miró por la ventana. Los guardas que habían estado apostados en el exterior ya no estaban allí. Se quedó un rato mirando, a la espera. No había ningún sitio adonde ir excepto Petra, así que ¿para qué? Después de todo, aunque más grande que aquella en la que había pasado los tres últimos días, Petra seguía siendo una jaula. Permaneciera o no en la cabaña, el riesgo era el mismo. Lo que fuera que los KDP tenían pensado para él, iban a hacerlo saliera o no. Así que decidió salir. Mejor era morir al sol, pensó, aunque no se le ocurría por qué iba a tener que ser así.

Con precaución, Decker salió de la habitación sin otra cosa que lo puesto y la bolsa de cuero con la Biblia de Elizabeth en su interior. Para su sorpresa, tampoco halló ni rastro del carcelero. En un instante su mente retrocedió al día de su huida del Líbano, cuando sus guardas se esfumaron como por arte de magia. La situación actual, sin embargo, no tenía nada de misteriosa; Rosen le había dicho que podía marcharse. Aun así, el sentimiento de déjà vu seguía siendo muy fuerte.

En un primer momento, Decker se quedó cerca de la cabaña, pero la propensión a hacerlo se esfumó rápidamente y decidió que lo más seguro sería perderse entre la gente y los alrededores. Sabía que cualquier intento de burlar a Rosen y el KDP era inútil; no había forma de escapar de aquella isla en el desierto. ¿Y si Rosen le decía la verdad y honestamente tenía la intención de que alguien le llevara a Israel el domingo? Si así era, entonces tendría que quedarse en un lugar donde Rosen pudiera encontrarle. Con todo, era una idea que no acababa de convencerle para echar a andar. Pasó casi tres cuartos de hora andando de aquí para allá, sin rumbo fijo, merodeando entre las tiendas de campaña y sus apiñados habitantes. Todos los que se encontraba por el camino le saludaban con un tradicional sabbat salom, que significa «paz del sabbat». Pero Decker no podía estar en paz; sólo quería despistar a quien pudiera estar siguiéndole.

Por fin, aminoró el paso. No tuvo más remedio, estaba demasiado cansado para continuar. Sólo entonces dejó que su mente empezara a fijarse en la belleza de las maravillas naturales y humanas que le rodeaban. Decker hizo un alto para descansar, se sentó en una de las piedras excavadas de una construcción de dos milenios de antigüedad e inspeccionó los alrededores. Desde donde se encontraba, los arqueólogos la llamaban la Casa Romana, podía abarcar casi todo Petra. Al oeste, el sol estaba suspendido justo encima de la escarpada montaña de roca rojiza que circundaba la ciudad. En otras circunstancias, es probable que se hubiese entretenido estudiando la arqueología y arquitectura de esta antigua, y ahora ajetreada, metrópoli. Pero ahora algo muy diferente atrajo su atención: un niño pequeño, de unos diez u once años. Ya le había visto antes. La primera vez había sido justo después de salir de la cabaña. Hizo memoria y le pareció que era posible que lo hubiera visto de nuevo algo después. En ambas ocasiones se diría que el niño no estaba más que paseando, pero allí estaba de nuevo. Decker había dado demasiadas vueltas para que se tratara de una mera coincidencia. Aquel niño le estaba siguiendo, no podía ser de otra manera. La idea de que Rosen hubiese podido reclutar a un espía tan joven le resultó repugnante.

Decker hizo como que no había visto al niño y examinó los alrededores en busca de una vía de escape que le permitiese dar esquinazo a su molesto acompañante. Huir corriendo quedaba totalmente descartado; Decker era demasiado viejo para ganarle la carrera al niño. Pero ahora que sabía quién era su perseguidor, pensó que podría despistarle entre la gente, las tiendas y los edificios de piedra. Cuando estaba a punto de emprender la marcha, oyó la voz de una mujer. No estaba seguro, pero le pareció que pronunciaba su nombre. Había multitud de personas por allí, todas apiñadas en aquel exilio autoimpuesto, de modo que eran muchas las voces que competían por abrirse paso en sus oídos. Con todo, estaba casi convencido de que la llamada de aquella voz femenina había pronunciado su nombre.

– ¡Decker! -escuchó ahora con toda claridad. No era una voz familiar.

– ¡Decker! -llamó de nuevo la voz.

Entonces, la dueña de la voz apareció a su vista desde detrás de una hilera de tiendas. Estaba seguro de que no la conocía. Y lo que le resultó más extraño fue que no se dirigió hacia él, sino hacia el niño que le había estado siguiendo.

Era obvio que la mujer y el niño se conocían. Después de intercambiar unas palabras, los dos miraron hacia Decker, que los observaba atentamente. Decker no pudo disimular el contacto visual, y la mujer, convencida al parecer de que era necesario ofrecer una explicación, se acercó con el niño a la zaga hasta donde Decker estaba sentado.

– ¿Es usted Decker Hawthorne? -preguntó la mujer.

Decker no encontró razón alguna para negarlo.

– Sí -contestó.

– No sabe cuánto lo siento, señor Hawthorne -dijo la mujer-. Me temo que mi hijo ha estado siguiéndole. No pretendía nada malo.