Decker quería preguntarle por qué razón había estado su hijo siguiéndole, pero había algo aún más asombroso que deseaba saber.
– ¿He oído bien? ¿Le ha llamado usted Decker al niño?
– Sí -repuso la mujer-. Supongo que debo presentarme. Soy Rhoda Donafin. Tom Donafin era mi marido. -Decker se quedó boquiabierto, incapaz de formular palabra. Pero todavía había algo más-. Y éste es mi hijo pequeño, Decker. Tom le puso el nombre por usted.
Decker se sintió como si le hubiese golpeado una pared de agua fría, arrojándole hacia una dimensión desconocida. Aquí estaba la prueba de un pasado del que sí que había formado parte, de ahí el niño nombrado en su honor, y que, no obstante, le era totalmente desconocida, salvo por el hecho de que Tom le hubiese contado antes de morir que estaba casado y tenía hijos.
– Decker lleva preguntando por usted desde que nos enteramos de que estaba en Petra -dijo Rhoda refiriéndose a su hijo-. El niño tenía muchas ganas de conocerle.
– ¿Cómo sabía que estaba aquí? -preguntó Decker, haciendo un gran esfuerzo por salir de su asombro.
– Mi hermano, Joel Felsberg, y Scott Rosen son buenos amigos -contestó ella-. Y aparte -añadió-, es que soy médico. Scott vino a verme el otro día. Al parecer se había dado un golpe en el ojo contra una puerta o algo así.
Decker no estaba seguro de si bromeaba o de si, delante del niño, quería evitar comentar que el golpe de Scott Rosen era producto de haber topado con el puño de Decker.
Rhoda Donafin miró hacia el extremo oeste de la ciudad, donde el sol no tardaría en ponerse.
– Es casi sabbat -dijo-. Para mis hijos y para mí sería un honor que nos acompañara a cenar.
– Bueno… yo… -farfulló Decker. Estaba ocurriendo todo tan deprisa. Le incomodaba un poco abusar de la hospitalidad de alguien a quien acababa de conocer, pero eran tantas las preguntas que tenía que hacerle a aquella mujer-. Gracias -dijo por fin-. Será un placer.
Rhoda Donafin sonrió, aunque su sonrisa no fue ni la mitad de amplia que la del pequeño Decker Donafin.
La tienda de los Donafin estaba a poco más de quinientos metros de donde se habían encontrado, de modo que no hubo demasiado tiempo para hablar, pero una vez asimilada la sorpresa inicial de conocer a la mujer y el hijo de Tom Donafin, Decker se fijó en lo joven que parecía Rhoda.
– Es usted, bueno… -Decker dudó un instante porque, a pesar de todos los cambios que habían sufrido las convenciones sociales a lo largo de su vida, todavía seguía siendo tabú referirse a la edad de una mujer-… bastante más joven que Tom -dijo, por fin.
– Tengo cincuenta y cinco años -contestó ella sin timidez-. Me llevaba diecisiete años. Tom tenía sesenta y un años y yo cuarenta y cuatro cuando nació Decker. Fue una sorpresa para ambos. -Rhoda pasó la mano cariñosamente por el pelo de su hijo.
Decker repasó mentalmente un millar de preguntas. Le pareció que las que más ganas tenía de formular iban a requerir una respuesta demasiado extensa como para poder tratarlas a fondo antes de llegar a la tienda, que Rhoda le aseguró estaba un poco más adelante, y el resto se le antojaban nimias y muy inapropiadas dadas las circunstancias. Ante la disyuntiva, Decker guardó un incómodo silencio, esperando que Rhoda le ofreciera voluntariamente las respuestas a sus calladas preguntas. Pero Rhoda no le complació.
La tienda de los Donafin era como tantas otras, lisa, gris, de algo menos de cuatro metros cuadrados, con un toldo delante bajo el cual la familia cocinaba y se sentaba a comer. Allí, atareada con la cena del sabbat, había una joven que les sonrió cuando los vio aproximarse.
– Señor Hawthorne, ésta es Rachael -dijo Rhoda dándole un abrazo a su hija. Rachael era una chica guapa, se diría que no una gran belleza, pero con unos rasgos muy marcados que combinaban lo mejor de sus padres.
– Rachael, éste es un viejo amigo de tu padre, el señor Decker Hawthorne.
La joven era muy educada y saludó a Decker con mucho interés, aunque en parte podía deberse solamente al deseo de distraerse de sus tareas y de la olla de maná que hervía sobre el camping gas, a todas luces objeto de primera necesidad para todos los residentes de la ciudad.
– Rachael es la mediana -continuó Rhoda-. Tiene dieciséis años.
– Y éste es Tom Jr. -dijo Rhoda, cuando su hijo mayor salió de la tienda con un par de candelabros en la mano. Tom Donafin Jr. guardaba un gran parecido con su padre cuando Decker lo conoció por primera vez, con la notable excepción de la frente sobresaliente que tenía Tom Sr., resultado del accidente de coche que había sufrido de niño y en el que había muerto el resto de su familia.
– Tom, te presento al señor Decker Hawthorne.
Tom asintió haciendo ver que reconocía el nombre, al tiempo que estrechaba la mano de Decker.
– Así que Scott Rosen por fin le ha dejado libre -dijo.
– Bueno, eso está por ver -contestó Decker-. Por lo pronto sigo aquí.
– Yo no me preocuparía por eso. Si está fuera, es que es para siempre.
El comentario sonó como si Tom tuviese experiencia en el asunto. Decker necesitaba saberlo.
– ¿Así que Rosen hace esto a menudo? -preguntó.
– No. Usted es el único -contestó Tom con un extraño tono de voz, como queriendo decir que Decker debía considerar la excepción como una especie de honor.
– Tom tiene dieciocho años -dijo Rhoda, para terminar con las presentaciones.
La cena estuvo lista enseguida y compartieron una comida tradicional de sabbat, con Tom ocupando el puesto de su padre en la mesa. Decker sintió que por fin disponía del marco adecuado para formular sus preguntas. Quería saber qué había pasado durante los veintiún años transcurridos entre la fecha en que Tom había sido dado por muerto y el día que hizo su reaparición. Delante de sus hijos, Decker se cuidó mucho de omitir cualquier mención a la muerte de su padre o de formular cualquier pregunta que hiciese referencia a ella. Esas preguntas podía reservarlas para hacérselas a Rhoda en privado. Lo que quería era desvelar en quién se había convertido Tom Donafin a lo largo de todos esos años.
Pero al final no fue Decker Hawthorne quien formuló la mayor parte de las preguntas, sino Decker Donafin; de modo que, sin darse cuenta, Decker adulto se pasó casi toda la cena contando historias. No sabía si es que los sucesos que contaba habían sido en realidad tan interesantes y divertidos como ahora lo parecían, o si lo eran simplemente por la capacidad que el viejo reportero tenía de narrar una historia. El caso es que era una auténtica delicia recordar, y aún más leer en los rostros de la mujer y los hijos de Tom el interés que despertaban sus anécdotas.
Después de cenar se les unieron algunos vecinos, que habían escuchado desde sus tiendas las historias de Decker y la risa de los Donafin, y deseaban escuchar más. Al principio sólo se acercaron un puñado de niños, pero el número empezó a crecer cuando los padres de los pequeños comenzaron a acercarse para conocer a aquel peculiar visitante. Mientras hablaba al que ya era un grupo de más de veinte personas, Decker cayó en la cuenta de cuán irónico era que él, el más íntimo amigo de Christopher Goodman -el hombre al que esta gente consideraba su peor enemigo-, estuviese contándoles simpáticas anécdotas sobre las experiencias que había compartido con el hombre que luego se convirtió en el asesino de Christopher Goodman.
A medida que se fue haciendo más tarde y se pasó la hora de acostarse de Decker Donafin, Decker y los Donafin entraron en la tienda, donde la conversación se prolongó hora y media más. Tom y Rachael Donafin se quedaron dormidos poco antes de las diez. El pequeño Decker aguantó media hora más, aunque era más que dudoso que se estuviera enterando mucho de la conversación. Por fin, con todos dormidos salvo Rhoda, a quien empezaban a cerrársele los ojos, Decker sugirió que volvieran a salir fuera. Todavía había unas cuantas cosas sobre las que quería hablar, y le pareció que sería mejor mantener la conversación lejos de los niños.