Decker meneó la cabeza.
– Despídete de Decker de mi parte.
– Es probable que tenga oportunidad de hacerlo personalmente. Es muy madrugador. Y supongo que querrá verle antes de que se vaya.
Decker asintió.
– Me encantaría.
Esa noche, Decker permaneció despierto repasando los sucesos de los últimos días. Ya no se preocupaba en pensar si algún día saldría vivo de Petra para regresar a Babilonia. Algo le decía que así iba a ser. Ahora sus pensamientos se centraban en el joven Decker, en Rhoda, y en el resto de la familia Donafin. Pensó también en el resto de habitantes de Petra, que yacían apretados, acurrucados unos contra otros, con aquel temor confuso y mal fundado a lo que creían estaba ocurriendo en el mundo exterior. Durante el tiempo en que no los consideraba nada más que meros seguidores del KDP, había podido ignorar el hecho de que eran personas. Pero ahora que los había visto cara a cara, que había hablado con ellos, sintió que empezaba a comprenderles. Le avergonzó que hubiese hecho falta que le secuestraran para darse cuenta. Incluso Scott Rosen, con todos sus fallos, se limitaba a hacer lo que creía que era lo mejor. Aunque sin saber muy bien cómo, Decker estaba decidido a encontrar la forma de llegar hasta ellos, de hacerles saber que Christopher no era su enemigo y que lo que había prometido al mundo no era motivo de temor, sino más bien de alegría.
Mientras volaban a Jerusalén después de su resurrección, Christopher había dicho que el papel de Decker en su proyecto era el de trasladar su mensaje a quienes no estaban familiarizados con los conceptos de la Nueva Era, y Decker había cumplido bien con su función hasta el momento. Pero de ello hacía más de tres años y el trabajo estaba casi completado. El mensaje de Christopher sobre la evolución de la Humanidad ya era conocido en todo el planeta. La mayoría de sus habitantes había experimentado alguna clase de poder clarividente, telepático, telequinésico o sanador, y el ochenta y siete por ciento de la población ya había recibido la comunión y la marca. Ahora que recapacitaba sobre ello, se le ocurrió a Decker que, en efecto, se había hecho a sí mismo prescindible.
Pero ahora tenía una nueva misión, un nuevo trabajo que hacer; convencer incluso a quienes se oponían a Christopher. E, irónicamente, era Scott Rosen quien le había proporcionado a Decker los medios para que esa conversión fuera posible. Rosen le había hablado de las calamidades que pronto asolarían la Tierra, y tanto Rosen como Rhoda le habían expresado su convencimiento de que Christopher respondería a ellos reuniendo un ejército para marchar sobre Petra. En buena parte se trataba de una profecía que acarreaba su propio cumplimiento. Enfrentado a una nueva devastación, Christopher se vería obligado a responder a los agentes de Yahvé que la hubiesen precipitado. Si Decker conseguía alterar los sucesos anunciados por el KDP, haciendo que Christopher no marchase sobre Petra, entonces el KDP y sus seguidores tendrían que admitir que se habían equivocado. Y esa equivocación podía significar que se equivocaban también en otros asuntos. La infalibilidad de la que presumía el KDP hacía que el dominio que ejercía sobre sus seguidores fuese a la vez férreo y débil. Como un castillo de naipes, sólo hacía falta retirar una carta, hacer que una de sus profecías fallara, para que toda la estructura se viniese abajo.
Aun cuando todo lo demás fuese verdad, aun cuando todas las calamidades que anunciaban de verdad azotasen la Tierra, todavía era posible cambiar las cosas. En lugar de reunir un ejército para marchar sobre Petra en son de guerra, Christopher podía enviar una comitiva de paz o podía incluso no hacer nada. De esta forma podía cortocircuitar la profecía, evitar que se hiciera realidad, y demostrar su verdadero talante como hombre de paz y líder benevolente, en lugar de como la bestia demoníaca que el KDP creía que era.
Podía ser incluso que conociendo los planes del KDP, Christopher pudiera tomar las medidas necesarias para limitar los efectos de las plagas que anunciaban.
Scott Rosen había ordenado el secuestro y traslado de Decker a Petra para convencerle de que Christopher era malvado y Yahvé bueno. Mientras daba media vuelta en la cama para irse a dormir, Decker se dio cuenta de que las acciones de Rosen no eran más que un ardid del destino, que, como tantas veces antes, volvía a situar a Decker en el sitio adecuado, en el momento oportuno. No había duda de que la verdadera razón por la que le habían traído a Petra era para que conociera y entendiera a su gente, y así poder dar con la forma de convencerles de la verdad sobre Yahvé y Christopher.
– Señor Hawthorne.
– Señor Hawthorne.
– Despierte, señor Hawthorne, es hora de irse.
Decker abrió los ojos y miró a su alrededor. Al retorcerse para cambiar el peso de lado y poder incorporarse, las cuerdas que le ataban las manos y pies se le deslizaron como un par de guantes y de zapatos demasiado grandes.
– Es hora de irse, señor Hawthorne -oyó que decía de nuevo la voz de un joven.
Decker se frotó los ojos y se volvió hacia el lugar de donde provenía la voz. Ya no estaba en Petra; había regresado al Líbano y volvía a ser un rehén de Hezbolá. En el vano de la puerta abierta de su cuarto había un chico de catorce años. Era Christopher Goodman.
– ¿Christopher? -preguntó Decker totalmente desconcertado ante tan inesperado giro de los acontecimientos.
– Sí, soy yo, señor Hawthorne -respondió Christopher.
– ¿Qué haces tú aquí? -preguntó Decker incrédulo y confuso.
– Es hora de irse, señor Hawthorne. He venido a buscarle -dijo Christopher sin intención de ofrecer más explicaciones.
Christopher salió del cuarto y le hizo una señal para que le siguiera. Decker levantó los cincuenta y dos kilos en los que se había quedado y siguió a Christopher fuera de la habitación en dirección a la puerta principal. A mitad de camino vaciló. Intentó recordar, se olvidaba de algo muy importante, algo que no podía dejar atrás.
– ¡Tom! -exclamó de repente-. ¿Dónde está Tom? -se preguntó recordando al amigo que no había vuelto a ver desde que los trasladaron al Líbano.
Christopher vaciló y luego levantó el brazo lentamente y señaló hacia otra puerta. Decker la abrió con sigilo, atento a cualquier señal que le advirtiera de la presencia de los secuestradores. No había ni rastro de ellos. En el interior, Tom estaba tumbado sobre una alfombrilla idéntica a la que él había usado durante casi tres años para dormir, sentarse, comer… vivir, en definitiva. Tom yacía de cara a la pared. Decker entró y empezó a desatar las cuerdas que ataban los pies de su amigo.
– Tom, despierta. Nos vamos de aquí -le susurró.
Tom se incorporó y miró a su libertador. Durante un instante se quedaron los dos allí quietos, mirándose fijamente a los ojos. Por fin, Decker consiguió desviar la mirada y se puso a desatar las manos de Tom. No se había visto en un espejo durante todo aquel tiempo de cautiverio, y aunque sí podía ver su cuerpo descarnado, no se había vuelto a ver el rostro, allí donde más evidentes eran los efectos del cautiverio. Ahora el rostro de Tom le reveló el estado tan lamentable en el que ambos se encontraban, y fueron tantos el dolor y la compasión que sintió por su amigo que tuvo que apartar la vista para no llorar.
Una vez fuera del piso, Decker y Tom recorrieron el pasillo con cautela desando no ser descubiertos. Christopher, en cambio, marchaba delante de ellos en lo que les pareció una actitud despreocupada y ajena a la gravedad de la situación. Bajaron tres tramos de escaleras, en cuyos escalones se apilaban basura y restos de escayola y de cristales rotos. Seguía sin haber ni rastro de los secuestradores. Al salir al exterior, la brillante luz del sol golpeó el rostro de Decker, que cerró los ojos ante su calidez y resplandor.