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– Señor Hawthorne -dijo Kwalindia-, Jackie Hansen me dejó recado de que la avisara de inmediato si llamaba usted. Dijo que no le colgara el teléfono sin que ella hubiese hablado antes con usted.

Decker pensó a toda velocidad, pero no se le ocurrió nada. Las cosas no estaban saliendo como él las había planeado. La insistencia de Jackie sólo podía significar que Christopher quería hablar con él, y él no estaba preparado ni mucho menos para hacerlo todavía, por lo menos no hasta que tuviera tiempo suficiente para recapacitar detenidamente sobre todo el asunto. Pero tampoco podía negarse a hablar con ella. No había nada que hacer, salvo esperar poder hablar brevemente con Jackie e intentar aparentar que todo iba bien.

– Pásemela -dijo reticente, con una sonrisa forzada.

– Jackie Hansen -contestó una voz un segundo después, antes de exclamar-: ¡Decker! ¿Dónde estabas?

Decker estaba a punto de contestar cuando escuchó otra voz que provenía de fuera del ángulo de visión de la cámara.

– ¿Decker? -dijo la voz. Era Robert Milner-. ¡Déjame hablar con él! -Al momento Milner apareció en la pantalla del monitor-. Decker, ¿dónde has estado? ¿Estás bien? ¡Estábamos a punto de poner en marcha los equipos de búsqueda!

Decker gruñó para sí, pero mantuvo en su rostro una sonriente expresión de inocencia.

– No es nada -contestó-, sólo que decidí que necesitaba unas vacaciones.

A Milner le dejó estupefacto por unos instantes que Decker pudiera trivializar de esa manera su preocupación, no ofreciéndoles ni siquiera una explicación.

– Estoy convencido de que te las mereces -dijo, por fin-, pero es costumbre dejar dicho… aunque sea a alguien de tu oficina, adonde vas y cuándo regresarás.

– Lo siento de veras -dijo, a la vez que intentaba dar con alguna mentira creíble-. Se lo mencioné a Debbie Sánchez antes de irme. Supongo que no le di mayor importancia. Tendría que haber sido más claro. Pero desde luego que no era mi intención que nadie se preocupara por mí.

– Bueno, mientras estés bien -interrumpió Jackie.

– Sí, estoy bien. Espero que Christopher…

– No -repuso Jackie, anticipándose a la pregunta de Decker-. Le pregunté por ti ayer, pensando que a lo mejor te había enviado él a alguna parte con alguna misión; pero no le dije por qué preguntaba ni tampoco le mencioné que nadie sabía dónde estabas. No quería preocuparle antes de enterarme de si de verdad pasaba algo malo. Ya tiene suficientes cosas en la cabeza en este momento.

– Bien, bien -dijo Decker. La expresión de alivio que ahora reflejó su rostro era del todo sincera.

– Entonces, ¿cuándo podemos contar contigo? -preguntó Milner.

– No estoy seguro -contestó Decker. Le hubiese gustado dejar el asunto de su regreso abierto, pero sabía que tenía que darles una respuesta más concreta-. Puede que dentro de una semana -dijo finalmente.

– ¿Dónde vas a estar? -preguntó Jackie.

Decker no quería contestar. Necesitaba tiempo para pensar sin interrupciones, y una vez concluida la conversación, no quería tener que hablarle a nadie del círculo de Christopher durante un tiempo. Pero sería mucho peor recibir una llamada del propio Christopher; Decker estaba convencido de que Christopher se olería enseguida que algo iba mal. Con todo, seguía teniendo que dar una respuesta.

– Estaré en mi casa de Maryland -dijo, por fin-. Os veré a la vuelta -añadió, deseando dar así por terminada la conversación.

– De acuerdo -dijo Jackie, obedeciendo instintivamente a su deseo de cerrar la conversación-. Bueno, pues me alegro de que estés bien.

– Gracias -contestó Decker.

– Diviértete -dijo Milner sin demasiado entusiasmo-. Y la próxima vez que decidas cogerte unos días, asegúrate de que llevas el móvil encima.

– Sí, lo siento -dijo Decker-. Me parece que me lo dejé en el despacho.

Y con su disculpa, Decker concluyó la llamada. «Milner sabe que algo va mal -pensó-. No me ha creído.» Decker repasó atropelladamente cuanto había dicho, en busca de algo que pudiese haberle delatado. Entonces lo recordó: Debbie Sánchez no estaba en la oficina el día antes de que lo secuestraran. Si Milner investigaba un poco, su error seguro que iba a alimentar sus sospechas acerca de que algo no iba nada bien.

Antes de salir del restaurante, Decker hizo aún dos llamadas más; la primera para reservar un billete en el próximo vuelo de la ONU a Estados Unidos, y la otra para avisar a Bert Tolinson, el hombre de la agencia que se encargaba de cuidar de su casa, y pedirle que tuviera la casa lista para una larga estancia.

* * *

Esa misma noche, Decker cogió un vuelo militar de Naciones Unidas de Tel Aviv a Nueva York. Aunque el avión carecía de las comodidades a las que Decker estaba acostumbrado, el vuelo iba de vacío exceptuando la tripulación, de modo que pudo disfrutar de toda la privacidad que quiso. A pesar de intentarlo, no pudo conciliar el sueño. Desde Nueva York cogió un vuelo al aeropuerto nacional Ronald Reagan de Washington. Fue en este segundo tramo del viaje, ya de camino a su casa en Derwood, donde empezó a ocurrírsele algo que no tardaría en descubrir tenía un significado mucho más trascendental del que jamás hubiese imaginado.

Después de echarle una carrera al sol a lo largo de siete zonas horarias, Decker llegó a su casa en Maryland. Entonces, a pesar de todo lo que se le agolpaba en la cabeza y después de visitar la tumba de su familia en el patio de atrás, Decker regresó al interior y se quedó dormido al instante.

Lunes 8 de junio, 4 N.E.

Derwood, Maryland

Decker rodó en la cama hasta quedar boca arriba y dejó que sus ojos se abrieran una raya. Luego, los volvió a cerrar, gruñó y volvió a quedarse dormido. Pasaban siete minutos de las doce del mediodía cuando por fin pudo despertarse del todo. Y lo hizo con un único y clarísimo pensamiento, resultado sin duda de haber sido sometido a varias horas de deliberación por su mente inconsciente. El cuerpo y la mente descansados, y a plena luz del día, con el sonido de los pájaros cantando afuera, le pareció inconcebible que hubiese podido imaginar algo tan terrible sobre Christopher. Por supuesto que había cosas que necesitaban una explicación, pero debió de haberse vuelto loco momentáneamente para llegar a pensar que… Ni siquiera quería recordar lo que había pensado. Era completamente absurdo. Agitó la cabeza incrédulo y con algo más que un poco de bochorno.

Claro que había que tener en cuenta las circunstancias atenuantes que le habían provocado la falta de lucidez a Decker. Después de todo, lo habían secuestrado; y aunque, aparentemente, el KDP no había tenido intención alguna de hacerle daño, él no lo había sabido hasta el final. Había sido una experiencia traumática, y se dio cuenta de lo torpe que había sido al creerse inmune a sus devastadores efectos. Uno de los cuales había sido, sin duda, quedar indefenso ante las sugerencias: las de Scott Rosen y las del sueño.

El despertador junto a la cama marcaba las doce y media de la tarde. Si le añadía ocho horas, significaba que eran las ocho y media de la tarde en Babilonia. Estuvo un rato dándole vueltas a si debía telefonear o coger un avión de regreso. Optó por la segunda alternativa. Pero por el momento iba a levantarse, bajar abajo y prepararse un desayuno. Luego haría una llamada y se enteraría del horario de salida del próximo avión a Babilonia.

Decker abrió las puertas de la nevera y del congelador a la vez. Bert Tolinson había hecho bien su trabajo, allí estaban todos sus platos favoritos. Por un segundo pensó que, después de todo, a lo mejor no regresaba tan pronto. Que de verdad podía tomarse unas vacaciones. Mientras preparaba el desayuno, con el aroma de beicon, gofres y café flotando en el aire, le costó no pensar en días mejores; en los días en que madrugaba y compartía el desayuno con Hope y Louisa antes de salir para el colegio; en los días en que Elizabeth y él iban juntos en coche hasta el aparcamiento junto a la estación de metro. Nada iba a devolverle aquello.