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»Y, sin embargo, incluso cuando aquellos que se nos oponen recurrieron a atroces actos de violencia para que cerrasen las clínicas administradoras de la comunión, respondimos con las medidas justas para evitar que interfirieran con los derechos de otros.

»Hoy, todos cuantos amamos la Humanidad y la libertad conocemos y sentimos la angustia y el dolor que Yahvé inflige en su obsesión por ponernos obstáculos. Lo sabéis por las heridas que soportáis. Y aun así nuestros enemigos continúan reivindicando absurdamente que Yahvé es un dios de amor.

»Conozco vuestro dolor. Aunque yo no soporte las llagas, también he sufrido, e incluso muerto, para precipitar el advenimiento de la Nueva Era para toda la humanidad. Os lo ruego, no permitáis que este malestar temporal para el cuerpo físico, que estos viles ataques a la carne, os desvíen dé vuestra meta espiritual. No permitáis que el KDP o los fundamentalistas o ese dios demoníaco al que sirven nos detengan en nuestro caminar. Nuestra meta es demasiado noble, nuestra meta es demasiado elevada, nuestra ambición demasiado grande como para someternos a nadie, sea hombre o dios.

»Al contrario, llevad vuestras heridas como medallas de honor y desafío, y confiad en lo que os voy a decir: el mal que Yahvé y sus seguidores infligen no quedará sin respuesta. El único dominio que ejerce Yahvé sobre el planeta está en manos de sus confederados, el KDP y los fundamentalistas. Si su determinación se quiebra, lo harán también los últimos vestigios del poder de Yahvé sobre la Tierra.

»Para acabar con ese dominio, el Consejo de Seguridad ha autorizado las siguientes medidas. Primero, queda denegada la libertad de compraventa, bajo pena de arresto, a todo aquel que no haya recibido la marca y la comunión. Segundo, se han emitido órdenes de detención contra los líderes fundamentalistas y del KDP.

»La revocación del derecho de compraventa es una restricción más que justa para quienes por sus propios actos han demostrado su deseo de apartarse del resto de la Humanidad. Puesto que insisten en esa separación, que así sea. Ya veremos cómo salen adelante sin el resto de la sociedad. En cuanto a los líderes fundamentalistas, se les tratará con respeto, y aquellos que juren abandonar su lucha contra la Humanidad serán liberados bajo palabra.

»Hay muchos que dirán que estas medidas no son suficientemente contundentes o que temen que los fundamentalistas y el KDP respondan a ellas invocando plagas aún peores, pero no es nuestro deseo aplicar castigos preventivos. Tan sólo queremos hacer saber que las agresiones contra la Humanidad no quedarán sin respuesta. Confiamos en que esta advertencia haga comprender a quienes nos desean la peor de las suertes que no sólo no puede ser la Humanidad atacada impunemente, sino que además somos justos y compasivos, y que no imponemos castigos peores de lo que la ofensa exige.

»Con todo, a vosotros, nuestros enemigos -el KDP y los fundamentalistas-, a pesar del sufrimiento que habéis descargado sobre la Tierra debido a vuestra ciega obediencia a Yahvé, os tendemos todavía la rama de olivo de la paz. ¡Renunciad a vuestro dios de dolor y sufrimiento y os acogeremos como hermanos y hermanas!

»Pero si esta plaga continuara u otras la siguieran, habéis de saber lo siguiente: estad seguros de que la Humanidad no va a continuar sufriendo vuestra malevolencia para siempre. -Y golpeando ligeramente el puño, para acentuar sus palabras, concluyó-: ¡No permitiremos que ni vosotros ni nadie modifique nuestro rumbo, ni que impida o niegue nuestro destino!»

Decker sintió ganas de aplaudir. Había sido un discurso conmovedor. Christopher había mostrado contundencia, a la vez que un gran comedimiento al no fustigar más duramente a sus opositores. A Decker se le pasó por un momento que, al no haber recibido él la comunión, las restricciones sobre la compraventa también le atañían a él.

Según los registros de la Organización Mundial de la Salud, el ochenta y siete por ciento de la población mundial, que venía a ser algo menos de dos mil quinientos millones de personas, había recibido la comunión y la marca, lo que dejaba aproximadamente a unos trescientos setenta y cinco millones que no lo habían hecho. Después del discurso de Christopher, las encuestas inmediatas revelaron que, de entre aquellos que habían recibido la comunión, el sesenta y cuatro por ciento estaba de acuerdo con que la decisión del Consejo de Seguridad de restringir el derecho de compraventa era justo; el treinta y seis por ciento creía que la medida no era suficientemente dura; y prácticamente nadie dijo que las restricciones fueran demasiado severas. Los resultados obtenidos entre los que no tenían la marca eran muy diferentes: el noventa y tres por ciento no estaba de acuerdo, y de entre el siete por ciento restante que sí que lo aprobaba, casi todos comentaron que iban a tomar la comunión no más tarde de la semana siguiente. Los que desaprobaban la medida argumentaron que lo hacían por varias razones: cerca del 0,5 por ciento dijo que la consideraban una violación de sus derechos civiles; el tres por ciento, probablemente fundamentalistas, dijo que no iban a aceptar la comunión ni la marca por razones religiosas. El noventa y seis y medio restante dijo que no quería la comunión porque no querían arriesgarse a contagiarse con las llagas. No fue sorprendente, por lo tanto, que el índice de popularidad de Christopher, que había caído del noventa y siete al ochenta y cinco por ciento cuando aparecieron las llagas, subiera cinco puntos, y se situara de nuevo en el noventa por ciento.

Domingo 14 de junio, 4 N.E.

Seaside, California

Amos Hill cargó el segundo de dos tubos de metal en su barca de quilla de madera y se fue a arrancar la camioneta. En el interior de los tubos estaban los palangres de ciento cincuenta metros, cada uno con doscientos cincuenta sedales y anzuelos cebados con calamar salado. Lo habitual era que hubiese cargado el doble de palangres, pero las llagas que le cubrían manos y brazos complicaban el manejo de la carnada salada. A pesar de las precauciones, no había podido evitar la picazón de la sal en las lesiones. Habría preferido no tener que trabajar en aquellas circunstancias -la mera idea del contacto de las salpicaduras de agua salada sobre la cara le hacía encogerse-, pero hacía una semana que no salía a pescar y había facturas que pagar.

Mientras conducía hacia el puerto de Monterey, se fijó en lo poco que habían cambiado las cosas desde su última salida. Aquella zona de California estaba creciendo rápidamente, y el propio Monterey se había convertido en una próspera ciudad desde el regreso de los peces. Habían pasado cinco años desde que las olas gigantes y los terremotos destruyeron buena parte de la costa oeste y llenaron el Pacífico con la espesa nube rojiza de óxido que había matado el fitoplancton y acabado con la vida marina de las Américas a China. Ahora, no sólo había peces en la bahía, sino también señales de progreso por todas partes, especialmente en el sector de la construcción. Hasta hacía una semana, Amos Hill había sido testigo del progreso de las obras cada día, viendo cómo se establecían los nuevos cimientos o cómo iban ganando altura las fachadas. Desde la aparición de las lesiones, sin embargo, apenas había gente trabajando y el progreso era ya casi imperceptible. Pero Amos Hill no era el único que había decidido que, con llagas o no, había que seguir ganándose el pan. Por toda la ciudad, las cuadrillas habían vuelto a empezar a cargar sus camiones, preparándose para retomar el trabajo. Otros, aunque no tan madrugadores, habían puesto sus despertadores y no tardarían en levantarse. No había nadie que se encontrase bien para trabajar, pero después de una semana la mayoría no tenía más remedio que intentar regresar a sus respectivos puestos de trabajo. Lo mismo ocurría en el resto del mundo.