Amos Hill echó su barca al agua, arrancó el motor, y se adentró en la bahía, navegando mucho más despacio de lo habitual para minimizar las salpicaduras. Cuando llegó al caladero llevaba cuarenta y cinco minutos de retraso sobre el horario habitual. Mirando a popa y a estribor, localizó los salientes de roca que desde la orilla le servían para determinar su posición, y llevó la barca hasta situarla justo encima del arrecife submarino a partir del cual la bahía de Monterey desciende a las aguas mucho más profundas del Pacífico. Conocía el lugar y sabía que era donde conseguiría la mejor captura de pargo y bacalao. La mayoría de pescadores habría recurrido a un radar de fondo para localizar el arrecife y nunca habrían utilizado palangre, sino redes. Amos Hill pescaba como lo hacía porque era así como le había enseñado su padre, y porque sus mejores clientes eran restaurantes y pescaderos que pagaban algo más del precio habitual por pescado que no se hubiese estropeado en las redes.
Amos echó el ancla y la boya que marcarían el comienzo de la primera serie, y llevó la barca lentamente hacia el norte, dejando caer el palangre tras él. El viento y la marea eran favorables y, por su experiencia, sintió que el palangre estaba cayendo tal y como debía para conseguir una buena captura. Tendida la primera serie, comenzó con la segunda, prácticamente desde el mismo lugar donde terminaba la primera. Tenía la costumbre de avanzar unos cien metros más antes de empezar a tender el segundo palangre, pero la pesca siempre ha sido, en gran parte, un asunto de sensaciones e intuición, y hoy le pareció que era así como debía hacerlo.
Veinte minutos después, se acercó con la barca hasta la primera boya. Era esencial no dejar los anzuelos en el agua demasiado tiempo, para que los peces que habían picado no se convirtiesen a su vez en presa fácil para los depredadores.
Por el peso, Amos Hill supo de inmediato que aquélla iba a ser una buena captura. De cada uno de los tres primeros anzuelos pendía un bacalao de más de tres kilos y medio. El resto eran casi todos pargos de un brillante color dorado anaranjado, con abultadas vejigas natatorias saliéndoles de la boca por haber sido izadas del fondo tan rápidamente. El pescado iba a quedar precioso, expuesto sobre una cama de hielo en alguna pescadería. Prácticamente todos los anzuelos llevaban algo, la mayoría especies comestibles, aunque también había alguna que otra araña de mar, una criatura de color llamativo y cuyo aspecto era tan temible como su veneno. Desde luego que aquélla era, con mucho, la mejor captura que había hecho Amos Hill desde antes de las olas gigantes.
Cuando estaba terminando de recoger el segundo palangre, algo llamó su atención, y levantó la vista hacia las aguas del Pacífico, al oeste. Enrolló el sedal en una cornamusa, hizo una pausa para enjugarse la frente y volvió a mirar hacia el oeste. Algo no iba bien. A media milla de donde estaba y avanzando rápidamente en su dirección, divisó una siniestra expansión de agua oscura. Rápidamente soltó el sedal de la cornamusa y empezó a izar el pescado a la barca lo más rápido que podía.
No le quedaban más que unos cincuenta anzuelos cuando le alcanzó. El mar estaba teñido de rojo oscuro y arrastraba consigo el olor de la muerte. No avanzaba como una marea normal, sino que se extendía a una velocidad impresionante a la que no parecía que afectaran las olas. Como una inmensa nube de sangre, la marea roja pasó bajo la barca y continuó su avance hacia la orilla. A partir de ese momento, cuanto rescató del palangre estaba muerto. Casi sufriendo náuseas por el olor, Amos Hill cortó el sedal de nailon y dejó que el resto del palangre se sumergiera en el mar.
Luego arrancó el motor y descubrió otro atributo de aquel mar rojo: era mucho más espeso que el agua de mar, tanto que obstruyó el sistema de refrigeración del motor, obligándole a apagarlo ante el riesgo de que se quemara.
Con la cala rebosante de pescado, sacó un remo y, de mala gana, empezó a remar, con la esperanza de poder transportar la captura las dos millas y media que le separaban del muelle antes de que se pudriera.
A diferencia de cinco años atrás, cuando la caída del segundo asteroide había teñido de rojo el Pacífico, con partículas de hierro en proceso de oxidación, en esta ocasión el sangriento mar no estuvo confinado a un único océano, sino que llenó todos los océanos del mundo. En el transcurso de veinticuatro horas, todos los mares salados del planeta se habían tornado de color carmesí, y ese mismo día, todas las criaturas marinas, todas y cada una de ellas, murieron. Esta vez Christopher no esperó tanto para responder.
«No puedo expresar -dijo Christopher dirigiéndose a las Naciones Unidas y el mundo entero- el tremendo dolor que siento, y que sé que todos compartimos, ante semejante atrocidad. -La cadencia de sus palabras era lenta y comedida; su rostro era la viva imagen del estremecimiento y la incredulidad. En una esquina de la pantalla, la cadena de televisión mostraba imágenes de criaturas marinas muertas flotando sobre las olas del mar de sangre-. De un solo golpe -continuó Christopher-, Yahvé ha destruido decenas de miles de especies. Una inimaginable variedad de peces, moluscos, grandes ballenas, tortugas, manatíes, nutrias y focas; todas han sido cruelmente exterminadas para satisfacer los infames deseos de Yahvé de aterrorizar y dominar la Tierra. En los acuarios sobreviven un puñado de especies, pero la mayoría ha desaparecido para siempre.
»Ya no cabe duda de que Yahvé y quienes le apoyan están en guerra contra este planeta y sus habitantes. Y lo que Yahvé le ha hecho a los mares, es seguro que se lo haría al resto del planeta si no fuera por la inquebrantable fuerza de voluntad de la Humanidad. Yahvé sabe que no podrá derrotarnos mientras sigamos unidos, así que busca desmoralizarnos y descorazonarnos atacando a las criaturas indefensas de nuestros mares.
»La visión de tan perverso despliegue de muerte y destrucción podría llevarle a uno a pensar que quienes han jurado fidelidad a este dios autoproclamado serían capaces ya de verle como lo que es en realidad. Y aun así, por lo que sabemos de sus propias confesiones, los líderes fundamentalistas que han sido arrestados continúan rezando a su dios por la destrucción de la Humanidad; por la muerte de amigos, vecinos, e incluso de aquellos familiares que están en desacuerdo con ellos; y por el establecimiento en la Tierra de una dictadura teocrática, una dictadura de la que Yahvé se serviría para aplastar como uvas a cuantos se oponen a él.
«Como ya he dicho en otra ocasión, el único dominio que ejerce Yahvé sobre este planeta está en manos de sus confederados. Ese dominio debe acabar, y pronto; antes de que la destrucción sea aún mayor, antes de que se produzcan aún más muertes por obra suya.
»La extremada urgencia de este asunto y la severidad de la ofensa requieren una contestación inmediata y apropiada; una contestación que ni yo ni los miembros del Consejo de Seguridad deseamos, y que todos preferiríamos evitar, de haber otra alternativa. Sin embargo, no podemos consentir que la Humanidad continúe siendo blanco fácil de los ataques de Yahvé. Los fundamentalistas son un revólver en la mano de Yahvé, amartillado y listo para disparar al corazón de la Humanidad. No podemos ignorar esa amenaza o simplemente enterrar la cabeza en la arena. El Consejo de Seguridad, por lo tanto, ha decidido por unanimidad reinstaurar la pena capital para todos los culpables de promover acciones destinadas a minar el avance de la Humanidad, y de proporcionar ayuda y apoyo a los intentos de Yahvé por restablecer su control sobre el planeta. No obstante, como incluso en estas circunstancias somos compasivos y no deseamos que nadie muera, la aplicación de la pena quedará limitada a los líderes; y de entre ellos, podrán incluso librarse de ella quienes se comprometan a cesar en sus actividades. Quienes así lo hagan serán absueltos de todos los cargos y liberados bajo palabra.