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»Al resto de los fundamentalistas, yo les digo: no es tarde todavía para abjurar de vuestro juramento de lealtad al dios de la muerte. Toda la humanidad os dará la bienvenida y aplaudirá vuestra decisión. Pero habéis de saber, también, que si continuáis del lado de Yahvé, lo pagaréis caro.

»Como medida adicional a la prohibición de compraventa, y que entrará en vigor dentro de veinticuatro horas, se prohíbe a todos los que no hayan recibido la comunión tener nada en propiedad. La devastación de los mares de la Tierra constituye un crimen contra el planeta. Y como corresponde, no se os permitirá tener en propiedad lo que habéis demostrado no respetar, mediante la adoración a Yahvé.

* * *

El Consejo de Seguridad se puso en marcha rápidamente para hacer efectivas las nuevas restricciones. Los gobiernos de todo el mundo recibieron órdenes de embargar todos sus bienes a quienes todavía no hubiesen recibido la comunión y la marca. La propiedad se les devolvería solamente si aceptaban imprimirse la marca. Los que se negaran debían ser expulsados de la propiedad en menos de una semana.

Miércoles 17 de junio, 4 N.E.

Derwood, Maryland

El sargento Joseph Runningdeer subió los escalones del porche y llamó al timbre. Su compañera, la agente Amanda Smith, se quedó detrás, a unos tres metros de él, para observar y ofrecerle apoyo. Al poco apareció una mujer en la puerta.

– ¿Sí? -dijo, con el nivel de sorpresa habitual que exhibe uno cuando recibe una visita inesperada de la policía.

– Soy el sargento Runningdeer, de la policía del condado de Montgomery. Esta propiedad está registrada a nombre de Mark Cleary. ¿Está el señor Cleary en casa?

– Sí -contestó ella, obsequiosa-. Está durmiendo, le despertaré.

Cuando la mujer salió apresuradamente en busca de Cleary, el sargento Runningdeer se volvió inconscientemente para mirar a su pareja. No perder de vista al compañero era un imperativo constante en el trabajo policial. Pero al volverse, la secreción endurecida de las lesiones de la espalda se le pegó a las gasas y arrancó la costra, haciendo que se estremeciera de dolor.

Mark Cleary se asomó a la puerta un instante después. Iba en calzoncillos y en su rostro se mezclaban sueño y confusión. Enseguida fue evidente que su cuerpo no lucía llaga alguna.

– ¿Qué ocurre, agente? -preguntó Cleary.

– ¿Es usted el señor Mark Cleary? -preguntó el sargento Runningdeer en busca de una confirmación.

– Sí -fue la respuesta.

– ¿Es usted el dueño de esta propiedad?

– Sí.

– Señor, es mi deber informarle que, desde este momento, su propiedad queda confiscada por el condado de Montgomery, Estado de Maryland. Si quisiera reclamar su propiedad, podrá hacerlo en el plazo de los tres días siguientes, previa presentación de una prueba de su participación en la comunión.

– Pero ya me ocupé de eso ayer -protestó Cleary-. Mire -dijo a la vez que extendía la mano derecha y le mostraba a Runningdeer la marca.

El sargento Runningdeer miró la mano de Cleary.

– Muy bien -dijo, aunque algo en su voz decía que aquello no cambiaba demasiado las cosas-. Hagamos una verificación.

La agente Amanda Smith soltó un gruñido, sacó la PDA que llevaba enganchada a la cintura e inició la comprobación. No era la primera vez que les sucedía ese día. Es más, se estaba convirtiendo en costumbre.

– No entiendo -se quejó Cleary-. ¿Acaso no intercambian datos con el ordenador central? Me ocupé de esto ayer. Trabajo en el turno de noche, de no ser así, habría recibido la marca hace meses.

– Lo siento, señor Cleary. Nuestros sistemas van algo lentos últimamente. Mi compañera lo está comprobando en este instante.

– Todavía nos da negativo -informó la agente Smith.

– Esto es absurdo. Puede ver la marca con sus propios ojos.

– Lo siento, señor -repitió el sargento Runningdeer-. Incluiremos en nuestro informe que nos ha enseñado la marca, pero me temo que va a tener que acercarse al juzgado. Dispone de siete días para aclarar el malentendido y evitar el desalojo.

– Se lo acabo de decir, trabajo por la noche -protestó Cleary-. No le parece suficiente que haya tenido que ponerme esto a sabiendas de que no tardaré en estar cubierto de llagas. ¿Por qué voy a tener que perder horas de sueño o de trabajo para ir al tribunal si son sus ordenadores los que van lentos?

– No hay nada que podamos hacer señor. Es la ley. Oh, y señor, yo que usted no me preocuparía por que fuera a perder horas de trabajo -añadió Runningdeer-. Sin la marca, es ilegal que participe en ningún tipo de comercio. Lo que significa que no está limitado a la compraventa de mercancía, incluye además cualquier tipo de trabajo remunerado, ya sea en dinero o especie. Su empleador recibirá una notificación, si es que no lo ha hecho ya.

– Pero si tengo la estúpida marca -dijo entre dientes, a la vez que hacía verdaderos esfuerzos por contener su ira y volvía a enseñarle la marca al sargento Runningdeer.

– Aun así tendrá que ir al juzgado -afirmó Runningdeer. Él no quería poner trabas; no hacía más que cumplir con su deber, y a veces eso significaba resultar irritante.

– ¿Puede ir otra persona en mi lugar? -preguntó Cleary, intentando por todos los medios recuperar la calma.

– No, señor. La ley exige que se presente usted en persona.

Cleary agitó disgustado la cabeza. No había nada que hacer.

– Estoy convencido de que no le llevará más que un par de minutos -ofreció Runningdeer, aunque sabía que no era así. Nada llevaba un par de minutos en el juzgado-. Sentimos mucho haberle ocasionado tantas molestias -concluyó. Entonces dio media vuelta y se dirigió caminando hasta el coche patrulla.

El sargento Runningdeer se sentó, cuidadosamente en el vehículo, intentando no tirar de las gasas que le cubrían las llagas.

– ¿Quién va ahora? -preguntó.

La agente Smith echó un vistazo a la hoja de asignación, para buscar el siguiente nombre de la lista.

– Decker Hawthorne, en Millcrest Drive -dijo.

El sargento Runningdeer la miró sorprendido.

– Déjame ver -dijo cogiendo la lista y confirmando lo que había leído la agente Smith.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Smith.

– ¿No sabes quién es?

Amanda Smith se quedó pensando un momento y casi al instante se acordó de dónde había oído el nombre antes.

– ¿Me estás diciendo que éste es el Decker Hawthorne en el que estoy pensando?

– ¿Cuántos Decker Hawthorne te crees que hay?

– No sé -dijo ella algo abochornada por el despiste-. Ni siquiera sabía que viviera aquí.

– Ya no. Aunque lo hacía, y todavía tiene una casa aquí. -El sargento Runningdeer se rascó pensativo la cabeza, intentando evitar la herida que tenía justo encima del nacimiento del pelo-. Seguro que es otra metedura de pata -dijo, accionando el interruptor de llamada de la radio policial-. Lo comprobaré.

– Central, aquí dos Baker trece -dijo Runningdeer por el micrófono.

– Dos Baker trece, adelante -contestó una voz.

– Petición de verificación de asignación al capitán Martin: Hawthorne, Decker.

Hubo una pausa de unos diez segundos.

– Dos Baker trece, repita, por favor -contestó por fin la central.

– Lo que oyes, Ed -dijo el sargento Runningdeer, reconociendo la voz del agente de la central-. Tenemos a Decker Hawthorne en nuestra hoja de asignación.

– Será una broma -dijo el agente de la central.

– Broma o no, está en nuestra lista.

– Voy a localizar al capitán -contestó la central.

El sargento Runningdeer y la agente Smith aguardaron en silencio.