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– Dos Baker trece, aquí el capitán Martin -graznó la radio un momento después.

– Señor, ¿puede ser esto correcto?

– Lo estamos comprobando -contestó Martin.

En la comisaría, el capitán Martin observaba por encima del hombro del agente Ed Cook cómo éste comprobaba primero si el nombre de Decker estaba en la lista de quienes habían recibido la comunión, y luego buscaba información sobre su paradero. No tardaron mucho en obtener respuesta a sus pesquisas.

– Joe -dijo dirigiéndose al sargento Runningdeer por su nombre de pila-, todo indica que la orden es correcta. Hawthorne da negativo en la comunión y lo último que se sabe de su paradero es que pasó por el aeropuerto nacional Ronald Reagan el 7 de junio. Lo más lógico es que esté en su casa de Derwood.

Se hizo el silencio durante unos instantes y luego el sargento Runningdeer respondió.

– Señor, solicito permiso para ignorar la orden. La información sobre su último paradero es de hace diez días, es probable que ni siquiera esté allí. Y aunque lo estuviera, tenemos trabajo de sobra como para andar molestando a Decker Hawthorne.

El capitán Martin se quedó pensativo un segundo. Desde luego que se trataba de la orden más insólita que podía imaginar: acusar a la persona más próxima al secretario general de Naciones Unidas de no cumplir la ley de Naciones Unidas. Por otro lado, no quería cargar con la responsabilidad del incumplimiento de una orden. Al final, ganó el sentido común.

– Permiso concedido -dijo-. Sólo nos faltaba que Naciones Unidas nos llamara al orden por invadir la intimidad del señor Hawthorne. Ignore la asignación Hawthorne y proceda con el siguiente nombre de la lista.

Jueves 18 de junio, 4 N.E.

Decker miró el reloj. Eran las cuatro pasadas, medianoche en Babilonia. De nuevo había pasado otro día sin recibir una llamada o un correo electrónico de Christopher o Milner. Llevaba quince días fuera de Babilonia. En su última conversación con Milner, once días atrás, había dicho que iba a estar fuera sólo una semana. Milner o Christopher, o Jackie por lo menos, no tardarían en llamar. Y todavía no tenía ni la más remota idea de cómo iba a explicarles su ausencia.

Decker miraba por televisión la detención en directo de una familia fundamentalista, acusada de negarse a recibir la comunión y la marca. La policía no había recurrido a la fuerza, es más, estaba protegiendo a la familia de un puñado de acalorados vecinos que se habían dejado llevar por sus emociones como consecuencia del dolor que les producían las lesiones. A Decker le extrañó que la policía no hubiese llamado ya a su puerta. No cabía duda de que en la base de datos de la Organización Mundial de la Salud figuraba que no había recibido la comunión, y aunque había limitado sus movimientos para que nadie supiera que se encontraba en casa, estaba seguro de que la policía podía localizarle. La única explicación era que estuviesen sobrepasados de trabajo y que fueran a por él más tarde. Cuando lo hicieran, estaría esperándoles. Había preparado media docena de parches que ponerse, incluido uno que le cubriera convenientemente el dorso de la mano derecha, donde debía de haber exhibido la marca. Si se presentaba la policía, se pondría los parches rápidamente, abriría la puerta, les enseñaría su identificación de la ONU -por si no se habían dado cuenta de quién era él- y se mostraría indignado por que le hubieran molestado. Con suerte, pensó, podría intimidar a la policía el tiempo suficiente para que le dejaran en paz durante un tiempo, independientemente de lo que dijera la base de datos de la OMS.

Viernes 19 de junio, 4 N.E.

Tel Aviv, Israel

En la playa a orillas del Mediterráneo, se habían reunido cerca de quince mil personas para presenciar un milagro. Debido al hedor, la mayoría llevaba máscaras de gas, millones de las cuales habían sobrado de alguna guerra largo tiempo olvidada. Robert Milner, ataviado con las mismas vestiduras que había lucido el día de la resurrección de Christopher y sentado sobre la arena con las piernas cruzadas en posición de loto, aguardaba en estado de profunda meditación a que llegara el momento apropiado. En cada mano sostenía tres lustrosas esferas de cristal de cuarzo que le había entregado Christopher. A su espalda, un centenar de periodistas esperaba en silencio. Ante él, las olas de sangre rompían contra la arena enrojecida formando negros coágulos.

Para la ocasión, se habían retirado de la playa los cuerpos sin vida de innumerables peces y aves marinas. Menos en las zonas próximas a las orillas, la superficie de los océanos y mares se había transformado en una costra gigantesca, que subía y bajaba con el movimiento del mar de sangre de debajo, y sobre la cual reptaba un manto de gusanos hasta donde alcanzaba la vista.

Cuando empezó a ponerse el sol, Robert Milner, con los ojos todavía cerrados, se puso en pie y, estrechando los brazos a los lados, empezó a caminar hacia el mar. Las cámaras de televisión transmitían la escena a todo el mundo. Cuando alcanzó las olas, se detuvo. Congelado en esa posición, esperó a que se hiciera el crepúsculo por completo. Luego, gritando tan fuerte como pudo, proclamó su propósito y su misión.

– ¡En nombre del Portador de la Luz, y de su hijo, Christopher; en el mío propio, en el de quienes me acompañan, y en el de toda la Humanidad, yo declaro mi independencia y mi no acatamiento a Yahvé, dios del padecimiento, la enfermedad y la opresión! ¡No cederemos ante ti! ¡No nos someteremos a ti! ¡No nos postraremos ante ti! ¡Nos declaramos libres de ti! ¡Escupimos sobre ti y sobre tu nombre!

Luego, echando ambas manos hacia atrás, arrojó al mar tan lejos como pudo los seis cristales de cuarzo, que fueron a caer con un golpe sordo sobre la masa coagulada flotante. En el mar ondulante, se podía divisar el destello de las esferas sobre la gigantesca costra, y no pareció que nada fuera a pasar. Pero enseguida se hizo patente que la luz proveniente de los cristales no era un reflejo de los focos de las cámaras, sino que más bien brotaba del interior de las esferas, y que cada vez se hacía más intensa.

Una oleada de excitación recorrió la muchedumbre, al tiempo que las esferas empezaron a disolverse lentamente en la nauseabunda masa de gusanos y sangre, que acabó por engullirlas por completo. Entonces, de pronto, bajo las esferas, el mar empezó a arremolinarse y a resplandecer, hasta que toda la zona a su alrededor brilló como la luna llena. A continuación, en todas las direcciones al mismo tiempo e irradiada a gran velocidad, la luz transformó el sanguinolento mar en agua de nuevo. En cuestión de segundos, la transformación recorrió la distancia hasta la concurrida playa y, al tiempo que las olas lamían la orilla, los coágulos endurecidos se derritieron para fundirse en las olas.

En la playa con Milner, la muchedumbre estalló en un aplauso ensordecedor y una aclamación de triunfo llenó el cielo del crepúsculo y se elevó desafiante hasta el firmamento, mientras la marea depuradora continuaba su avance. A una velocidad de casi mil millas por hora, pero sin traspasar nunca el crepúsculo del sol del atardecer, la ola purificadora surcó los mares de la Tierra extendiéndose sobre ellos como un fino manto. Robert Milner dio media vuelta y alzó triunfante las manos, luego, pasados unos instantes y a pesar de la docena de llagas o más que cubrían su piel, se despojó de sus ropajes, revelando su cuerpo desnudo, se giró y se introdujo corriendo en el mar. Muchos le siguieron, desvistiéndose allí mismo, pero salvo un puñado de entre los más valientes, la mayoría tuvo que dar media vuelta cuando las saladas olas rozaron sus heridas, causándoles un dolor insoportable.

En el transcurso de veinticuatro horas, la transformación viajó alrededor del mundo y los mares volvieron a su estado normal, aunque nada podía restaurar la vida marina ya muerta.

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INCONMOVIBLE