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Domingo 21 de junio, 4 N.E.

Derwood, Maryland

Decker abrió los ojos y miró el reloj de la mesilla de noche: eran las 9.34 de la mañana. Otra noche que se había consumido en el este de Estados Unidos, y buena parte del día había quedado atrás en Babilonia, y Christopher seguía sin llamar. Hacía ya dos semanas desde la llamada de teléfono a Jackie y Milner, y a excepción de cuando llamó a Debbie Sánchez para informarla de que iba a estar fuera «más tiempo de lo esperado», no había vuelto a hablar con nadie de Naciones Unidas. Decker sabía que, tarde o temprano, Christopher se pondría en contacto con él, y que entonces tendría que darle alguna explicación por su ausencia, y ni que decir tiene que por no haber tomado la comunión aún. Hoy por hoy seguía sin saber qué era lo que iba a decirle. Una cosa era mentirle a Milner, aunque todavía dudaba de que Milner de verdad le hubiese creído, y otra muy diferente, intentar ocultarle la verdad a Christopher.

Pero ¿cuál era la verdad? Decker no lo había decidido todavía. No podía ignorar el sueño de Petra. No se trataba solamente de que Christopher hubiese vacilado cuando Decker preguntó por Tom. Estaba, sobre todo, el gesto de indiferencia que había leído en su rostro, como si de verdad no le importase si Tom salía de allí o no. Como si sólo le hubiese dicho a Decker dónde estaba Tom porque sabía que Decker no iba a irse sin él. La imagen volvía a su mente una y otra vez, atormentándole. Sin embargo, a pesar de no poder ignorar el sueño, tampoco podía ignorar veinte años de relación que le habían llevado a conocer a Christopher mejor que nadie. Y, por esa razón, se debatía por dar con una explicación.

«Tal vez -pensó-, ¡tal vez el sueño de Petra no fue idéntico al del Líbano después de todo!» Intentó comparar mentalmente ambos sueños y parecían idénticos, pero ¿cómo estar seguro? Podía ser que en el segundo sueño su imaginación hubiese añadido la expresión de indiferencia en el rostro de Christopher, y ahora, al intentar recordar, su mente había transpuesto la imagen a los eventos del primer sueño también.

Entonces se le ocurrió otra posibilidad. ¡Podía ser que no fuera obra de su imaginación después de todo! ¡A lo mejor Rosen se había servido de sus habilidades telepáticas para plantar la imagen en su cabeza! Y casi al mismo tiempo pensó: ¡a lo mejor Rosen o algún otro miembro del KDP le había hecho lo mismo a Tom, plantando en su mente la idea de matar a Christopher! ¿Podía ser ésa la razón de todo? ¿Podía Rosen haberle alterado la memoria a Decker y dejar que se marchara de Petra para que así pudiera traicionar a Christopher? Tal vez era aquélla la razón por la que lo habían secuestrado desde el principio, y el adoctrinamiento de Rosen había tenido como único fin ablandarle u ocultar el verdadero propósito del KDP. ¡Podía ser que, en el momento justo, otra imagen latente se le viniera a la cabeza y le impulsase a matar a Christopher! ¿Se repetiría la historia? ¿Acaso el destino le tenía reservado una vez más el papel de Judas, el traidor?

Pero ¿qué ganaba Rosen con todo aquello? Si Christopher era asesinado otra vez, era prácticamente seguro que resucitaría de nuevo. O, tal vez, no. No había forma de conocer el número de veces que Christopher podía morir y regresar. A lo mejor sólo funcionaba una vez. También podía ser que Rosen y el KDP quisieran deshacerse de Christopher el tiempo suficiente para poder ellos poner en marcha un plan de las dimensiones de la locura asesina que había asolado la Tierra mientras Christopher había yacido muerto tres días. Podía ser que en esta ocasión estuviesen planeando matar a todos.

Decker se dio cuenta de que la cuestión radicaba en quién era el monstruo.

Si el sueño acertaba, y Christopher iba a dejar que Tom siguiera retenido en el Líbano porque no le era útil en sus planes, entonces no había duda de que Christopher era el monstruo que el KDP decía que era y que Decker había dado con el único fallo en su impecable representación. Por otro lado, si el sueño había sido alterado por Rosen y el KDP, entonces el monstruo no era otro que Decker, una bomba de relojería lista para estallar y devolver al planeta a una edad oscura, de servidumbre a un déspota tiránico que rebajaría al ser humano al nivel de una res de ganado.

Se llevó las manos a la cabeza y dejó escapar un leve gemido. Deseó que ojalá existiese un Dios benevolente al que dirigir sus oraciones para que lo iluminase, y luego confiar en la respuesta. Lo único que parecía relativamente seguro era que, hasta que pudiese desenmarañar el problema, lo mejor para él y para Christopher era que permaneciera donde estaba.

Decker se frotó los ojos y descubrió que sus cavilaciones no habían hecho sino ocultar una jaqueca más que considerable. Se fue hasta el aseo para coger unas aspirinas, abrió el grifo del lavabo, y dejó correr el agua mientras atendía a otras necesidades más apremiantes. Sin querer, su mente volvió a recordarle el silencio del teléfono, pero por el rabillo del ojo captó un atisbo de color inesperado que llamó su atención. Miró al lavabo y vio que el agua que salía del grifo había adquirido un tono claramente rosado, que bajo su mirada fue tornándose rápidamente más oscuro. Para cuando hubo terminado de descargar la vejiga, el agua había adquirido un color rojo intenso. «¡Oh, no», dijo en voz alta, al caer en la cuenta de lo que aquello podía significar. En un acto reflejo, Decker fue a tirar de la cadena, pero retiró la mano rápidamente como si el tirador fuese una serpiente venenosa.

Decker cerró el grifo y corrió hasta su dormitorio para encender el televisor. Sus temores se vieron confirmados casi al instante. Mientras la imagen pasaba a mostrar escenas tomadas en diferentes lugares, el redactor del estudio ofrecía un resumen de la noticia. A lo largo y ancho del planeta, todas las reservas de agua dulce, todos los ríos y arroyos, todos los lagos y estanques y pantanos alimentados por ríos o arroyos, se habían transformado en sangre. Las únicas fuentes de agua potable que se habían salvado eran las que se encontraban aisladas o selladas, como las contenidas en torres de agua, piscinas y depósitos de plantas de tratamiento de aguas.

Decker corrió al aseo y retiró la tapa de la cisterna del retrete. Tal y como esperaba, el agua del interior seguía limpia. De modo que, casi por instinto, se había proporcionado una reserva de once litros de agua potable. Si contaba el aseo de la planta de abajo, la reserva se elevaba a veintidós litros. De ahí se fue a comprobar la nevera y la despensa, donde hizo un rápido inventario de todo lo apto para ser bebido. En la nevera había aproximadamente dos litros de leche y tres botellas de refrescos de un litro. En el congelador, la máquina de hielo estaba repleta de hielo, que según sus cálculos podría proporcionarle unos cuatro litros de agua si lo derretía. En la despensa sólo encontró una botella de tequila. En total calculó que contaba con algo más de treinta litros de líquido apto para beber. Luego, se dio cuenta de que la próxima vez que la cubitera del congelador fuera a tomar agua, entraría sangre, así que se fue corriendo al lavadero, y cerró la llave de paso de agua principal.

Cuando estuvo de regreso ante el televisor, la escena había cambiado y mostraba ahora el aparcamiento de un supermercado en Virginia. En el asfalto, sobre un charco de sangre, yacía el cuerpo de una mujer, que había sido rodeado de cinta policial para mantener alejados a los curiosos. Convencido de que la noticia hacía referencia a un homicidio corriente, a Decker le sorprendió al principio que los medios hubiesen saltado tan de repente a otra noticia, dejando de lado la más importante sobre el agua tornándose en sangre. El presentador no tardó en aclarar la conexión. La transformación del agua se había producido a primera hora de la mañana, y a la media hora de abrir sus puertas, casi todos los supermercados se habían quedado sin existencias de agua embotellada, leche y otras bebidas. Incluso las conservas de verduras, como judías verdes o maíz, habían desaparecido de las estanterías por el agua que contenían las latas. Llevados por el pánico, los que llegaron tarde a los almacenes habían empezado a disputarse violentamente lo poco que quedaba. En el supermercado de Virginia, dos mujeres se habían enzarzado en una pelea para llevarse el último envase de leche. La perdedora salió de la tienda, se fue hasta el coche y cogió una pistola. Luego había aguardado a que la otra mujer saliera de la tienda, la había seguido hasta su coche y allí le descerrajó tres tiros en la parte posterior de la cabeza. Después huyó. A escasos metros del cuerpo sin vida, yacían los restos de la botella de plástico, que se había roto al chocar contra el suelo y derramado su contenido.