De pronto, las cortinas que colgaban detrás de la puerta se abrieron de par en par y revelaron a un hombre mayor de unos setenta años. En la mano sostenía una escopeta.
– ¿Qué quieren? -exigió saber mientras apuntaba a la cara de George Rollins con su rifle. Llevaba varios parches colgando. George hijo no había cumplido todavía los doce, la mayoría de edad, y por lo tanto no tenía todavía la marca ni las llagas resultantes, pero estaba más que acostumbrado a ver a mayores y a adolescentes con parches cubriéndoles las heridas. Sin embargo, en el caso de aquel hombre, los parches le daban un aspecto aún más intimidatorio del que ya le daba la escopeta.
George padre levantó las manos instintivamente sobre la cabeza, en señal de rendición, e intentó contestar.
– ¡Lo siento! ¡No… no sabíamos que viviese nadie aquí!
– Pues ya ven que sí -gruñó el hombre-. De modo que ¡salgan de mi propiedad!
– ¡Sí, señor! -dijo George padre, que salió corriendo en pos de su hijo, que ya estaba casi en la puerta del jardín.
Decker Hawthorne cerró la puerta rápidamente, pasó el cerrojo, y volvió a atrancarla con el palo de escoba. Cuando hubo corrido las cortinas, se dejó caer en una silla, con la mano aferrando todavía el cañón de la escopeta. En la otra sostenía el cartucho que no le había dado tiempo a cargar. Se había salvado por poco. Apenas había tenido tiempo para ponerse sus falsos parches antes de que abrieran la puerta. De haber conseguido entrar antes y haberle visto sin parches o heridas, estaba convencido de que habrían llamado a la policía, para entregarle como fundamentalista, aunque sólo fuera para conseguir el agua que andaban buscando. A partir de ese momento decidió llevar los parches día y noche, por incómodo que fuera.
Le desconcertaba que la policía no hubiese venido a por él todavía. Y ¿por qué no habían llamado Christopher o Milner aún? Nada parecía tener sentido.
A un kilómetro de allí, la agente del cuerpo de policía del condado de Montgomery, Amanda Smith, esperaba en el coche a su compañero, el sargento Joseph Runningdeer.
– ¿Quieres? -preguntó él tendiéndole la lata de agua que había recogido del depósito conectado en los bajos del coche al condensador del aire acondicionado.
Smith no contestó, pero cogió la lata con avidez y se bebió todo su contenido, mientras el sargento Runningdeer se limpiaba de gravilla una de las heridas del brazo.
– ¿Quién va ahora? -preguntó mientras volvía a ajustarse el parche.
La agente Smith echó un vistazo a la hoja de asignación.
– Mira -dijo, pasándole el portabloc.
Runningdeer localizó el siguiente nombre en la lista, meneó la cabeza, y sacó un bolígrafo del bolsillo. Sin más excusa, explicación o autorización, tachó el nombre de Decker Hawthorne y pasó al siguiente nombre de la lista.
– Muy bien -dijo-. Carter, en Needwood Road.
– Los desalojamos la semana pasada -dijo la agente Smith, poniendo en duda la precisión de la orden.
– Los vecinos dicen que han vuelto a la casa.
– Nos lo están poniendo bien fácil -dijo ella mientras arrancaba el coche y ponía rumbo a la antigua residencia de los Carter, en South Riding, un conocido barrio de clase media alta.
Smith condujo lentamente por delante de la dirección, buscando alguna señal de actividad fuera de la casa, y luego detuvo el coche para que se apeara el sargento Runningdeer.
– Dame un minuto -dijo él. El sargento abandonó el coche y rodeó corriendo la casa contigua a la de los Carter.
Amanda Smith esperó un momento, metió marcha atrás, colocó el coche delante de la casa de los Carter y encendió las luces intermitentes del techo. De este modo delataba su presencia a quienes pudieran estar en el interior, pero a veces el factor miedo probaba ser más eficaz que el factor sorpresa. Aunque los fundamentalistas pasaban por no ofrecer resistencia cuando se los arrestaba, Smith sacó su revólver de la cartuchera cumpliendo con el procedimiento de actuación a seguir en aquel tipo de detenciones. Smith se acercó hasta la puerta principal y comprobó si el precinto policial había sido forzado. Estaba intacto, así que tecleó en el candado el código de seis dígitos y abrió la puerta lentamente. Al hacerlo oyó una voz.
– Están aquí -dijo el sargento Runningdeer.
La agente Smith se encontró a la familia Carter, a Sid y Joan Carter y sus hijos, sentados a la mesa del comedor. Alertados de su inminente arresto por las luces de policía, se habían sentado a la mesa cogidos de las manos y con la cabeza inclinada. El sargento Runningdeer estaba de pie junto a la puerta de la cocina.
– Señor y señora Carter -dijo-, ustedes y su familia quedan detenidos por atentar contra la Humanidad y por allanamiento de propiedad del gobierno.
Cumpliendo con la última directiva de Naciones Unidas, los Carter fueron detenidos y fichados. Después de recibir orientación, cualquiera de los miembros de la familia que siguiera negándose a poner fin a sus actividades inhumanas y, a recibir la comunión y la marca sería retenido hasta su traslado a un correccional.
Se trataba de un castigo rápido e inexorable, pero dados el extraordinario sufrimiento y el número incalculable de muertes ocasionados por la contaminación de las reservas de agua potable, la mayoría de la gente lo consideraba muy benévolo. Una conclusión que reforzaba la televisión con la frecuente emisión de escenas en las que aparecían fundamentalistas encarcelados, rezando a Yahvé para que castigara a la gente de la Tierra con aflicciones peores y más virulentas. Como consecuencia, Naciones Unidas decretó que todo aquel que fuera sorprendido vendiendo mercancía a un fundamentalista también sería encarcelado, aunque la índole del castigo quedaba en manos de las autoridades locales, que aplicarían uno u otro dependiendo de las circunstancias.
Viernes 26 de junio, 4 N.E.
Decker se sirvió una taza de café y regresó al dormitorio para ver la televisión. Muchos habrían matado por el líquido de aquella taza, pero Decker se había racionado el agua cuidadosamente, y todavía contaba con la mitad de las provisiones de las que había hecho acopio el domingo. La mayor parte la obtenía de la condensación de la nevera, de ahí que dependiera muy poco de sus reservas. La idea de que hubiera otros que se estaban muriendo de sed mientras que él tenía reservas de sobra, le hacía sentirse culpable, pero no había forma de saber hasta cuándo se prolongaría la situación. Prefirió no pensar en que al acaparar su agua «por si acaso» estaba demostrando no tener fe en Christopher y Milner, que habían asegurado que resolverían la crisis en menos de una semana. Mejor es ir sobre seguro, pensó.
«Bienvenidos de nuevo -dijo Suzanne Wright, la presentadora del programa, cuando Decker encendió el televisor-. Hoy nos acompaña en el estudio un invitado muy especial, el reverendo Timothy Dowd. -Su voz revelaba un sincero respeto hacia su invitado-. El reverendo Dowd está aquí para hablar con nosotros sobre las acusaciones que aseguran que los últimos cataclismos -las llagas, y la posterior transformación en sangre de los océanos primero y del agua dulce ahora- se deben a la connivencia de los fundamentalistas con Yahvé.»
«No creo que podamos seguir llamándolas acusaciones solamente -respondió el reverendo Dowd-. Si tenemos en cuenta las confesiones y las escenas que muestran a fundamentalistas rezando en prisión para que Yahvé castigue a la Tierra, me atrevería a decir que ya no hay ninguna duda de que la evidencia las convierte en acusaciones más que fundadas.»
«Estoy convencida de que todos hemos visto las grabaciones y escuchado las confesiones -dijo Suzanne Wright. Era una suposición que podía hacer sin riesgo de equivocarse: hacía días que se emitían las grabaciones, para a continuación ser analizadas, revisadas, sometidas a consideración, debatidas y emitidas de nuevo prácticamente en todas las cadenas públicas e independientes del mundo-. Pero -continuó- mi pregunta es la siguiente: ¿de verdad necesita Yahvé las oraciones y el apoyo del KDP y los fundamentalistas para hacer lo que está haciendo? ¿Acaso no puede hacerlo por cuenta propia? Después de todo, es Dios.»