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»Así que -continuó Dowd-, como decía, llevo en esto ya bastante tiempo. Lo que ocurre es que es ahora cuando la gente empieza a escuchar debido a las llagas y el agua que se transforma en sangre. Nunca he sido partidario de inculcar mis ideas a nadie a la fuerza. Al contrario, siempre he defendido que las creencias religiosas pertenecen al ámbito privado de cada uno. Para mí, lo que la Biblia pueda o no decir de lo que ocurrió hace dos mil años es mucho menos importante que lo que hagamos para que los humanos y el resto de seres vivos disfruten de una vida mejor en el presente.»

«Muy interesante», dijo la entrevistadora, que asintió de acuerdo.

«Pero existe una razón para que renueve mis esfuerzos en este momento -con esto su voz adquirió un tono grave-, y es que, francamente, el sufrimiento y la muerte deben acabarse. -Su expresión revelaba fervor y, a la vez, una honda preocupación. Sus ojos parecían estar inundados por un mar de lágrimas, que sólo su determinación a dar su mensaje conseguía contener-. El sufrimiento y la muerte deben acabarse -repitió-. Y debemos hacer cuanto esté en nuestras manos para que así sea.»

«Lo que nos lleva a la crisis actual -dijo Suzanne Wright-. Se sabe que ya han muerto millones de personas debido a la escasez de agua, y que a ésos se sumarán varios millones más dentro de muy poco. ¿Podemos deducir por sus palabras que considera justificada la reinstauración de la pena capital por parte de la ONU, para castigar a los líderes fundamentalistas?»

«Yo soy un hombre de paz. Y, por principios, soy absolutamente contrario a la pena capital. Pero, como usted misma ha dicho, ya han muerto millones de personas y pronto lo harán otros muchos millones más. En muy pocas ocasiones se presentan las cosas de forma tan clara. Sin el apoyo del Culto de Yahvé, jamás habríamos llegado a este punto. Las personas de las que hablamos, los líderes fundamentalistas, no se diferencian en nada de los nazis de la Segunda Guerra Mundial, salvo que los primeros dejan la matanza en manos de Yahvé. Si la interrupción involuntaria de la vida de unos cuantos líderes fundamentalistas tiene como resultado el fin del dominio de Yahvé sobre el planeta y, consiguientemente, se logra preservar la vida de millones de inocentes, entonces, por desagradable que pueda resultar, no debemos eludir la responsabilidad de hacer lo que es necesario, nos lo debemos a nosotros y a nuestros hijos. La interrupción de la vida no debe estar motivada por la ira, la maldad o el deseo de venganza; debe ejecutarse por el bien de la Humanidad.»

«De momento, sólo los líderes tienen que enfrentarse a la interrupción involuntaria de la vida -dijo Wright-. Yo creo que lo que todos nos preguntamos ahora es si con eso será suficiente. ¿Será necesario ampliar el castigo para incluir a otros miembros del "Culto de Yahvé", como usted los ha llamado?»

«No lo sé -contestó Dowd-. Esperemos que sea suficiente, porque si no lo es, me temo que nos esperan plagas mucho peores.»

«Pero eso es terrible», dijo Suzanne Wright estremecida.

«De ahí que debamos ofrecer nuestro apoyo incondicional a Christopher y al Consejo de Seguridad. No soy militar, pero tal y como yo lo entiendo, en tiempos de guerra es responsabilidad de la tropa prestar apoyo al oficial al mando. Cuanto más desesperada es la situación, más importante es que sus órdenes se sigan al pie de la letra. Christopher lo ha dicho, estamos en guerra. Yahvé ha declarado la guerra al planeta Tierra y nosotros, nos guste o no, podemos ser los soldados o las víctimas. Aun cuando no estemos de acuerdo con la forma con que la ONU está tratando algunos asuntos, deberíamos reconocer que quienes toman las decisiones conocen mejor la situación que nosotros. Mientras no se nos diga lo contrario, deberíamos apoyar incondicionalmente las decisiones de Christopher y del Consejo de Seguridad.»

«¿Cree usted que la decisión de aplicar la interrupción involuntaria de la vida tiene algo que ver con los recientes descubrimientos concernientes a la reencarnación; es decir, que no se muere nunca del todo, y que pasado un tiempo todos volvemos a nacer?»

El reverendo Dowd asintió pensativo.

«Por supuesto que sí -dijo-. Suzanne, permítame que recurra a una analogía para explicar mejor esa decisión. Los fundamentalistas lo llaman pecado cuando una mujer interrumpe un embarazo. Pero, claro, nosotros sabemos que eso es ridículo. ¿Cómo va a estar mal? Al hacerlo, no hace otra cosa que controlar su cuerpo, su vida. Ella toma la decisión por su propio bien, por el bien de su familia, y por el bien de la sociedad. Hay muchas mujeres a quienes llevar un embarazo a término las atraparía en un círculo de pobreza; si no económica, sí emocional y espiritual, porque éste impediría que llegaran nunca a conocerse a sí mismas; el cuidado de los hijos ocuparía todo su tiempo. Y a veces, probablemente muchas más veces que no, ese hijo no deseado se convierte en un peso no sólo para la madre y la familia, también para la sociedad. ¿Cuántos ladrones y asesinos han sido hijos no deseados? Los psicólogos dicen que muchos. Para esas personas y sus víctimas habría sido mucho mejor que no hubiesen nacido. El amor, la autoestima, es el mayor y más importante de todos. Ése es el cimiento sobre el que se levanta la Nueva Era. Un niño no puede aprender a amarse a sí mismo si no es amado y querido por quien le trajo al mundo. Para esos niños es mejor que sus espíritus regresen al "inconsciente colectivo", como diría Carl Jung, antes de que nazcan.

»La eliminación de los grupos de personas regresivas viene a ser lo mismo. Su incapacidad de alcanzar la autoestima ha quedado demostrada por el hecho de que dependan de otro, de Yahvé en este caso, para darle sentido a su vida. Son un peso tan grande para la sociedad que su sola existencia impide que la Humanidad avance a la siguiente etapa de su evolución. Al igual que los embarazos no deseados, los elementos regresivos de la sociedad deben ser eliminados para que el resto de la Humanidad pueda avanzar. Y, del mismo modo que la interrupción de un embarazo no deseado es la mejor solución para todos los involucrados, lo es también para todo el mundo que el fundamentalismo radical sea erradicado.

»Huelga decir, claro está, que este fin debería alcanzarse de la forma más humana posible. Es evidente que debe tenerse en cuenta el deseo de limitar el sufrimiento del condenado, y yo diría que ésa es la razón de que el Consejo de Seguridad haya elegido el método de interrupción de la vida que ha elegido.

«En eso estaba pensando -dijo Wright algo apocada-. Me resulta bastante… Bueno, bastante truculenta.»

«Por lo que yo sé -dijo Dowd con voz experta-, y a pesar de las apariencias, los médicos consideran la decapitación indolora y rápida. Y yo creo que cuando se trata de elegir entre lo que nos es menos molesto a nosotros y lo que es menos doloroso y más rápido para los condenados, estamos obligados a pensar primero en los que deben soportar el método. A pesar del sufrimiento que han causado a la Humanidad, no debemos rebajarnos a su nivel; no hay razón para hacerles sufrir.

»No obstante, existe otro factor que no debemos pasar por alto a la hora de evaluar el método, y es que comoquiera que la decapitación sí que parece brutal, cabe la esperanza de que desanime a otros fundamentalistas y les ayude a darse cuenta de cuán estúpida e inútil es su intolerancia.»

Suzanne Wright asintió conforme, aunque era evidente que la idea seguía produciéndole aprensión.

«No obstante, creo que todos, incluidos los que deben someterse a la interrupción involuntaria de la vida, deberían buscar consuelo en el hecho de que sabemos que la muerte es transitoria.»

«Estamos ya casi fuera de tiempo -dijo Wright-, pero ¿podría decirnos muy brevemente qué pasará con los que mueran?»