«Bueno, no por experiencia -contestó secamente-. La información más fiable de la que disponemos se limita a la recogida de datos por personas que han analizado detalladamente las experiencias de vidas pasadas. Lo que sí puedo decir es que hay pruebas más que fehacientes de que cuando morimos no lo hacemos por mucho tiempo. Muchos vuelven a nacer a los pocos años; otros lo hacen en cuestión de días. Son muy pocos los casos en los que pasan más de veinte años entre una vida y otra. Y, cómo no, cuando una persona muere y vuelve a nacer, casi nunca recuerda su otra vida si no se somete a una terapia de regresión. Lo que quiero decir -y estoy pensando sobre todo en aquellos que son sometidos a una interrupción involuntaria de la vida, aunque en realidad se puede aplicar también a quienes han muerto en las plagas- es que quienes mueren dejan atrás todas las tendencias regresivas que han aprendido en la vida pasada. Regresan, despojados de todo vestigio del antiguo paradigma, a un mundo donde la Nueva Era no está en sus comienzos, sino en pleno auge. Cuando regresen, podrán aceptar la verdad porque las mentiras de Yahvé les resultarán más que obvias.»
«Entonces, ¿hay esperanza incluso para los fundamentalistas más fanáticos?», preguntó Suzanne Wright, sin intentar ocultar el asombro en su voz.
«Hay esperanza», convino con seguridad el reverendo Dowd.
«Hoy nos ha acompañado el reverendo Timothy Dowd -concluyó Suzanne Wright dedicándole una sonrisa llena de optimismo a sus televidentes-. Volvemos enseguida.»
Allahabad, India
Bajo la atenta mirada de las cámaras, cientos de miles de peregrinos aguardaban ansiosamente a orillas de la lengua de tierra de Allahabad, donde confluyen los ríos Yamuna, Sarasvati y Ganga (Ganges). A pocos les quedaban fuerzas suficientes para mantenerse en pie, la mayoría estaba a punto de morir de deshidratación, y decenas de miles más habían muerto por el camino. Hasta este lugar, emplazamiento del «auténtico Prayag» o destino de peregrinación, al que cada año viajan millones de devotos hindúes para lavar sus pecados en el río sagrado, y donde también se celebra el gran festival conocido como maghmela, había viajado el profeta de Babilonia, Robert Milner. Ataviado con las mismas vestiduras que había lucido en Tel Aviv una semana antes, y de nuevo esperando a la primera luz del crepúsculo para empezar su trabajo, Milner anduvo descalzo hasta el lugar donde confluyen los ríos y donde el caudal era suficiente como para que no se coagulase la sangre.
En esta ocasión no portaba esferas de cristal. Y tampoco se detuvo a la orilla, sino que se adentró en el río hasta que la sangre le llegó a las rodillas. El tejido de su túnica reaccionó como una esponja, y absorbió la sangre hasta la altura de la cintura. Milner metió la mano en un bolsillo oculto entre los abundantes pliegues de su vestimenta y sacó un enorme cuchillo de marfil, tallado con extrañas marcas. Algunos de entre la muchedumbre lo identificaron como el cuchillo ceremonial del sacrificio khond del Meriah, un ritual que no se practicaba en la India abiertamente desde hacía por lo menos ciento cincuenta años, y que consistía en estrangular a una persona, descuartizarla y esparcir sus restos por los campos para pedir a los dioses una buena cosecha.
Milner levantó los ojos hacia el firmamento. Su mano derecha estaba cerrada en un puño desafiante, y doblada por la muñeca, de modo que la marca miraba hacia el cielo. En su mano izquierda sostenía el cuchillo, con la punta hacia arriba, como preparado para apuñalar a Dios en el corazón. Luego, lanzó el mismo grito que había lanzado en Tel Aviv: «¡En nombre del Portador de la Luz, y de su hijo, Christopher; en el mío propio, en el de quienes me acompañan, y en el de toda la Humanidad, yo declaro mi independencia y mi no acatamiento a Yahvé, dios del padecimiento, la enfermedad y la opresión! ¡No cederemos ante ti! ¡No nos someteremos a ti! ¡No nos postraremos ante ti! ¡Nos declaramos libres de ti! ¡Escupimos sobre ti y sobre tu nombre!».
Entonces, con los brazos todavía levantados y bajo la atenta mirada del mundo entero, Milner acercó la punta del cuchillo a su muñeca derecha. Pegó la hoja a la carne y con un brusco movimiento, se abrió un profundo tajo que atravesó la arteria radial. De la herida empezó a manar instantáneamente sangre a borbotones, que no tardó en chorrearle por el brazo.
Quienes miraban la escena en directo y por televisión lanzaron, sobresaltados, un grito ahogado, y aunque Milner ya tenía sangre hasta la rodilla, muchos volvieron la cabeza repugnados. Durante unos segundos, las cámaras enfocaron a Milner, mientras seguía allí de pie, sin moverse, con la sangre goteándole del brazo, y el cuchillo alzado. Entonces, todo el mundo lo vio. De pronto, las aguas que rodeaban a Milner se aclararon, para luego tornarse transparentes; más claras incluso de como nadie las había visto jamás. A gran velocidad, la transformación fue avanzando por las aguas de los tres ríos. En tres minutos había llegado hasta la bahía de Bengala, en la desembocadura del Ganges, al sur de Calcuta. A partir de ahí, otros ríos y arroyos se contagiaron de la ola purificadora, que fue avanzando por todo el mundo escasos segundos detrás del atardecer.
En Allahabad no se repitió la gran aclamación de Tel Aviv. En su lugar, los que todavía tenían fuerzas para moverse se acercaron a pie o a rastras hasta el agua para beber.
Con un suspiro que ahogó la corriente de agua, Robert Milner dejó caer los brazos y regresó a la orilla. Pasó tambaleándose junto a las cámaras y los periodistas, que se apartaron a su paso, dio media vuelta y se desplomó exhausto. Al principio se produjo un gran revuelo de preocupación, pero mientras yacía allí, todavía consciente y asegurando a cuantos le rodeaban que se encontraba bien, las cámaras revelaron una imagen sorprendente: su brazo estaba completamente curado.
15
Sábado 27 de junio, 4 N.E.
Derwood, Maryland
No hacía falta ser un genio para darse cuenta del patrón. Las últimas plagas habían empezado en domingos consecutivos a lo largo de las tres últimas semanas. Si había otra plaga en camino, lo más lógico era suponer que el patrón volvería a repetirse. Aquello significaba que, fuera cual fuera la próxima aflicción, lo más probable era que empezara a manifestarse en el transcurso de las siguientes veinticuatro o cuarenta y ocho horas. No había forma de saber el cuándo con exactitud porque, aunque la transformación del agua salada y el agua dulce en sangre se había producido de forma relativamente rápida, las lesiones, en cambio, habían seguido un proceso más lento, empezando a manifestarse con un ligero picor en la piel y empeorando a lo largo del día. Podía ser que la próxima plaga comenzara también como algo menor y se fuera agravando en el transcurso de uno o dos días. Sin embargo, sí que había una forma de saber cuál iba a ser la siguiente plaga.
Decker se sentó en el sillón del salón y sacó la Biblia de Elizabeth de la bolsa de cuero, que llevaba encima de la mesita del café desde que había llegado de Israel tres semanas atrás. Cuando Scott Rosen se la dio en Petra, Decker no había pensado en ella más que como un recuerdo de Elizabeth. Había leído sus anotaciones y los pasajes que había resaltado en amarillo, con el único fin de conocer cuáles habían sido sus pensamientos durante el tiempo que él había permanecido secuestrado en el Líbano. Pero ahora -después de haberse repetido el sueño, después de haber albergado dudas sobre Christopher-, su lectura se le antojaba como una suerte de connivencia con el enemigo o como el reconocimiento tácito de que aquellas palabras tenían algún valor. No necesitaba sumar ese sentimiento de culpa a la que ya sentía. Allí estaba él, como un ermitaño en una cueva, mientras a su alrededor, el mundo sufría; ocultándose, en realidad, de Christopher, quien, a excepción de en aquel maldito sueño, jamás había hecho nada para que dudara de él. Y por eso no había vuelto a abrir la bolsa desde que salió de Petra.