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Como fuere, la explicación parecía menos creíble ahora que la había dicho, y dudó que hubiera alguna posibilidad de que Bert Tolinson le creyera. Tal vez hubiese sido mejor no decir nada. Para su sorpresa, Tolinson aceptó la respuesta sin más.

– ¿Y qué piensa hacer? -preguntó Tolinson con cierta ansiedad.

– Primero tiene que prometerme que si le comenta el asunto a alguien, dirá que se ha enterado por un médium. No mencione mi nombre en ningún momento.

– Por supuesto que no -le aseguró Tolinson, un poco ofendido de que Decker hubiese creído necesario hacerle la advertencia. En los quince años que había estado al cargo del mantenimiento de la casa de los Hawthorne, nunca le había hablado a nadie de las idas y venidas de Decker y a estas alturas no necesitaba que nadie le recordara que debía ser discreto.

Decker percibió la ofensa, pero abordó la explicación sin excusarse. Le dijo a Tolinson que tenía pensado forrar las paredes, el techo y la puerta del lavadero con una doble capa de aislante, que fijaría con ayuda de la cinta americana y la clavadora de grapas. Uno de los aparatos de aire acondicionado lo iba a instalar en la ventana del lavadero, y los otros dos los montaría en los agujeros que pensaba abrir en la puerta del lavadero. Los listones soportarían el peso de estos dos últimos, que extraerían el aire fresco del resto de la casa y enfriarían aún más el espacio. Los prolongadores eran para conectar los dos aparatos de la puerta a sendos enchufes exteriores y así no sobrecargar el circuito eléctrico del lavadero. El tercer prolongador le serviría de toma de emergencia. En el tubo de plástico recogería la condensación de las dos unidades montadas en la puerta. El hielo y las neveras las utilizaría en caso de que el resto del sistema fallara. Decker reconoció que probablemente exageraba, pero después de cuanto había pasado, no quería correr ningún riesgo.

– ¿Y qué hay de los víveres?

– Con lo que me ha traído podré aguantar unas dos semanas -contestó Decker-. Guardaré provisiones para dos días en las neveras. Supongo que por mucho que suban las temperaturas durante el día, la noche será algo más fresca, y aprovecharé entonces para sacar más comida y hielo de la nevera de la cocina.

– Y las lámparas, linternas y todas esas pilas que me ha pedido, ¿para qué son? -preguntó Tolinson.

– Oh, bueno -dijo Decker, intentando disimular que no tenía respuesta para eso-. Las… Bueno, esto… Pensé que sería buena idea tener un par de linternas a mano. En cuanto a las pilas, nunca está de más tener unas cuantas.

Para alivio de Decker, Tolinson se limitó a asentir con la cabeza. Luego examinó de nuevo la habitación y el inventario con la mirada, como si calculara mentalmente lo que él iba a necesitar, agradeció a Decker la advertencia y se fue a toda prisa para comprar lo que necesitaba para su casa.

Domingo 28 de junio, 4 N.E.

Estación científica de la ONU, monte Erebus, isla Ross, Antártida

Aunque en el norte estaban en pleno verano, en el hemisferio sur era crudo invierno. La temperatura en la isla de Ross, mil cien kilómetros por debajo del Círculo Polar Antártico, tendría que haber sido muy inferior a los cero grados, pero no era así. En su lugar, Brad Mulholland, el único científico destinado en la estación científica de Naciones Unidas, se había encaramado a una mesa ataviado con su primera capa de ropa interior larga, e intentaba contactar por radio con la Organización Meteorológica Mundial de Naciones Unidas a fin de informar sobre su situación. Pero no recibía respuesta. Fuera del refugio, el brillo de las estrellas de aquella noche de cuatro meses de duración se reflejaba en un gran lago de agua en expansión, que había sido hielo sólo veinticuatro horas antes. En el interior, el agua se había colado por debajo de la puerta y alcanzaba ya diez centímetros de altura.

Mulholland apoyó la radio sobre la mesa e hizo frente al interrogante que hasta ahora había eludido responder: ¿qué hacer ahora? Comprobó de nuevo la temperatura exterior. El termómetro marcaba ocho grados centígrados, tres más que hacía una hora. Bajo la luz de las estrellas, a excepción del perfil del monte Erebo, que se elevaba a treinta kilómetros de su posición, y del monte Terror, situado más lejos todavía, sólo divisaba agua a su alrededor. No había forma de saber qué profundidad alcanzaba, pero calculó que en su mayor parte no sería mucho más honda que el agua del refugio. No obstante, independientemente de la profundidad que hubiese ganado ya, el caso era que iba en aumento y que continuaría haciéndolo mientras persistiera el calor.

Bajo la estación, una capa de hielo de unos tres metros lo separaba del suelo de la isla… O por lo menos así lo había sido cuando la estación fue construida. Podía intentar alcanzar McMurdo, la base permanente de Estados Unidos en la isla -al menos allí había más gente-. Pero ya había hablado antes por radio con ellos, y estaban pasando los mismos aprietos para mantenerse secos. En la distancia, el monte Erebo ofrecía terreno -o más bien hielo- más elevado donde poder aguardar el final del deshielo, pero ir hasta allí suponía echarse a la espalda cuanto pudiera cargar y atravesar treinta kilómetros de tierras inundadas por aguas heladas, desconociendo el tiempo que tendría que aguantar al raso antes de ser rescatado o de poder regresar a la estación. Con todo, sabía que no podía quedarse allí esperando, mientras el edificio se hundía lentamente en el hielo derretido.

Queenstown, Nueva Zelanda

Tres mil seiscientos cincuenta kilómetros más al norte, en un valle al este de las montañas Richardson, cerca del lago Wakatipu, en la isla meridional de Nueva Zelanda, los habitantes de Queenstown se despertaron con el estridente ulular de las sirenas de la policía. Al igual que en la isla de Ross, Nueva Zelanda se encontraba en pleno invierno, y aunque la brisa cálida del océano atemperaba el clima, el emplazamiento de Queenstown en la vertiente oriental de los Alpes del Sur lo convertían en uno de los lugares más frescos de la isla. Aquel invierno había sido más frío de lo habitual. Las frecuentes y copiosas nevadas habían tapizado las montañas con un espeso manto blanco, y las bajas temperaturas habían cubierto el lago Wakatipu con una capa de hielo de treinta y seis centímetros de grosor. Con todo, esa noche los termómetros habían registrado una subida radical de la temperatura, que ya alcanzaba los veinte grados. El repentino calor estaba derritiendo la nieve de la montaña, formando torrentes de agua cada vez más caudalosos que se precipitaban ladera abajo y amenazaban con inundar la ciudad.

Norte de Monrovia, Liberia

Cinco mil seiscientos kilómetros más al norte y casi en la otra media punta del mundo, la costa occidental del norte de África estaba habituada a las altas temperaturas. A sólo siete grados al norte del Ecuador, el invierno era poco más que una leyenda de la que hablaban los turistas.

En una pequeña comunidad sin nombre de las afueras del norte de Monrovia, Elizabeth Lincoln, una anciana de ochenta años, retiró el mantel blanco de la mesa de la cocina y se lo lió a la cabeza para protegerse del sol. Bajo el brazo llevaba media docena de sábanas viejas y un montón de retales. La temperatura en el interior de su pequeño pero inmaculadamente limpio hogar superaba los treinta y siete grados. En el exterior era peor. Con todo, sabía que debía abandonar el refugio que le proporcionaba la casa y salir al exterior para cuidar el jardín. Si no regaba las plantas y las cubría con las sábanas para protegerlas de los intensos rayos del sol, muchas se mustiarían y morirían, dejándola sin nada que comer. Se había negado a recibir la comunión, así que no podía esperar obtener ayuda del gobierno de Liberia ni de ninguna de las agencias de Naciones Unidas.

Aquella pequeña parcela y la casa en la que vivía no eran suyas en realidad. Aunque sí que lo habían sido en otro tiempo. Es más, la propiedad había pertenecido a su familia durante casi dos siglos. Sus antepasados se habían contado entre los primeros esclavos liberados de Estados Unidos, y habían venido aquí para iniciar una nueva vida. Como consecuencia de su negativa a tomar la comunión, había sido desalojada por las autoridades, y la propiedad pertenecía ahora al gobierno. Pero su sobrino era el policía local, y hasta ahora había hecho la vista gorda frente a su permanencia en la casa.