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Una vez hubo regado con abundancia de agua el jardín, cubrió las lechugas, los guisantes, las patatas y el resto de plantas que consideró tenían menos probabilidades de sobrevivir bajo el intenso sol. Luego, sudando profusamente y resoplando, regresó a la casa, se sentó en la mecedora que había pertenecido a su tatarabuela y se desmayó por el golpe de calor. Ya no volvió a abrir los ojos nunca más.

Derwood, Maryland

En Derwood, Maryland, la temperatura superaba los cincuenta y dos grados. Las calles y autovías de la zona de Washington estaban prácticamente desiertas. Nadie se aventuraba a salir al exterior, e incluso en los edificios y hogares con aire acondicionado la temperatura alcanzaba un máximo de cuarenta y seis grados, y un mínimo de treinta y siete. Decker, sin embargo, estaba relativamente cómodo, con los dos aparatos de la puerta en marcha, tomando el aire ya enfriado del resto de la casa. A fin de reponer la humedad que iban consumiendo ambos aparatos, Decker mantenía abierto el grifo de la pila, dejando que el agua cayera en el interior de un barreño.

Aunque se alegraba de estar logrando esquivar el calor, su previsión apenas le producía complacencia. Por el contrario, le atormentaba el escenario generalizado de sufrimiento y muerte que ofrecía la televisión. En esta ocasión, no se emitían entrevistas a pie de calle, puesto que los pocos periodistas y cámaras que estaban trabajando en el exterior se negaban a abandonar el interior de sus vehículos climatizados. Este hecho confería a los reporteros una naturaleza fría e inhumana, al tiempo que las cámaras captaban la silenciosa agonía de los vagabundos: algunos, con temblores y boqueando por falta de aire, yacían tirados sobre charcos de sudor al cobijo de la primera sombra que habían encontrado, otros ya habían muerto. Las conexiones con el estudio se grababan reduciendo al máximo la iluminación, para evitar calentar el espacio más de lo que ya lo estaba. Y, en realidad, sólo había una noticia que necesitaba cobertura. Cuanto ocurría era o bien el resultado de, o un intento de lidiar con el sofocante calor.

Decker saltaba de canal en canal.

«Rezo todos los días por la muerte de Christopher y por la exterminación de toda la "Humanidad" -decía con sorna un hombre desde detrás de los barrotes de su celda-. Yahvé es un Dios justo y sagrado. Él exige un pago por vuestras malas acciones -continuó sermoneando, con el sudor goteándole por la barbilla-. Los humanos no fueron creados para mandar sino para servir. ¡Arrepentíos!», gritó, aunque sin mencionar de qué era de lo que tenían que arrepentirse quienes le escuchaban.

Decker pausó el tiempo suficiente, en su recorrido por todos los canales, para ver durante unos instantes cómo el preso sermoneaba al entrevistador. Al parecer, preguntara lo que preguntase el entrevistador su respuesta era siempre la misma: teme a Dios y arrepiéntete. Cuán diferente parecía aquel hombre, pensó Decker, de la gente a la que había conocido en Petra. Por lo menos media docena de otros entrevistados realizaron declaraciones similares, y el presentador informó de que, como ellos, había centenares más.

Domingo 28 de junio, 4 N.E.

Mientras caía la noche en Babilonia, Christopher volvió a dirigirse al mundo, tal y como lo había hecho con ocasión de todas y cada una de las tribulaciones anteriores.

«Miles de hombres, mujeres y niños inocentes están muriendo -dijo Christopher- y no cabe duda de que el único culpable de semejante atrocidad es el Culto de Yahvé, integrado por el KDP y los fundamentalistas. La situación exige una respuesta contundente.

»¡Ha llegado el momento de recurrir a medidas más drásticas que aparten de la sociedad a quienes, con sus propias acciones y palabras, han demostrado su incapacidad y su repulsa a formar parte o a coexistir siquiera con el resto de la Humanidad! Por nuestra propia supervivencia, por la supervivencia de nuestros hijos y, desde luego, por la supervivencia del planeta mismo, debemos demostrar la firmeza de nuestras convicciones. ¡La Humanidad debe ser libre!

»Es nuestro deber apartar del resto de la sociedad a quienes insisten en defender unos principios tan regresivos. Es nuestro deber rechazar a aquellos cuyo karma es ser rechazados, debemos liberarlos de su ceguera para que así puedan hacer borrón y cuenta nueva y, a través de la reencarnación, vuelvan a tener la oportunidad de unirse a la Humanidad en su inquebrantable viaje evolutivo.

»Pero su destino depende, en última instancia, de lo que quiera cada uno de ellos. Nadie será sometido a la interrupción involuntaria de la vida si no lo elige así motu proprio. A todos les será formulada una misma y sencilla pregunta: "¿Estás dispuesto a renunciar a la creencia de que tu camino es el único camino; de que tu verdad es la única verdad; y a reconocer que las creencias de los demás pueden ser tan válidas para ellos como lo son para ti las tuyas?".

»Si responden afirmativamente a la pregunta, y demuestran su buena disposición a coexistir pacíficamente retirando su lealtad a Yahvé, entonces se les dejará en libertad y serán acogidos de nuevo en la sociedad.

»Si, por el contrario, son incapaces de avenirse a tan sencillo y razonable requerimiento, entonces no tendremos otra elección. O combatimos la regresión o estamos condenados, junto con nuestros hijos, a una vida de servidumbre a Yahvé.

»Y ahora, en lo que a la situación actual se refiere; a esta miserable maldición de calor lanzada contra nosotros por quien dice ser un dios benévolo y compasivo. La idoneidad de la Humanidad para la Nueva Era se mide realmente por la capacidad de ésta de remontar cualquier situación, por su capacidad de hacer de la debilidad fortaleza solamente por medio de la fuerza de voluntad. Las penalidades a las que hacemos frente hoy ponen a prueba esa idoneidad, y yo estoy convencido de que de nuestro sufrimiento emanará nuestra fortaleza; una fortaleza tan inconmovible que incluso Yahvé tendrá que rendirse ante ella.

»¡Transformemos nuestro sufrimiento no en pesar, sino en ira; no en postración, sino en desafío; no en aquiescencia, sino en odio hacia el causante de nuestro dolor: Yahvé!

»Dejemos bien claro que nunca daremos un paso atrás. Nosotros, como individuos, debemos liberarnos de cualquier resto de amor o respeto que podamos sentir hacia quien antes llamábamos Dios. Debemos desechar cualesquiera que sean los pintorescos mitos que sobre Yahvé hayan podido implantar en nosotros padres o abuelos bienintencionados. Porque nosotros le hemos visto la cara al verdadero Yahvé; hemos escuchado su odio y sus invectivas; hemos probado su indiscriminada crueldad; hemos sentido en nuestra carne el sufrimiento que causa su sádico temperamento.

»Que nuestro desprecio sirva para hacerle saber que ya no somos esclavos suyos. ¡Os lo pido, os lo ruego! Por vuestro propio bien, por el bien de toda la Humanidad, por el bien de este planeta. El universo entero aguarda vuestra decisión. Debemos seguir hacia delante; no podemos volver atrás. ¡Alzad vuestra voz con ira e indignación contra Yahvé! ¡Maldecidle a él y maldecid su nombre! Despojaos de los últimos vestigios de respeto y temor hacia tan siniestra amenaza.»

* * *

Después del discurso de Christopher y de la consabida charla festiva de los comentaristas de la cadena, Decker cambió de canal para ver un comunicado oficial en el que se ofrecían consejos a los televidentes sobre cómo paliar los efectos de las altas temperaturas. La mayoría eran de sentido común, como permanecer bajo techo, no exponerse directamente a los rayos del sol; trasladarse a un sótano; beber mucha agua; darse baños de agua fría; llevar ropa ligera y de tonos claros.