«Cambiando de asunto -dijo la joven presentadora, elegida tanto porque su rostro estaba libre de llagas como por su competencia ante las cámaras-, ya les anunciábamos antes que la mayoría de las clínicas de interrupción de la vida están cerradas a causa del calor.»
En la pantalla apareció la imagen de media docena de cuerpos que, víctimas del calor, yacían sin vida cociéndose al sol a las puertas de una clínica.
«El personal sanitario insiste en que, aun teniendo cita, llamen antes por teléfono para confirmar que la clínica está abierta.»
«Bueno, entiendo muy bien por qué podrían estar a rebosar las clínicas de interrupción de la vida en este momento», dijo otro presentador, comentando la imagen de los cuerpos arrugados que todavía ocupaba la pantalla.
«Sí, Bill -contestó la presentadora-, sobre todo si se tiene en cuenta que regresarán a un mundo mucho mejor que el que abandonan. Con todo -apuntó-, y como bien indican las imágenes que acabamos de ver, la visita a una clínica de interrupción de la vida en estos momentos probablemente ponga fin a su vida, aunque es posible de un modo mucho menos agradable de lo esperado.»
Martes 30 de junio, 4 N.E.
Derwood, Maryland
Decker durmió a ratos y se despertó cubierto de sudor. Los aparatos de aire acondicionado habían dejado de funcionar. Comprobó el interruptor de la luz. Nada. Comprobó los interruptores de la caja de fusibles. Todo parecía estar en orden y sin embargo nada funcionaba. La casa estaba sin luz. El termómetro marcaba algo más de treinta y tres grados. Encendió el televisor portátil, que contaba con una batería de emergencia. La respuesta llegó casi al instante: la principal compañía eléctrica que daba suministro a la casa de Decker había recurrido a un «corte intencionado» para hacer frente al aumento del consumo como consecuencia del calor. Lo más normal habría sido que otros proveedores eléctricos se apresuraran a cubrir la demanda; ése era uno de los supuestos beneficios del desmembramiento y liberalización de las compañías del sector. Pero las otras compañías estaban experimentando los mismos problemas y habían tenido que realizar también cortes intencionados de suministro. En resumidas cuentas, el corte iba a prolongarse durante dos horas más. Para entonces, incluso con el aislamiento adicional, la habitación se habría convertido probablemente en un horno. Decker abrió una nevera, cogió un puñado de cubitos de hielo y se los metió en la boca.
La hoja de la guillotina atravesó el aire en un suspiro y, con la misma facilidad, cortó el cuello del fundamentalista, separando del cuerpo la cabeza, que cayó en un enorme barril de plástico.
– ¡Puaj! ¡Qué asco! -gimió Betty, la hija pequeña de Bert Tolinson, que estaba mirando la retransmisión de las interrupciones involuntarias de vida por televisión con sus dos hermanas mayores.
Sin dilación, el cuerpo fue retirado y su lugar fue rápidamente ocupado por otro fundamentalista.
«¿Reniegas de tu lealtad a Yahvé, para recibir la comunión y salvar la vida?», preguntó un funcionario del Departamento de Justicia Mundial de Naciones Unidas.
«No lo haré», contestó el hombre.
«Entonces no nos dejas otra elección -dijo el funcionario, señalando hacia la guillotina-. En tu próxima vida, nos lo agradecerás.»
– Os he dicho que no miréis eso -les dijo a sus hijas Martha Tolinson, parándose el tiempo justo para mirar cómo volvía a caer la cuchilla-. Ahora cambiad de canal.
– Jo, mamá. Peor es ver cómo la gente se muere por el calor -dijo Jan, la hija mediana, al tiempo que hacía reír a sus hermanas simulando que se desplomaba igual que el vagabundo que habían visto morir por televisión.
– Además -añadió Megan, la mayor-, es tan aburrido estar aquí encerrados en el sótano sin nada que hacer.
– Alegraos de que vuestro padre sea tan previsor y preparase el sótano para que no hayamos tenido que estar ahí afuera soportando el calor con el resto de la gente.
– Pero tú dijiste que los fundamentalistas merecen morir -canturreó la más pequeña.
– Eso no significa que tengáis que mirarlo. A ver, ¿no ponen otra cosa?
Norte de Lexington, Kentucky
Era una noche horrorosa. La capa de nubes, que durante el día tan bien habría venido para tapar el sol, había esperado hasta la noche para desplegarse. Esto hacía que el calor de la noche fuese aún más insoportable, al no poder liberarse el calor acumulado por la tierra durante el día. Al norte de la ciudad, en la oscuridad de la noche, el sonido de algún que otro susurro ocasional delataba la presencia de unas criaturas ajenas a aquel mundo de oscuridad en el que imperaban las ratas y las cucarachas. La basura fresca había actuado de reclamo -para hombres, ratas y cucarachas-, pues todas tenían el estómago vacío. La montaña de desechos -neumáticos gastados, colchones de muelles, apliques rotos y otros residuos caseros- escondía alijos de alimentos: restos de comida, fruta podrida y verdura.
En silencio, para evitar ser detectados, los hombres recogían cuanto encontraban, rasgando las bolsas de basura y arañando restos de comida de latas desechadas. Era poco probable que hubiera nadie más en el exterior con tanto calor, pero no podían correr riesgos.
De pronto, el inesperado rugido de un motor de gasolina quebró el silencio. Un instante después, la noche se evaporó a la vez que un destello de luz de diez mil candelas de intensidad iluminaba el cielo, revelando un cuadro de una veintena de hombres supuestamente paralizados por la luz. Ninguno presentaba lesiones ni la marca.
«¡Policía!», llegó hasta ellos una voz amplificada.
Al instante, hombres y roedores se dispersaron, pero para los primeros, cualquier intento de fuga era inútil. Estaban completamente rodeados. Uno a uno fueron capturados, esposados e introducidos en un furgón para su traslado. La policía tardó escasos minutos en finalizar su trabajo y luego se fue, dejando el vertedero, ya en silencio y oscuridad, a sus anteriores ocupantes.
Las ratas tardaron poco en abandonar sus escondites, para volver a revolver la basura en busca de cuanto pudieran encontrar. Una de las ratas, de haber tenido la inteligencia para reflexionar sobre lo que vio al salir de debajo de una pila de harapos, habría considerado que aquélla era su noche de suerte, porque, allí, ante ella, se levantaba una colina, diez veces más grande y pesada que ella, de la basura más selecta que jamás había visto. Los humanos eran buenos recolectores; de eso no cabía duda. Mientras se aproximaba, olisqueó instintivamente el aire en busca de alguna señal de peligro. El intenso olor a hombre seguía llenando el aire, pero no había tiempo para andarse con remilgos; pronto llegaría una docena de ratas más para quitarle su basura.
Corrió hasta el montón de víveres y empezó a comer tan rápido como podía. Pero no había sino dado un segundo bocado a una manzana asada cuando, sin previo aviso, sintió cómo era empujado hacia arriba por la basura bajo sus pies. La rata rodó sobre sí misma, y salió disparada de vuelta a la pila de harapos, bajo los cuales halló cobijo. Al volverse para ver qué había ocurrido, vio como un hombre emergía de debajo de la basura.
Jason Baker se sacudió la porquería de la ropa, el pelo y la barba, y miró a su alrededor, esperando no ser el único que había conseguido escapar. En voz baja, llamó a sus compañeros, pero no halló respuesta. Volvió a llamar, elevando un poco más la voz, pero el resultado fue el mismo. Lo único que le quedaba hacer era reunir cuanta comida pudiese acarrear en su saco y emprender el regreso.
Diez minutos después, atravesó el agujero que habían abierto en la valla que rodeaba el vertedero y emprendió la marcha hacia la granja abandonada donde le esperaban los demás, entre ellos sus padres y su esposa. Era una larga caminata, calculó que unos once kilómetros. Rezó por que algunos de los otros hombres hubiesen conseguido escapar, y a cada paso se devanaba los sesos intentando dar con las palabras con las que tendría que decirle al resto que sus maridos y padres y hermanos habían sido capturados. En su desesperación, apenas notaba el calor. A lo mejor alcanzaría a algunos de ellos por el camino, o a lo mejor ellos lo alcanzarían a él. A lo mejor alguno de los otros hombres llegaba a la granja antes que él y la responsabilidad de dar las malas noticias no caería toda sobre él solo.