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Como ocurría en las demás cadenas, la discusión del programa giraba en torno al calor. Sin embargo, aquí habían dado una vuelta de tuerca más, algo que cogió a Decker por sorpresa.

El anfitrión empezó ofreciendo fragmentos de titulares -un estilo que, curiosamente, había sobrevivido durante décadas en este género de programa.

«La presidenta norteamericana, Jane Todd-Sinclair, citada por fuentes del interior de la Casa Blanca quejándose de la forma en que Christopher Goodman está manejando la crisis actual. Comentarios.»

«No lo ha negado», contestó uno de los periodistas.

«No creo que sea la única -dijo otro-. Por lo que sé, la presidenta Todd-Sinclair no ha hecho más que darle voz a lo que muchos otros líderes del mundo piensan desde que comenzó esta última serie de plagas.»

«Opino que todos creíamos que, después de la resurrección de Goodman y de la declaración de la Nueva Era, los malos tiempos quedarían atrás. Claro que no creo que nadie se esperase nada parecido a lo que ha ocurrido en las últimas cuatro semanas.»

«Exactamente», dijo el primer periodista.

«Algo sobre lo que creo que deberíamos reflexionar todos -sugirió otro periodista- es cuánto sabía el secretario general sobre todo esto antes de llevar a Naciones Unidas y al resto del planeta en la dirección en la que lo ha hecho.»

Decker meneó la cabeza. No era buena señal. Tradicionalmente, aquellos periodistas no eran antagonistas de Christopher. Todos lucían la marca y las llagas. Hacía años que los conocía a todos profesional y personalmente. Por instinto empezó a idear estrategias para lidiar con la situación.

«Y aún más importante -dijo otro periodista- es qué puede él y qué planea él hacer para hacer frente al problema.»

«Mis fuentes dicen que ésa es la cuestión. Desde que se produjo la filtración del despacho de la presidenta Todd-Sinclair, corren rumores de que varios gobiernos están empezando a cuestionar las tácticas del secretario Goodman para poner fin a las plagas. Creo que se están impacientando con los persistentes intentos de Goodman de convencer a los fundamentalistas y al KDP. Para ellos, Naciones Unidas debería responder con mayor contundencia. Mientras Goodman les tiende la rama de olivo de la paz, los fundamentalistas y el KDP le ofrecen a cambio hiedra venenosa y aguijadas.»

«Bonita comparación», rió el anfitrión.

«Bueno, por eso me invitas siempre, ¿no?», contestó el periodista.

«¿Y qué hay de Robert Milner?», preguntó el anfitrión.

«Pues protagonizará otra dramática aparición en algún lugar el viernes, supongo -¡espero!-, y pondrá fin al calor. Pero no creo que nadie esté convencido de que con ello acabe todo. De seguir el patrón como hasta ahora, tendremos un par de días de respiro, y luego nos golpeará otra plaga peor el domingo.»

«Por no hablar de estas lesiones infernales», añadió el anfitrión.

Decker tenía que hacer algo. Por un momento pareció que todas sus aprehensiones hacia Christopher se desvanecían detrás de su instinto de defenderle. Telefonearía a por lo menos uno de los participantes del programa una vez éste hubiese concluido e intentaría… Bueno, ya se le ocurriría algo sobre la marcha. Entonces le asaltó una idea. Podía decir que, aunque iba a haber más plagas, estaba convencido de que ya había pasado lo peor y que las medidas de Christopher acabarían por demostrarse efectivas porque cualesquiera de las plagas futuras iban a ser mucho más suaves en comparación. Su explicación casaba perfectamente con lo que sabía que iban a ser las próximas plagas, y el periodista se limitaría a dar por sentado que la información procedía de Christopher. Esbozó una tímida sonrisa para felicitarse de su rapidez mental a pesar del calor. Por un momento, olvidó todo lo demás; estaba decidido, y sólo por un instante le pareció que la vida volvía a ser la misma que antes de su visita a Petra, que antes del sueño.

Cuando el programa finalizó, Decker aguardó unos minutos para que el anfitrión regresara al camerino. Mientras descolgaba el auricular del teléfono, en la televisión ofrecían un reportaje sobre el arresto de un grupo de fundamentalistas en una granja de un Estado del sur de Estados Unidos. Cuando ya había marcado la mitad de los dígitos, al otro lado del auricular saltó la grabación de una voz femenina: «Debido a la violación de las normativas de Naciones Unidas, se ha desconectado el servicio de llamadas de larga distancia desde el número desde el que llama. Si necesita ayuda, por favor, cuelgue y marque el código de la operadora».

La posición de Decker en Naciones Unidas había mantenido a la policía alejada, pero no había conseguido impresionar al ordenador de su operador de telefonía de larga distancia.

Jueves 2 de julio, 4 N.E.

Petra

– Chaim, es casi medianoche, ven a la cama -le rogó a su marido Rose Levin, esposa del sumo sacerdote de Israel.

– Enseguida -contestó Chaim Levin.

– ¿Cuándo? -insistió su esposa.

– Enseguida -repitió él.

El tiempo era cálido, aunque nada tenía que ver con el insoportable calor que abrasaba al resto de la Tierra. Una suave brisa agitó los costados de lona de la tienda que los Levin habían convertido en su hogar hacía tres años. Era una de las tiendas más grandes de Petra, como correspondía a su posición, pero incluso aquí podría una voz subida de tono ser oída claramente por los vecinos, de modo que Rose habló con un tono firme pero callado.

– No deberías mirar eso -dijo refiriéndose a las ejecuciones que su marido llevaba más de una hora mirando en la televisión. Rose no podía ver aquello; no tenía estómago para las ejecuciones.

– ¿Has visto cómo mueren?

– ¿Qué? -preguntó ella sorprendida por la pregunta.

– Que si has visto cómo mueren -repitió él.

Una mueca de repugnancia torció la expresión de ella.

– No -dijo él dándose cuenta de que ella había malinterpretado la intención de su pregunta-. No me refiero a cómo los matan. Me refiero a la forma en que mueren; con determinación y confianza. Llevo horas mirando y no he visto a un solo cobarde entre ellos.

Rose Levin no contestó. Después de cuarenta y siete años de casada con aquel niño canijo judío de Brooklyn, sabía diferenciar perfectamente cuándo él quería una respuesta y cuándo se estaba limitando a hacer una observación.

– Hasta los niños parecen estar en paz -añadió él.

– No es sano mirar tanto de eso -dijo ella.

– No es sano mirar nada de esto -la corrigió él.

– ¿Y entonces por qué no apagas y ahorras pilas? -le instó ella-. Ya sabes lo que cuesta conseguirlas.

– ¿Para este televisor? -preguntó él retóricamente-. Es imposible. Lo sé. He intentado hacerme con algunas para cuando éstas se gasten. Nadie tiene.

– Bueno, pues mayor razón para que apagues y vengas a la cama.

– ¿Sabes desde cuándo llevan estas pilas en el televisor? -preguntó él.

Rose Levin empezaba a arrepentirse de haber sacado el tema.