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Decker cerró la ventana de golpe.

Daba lo mismo. Sabía que daba lo mismo.

Salió corriendo de la habitación y se detuvo en el rellano de las escaleras. La oscuridad estaba en su casa. Había cubierto casi la totalidad del piso inferior de la planta en dos alturas y ya alcanzaba casi un metro en la segunda altura, desde la que subía rápidamente por las escaleras hacia él.

Regresó a toda prisa a su dormitorio, cerró la puerta de un portazo, arrancó las sábanas de su cama y las lanzó contra la base de la puerta. Sacando fuerzas de flaqueza, apartó sin esfuerzo el tocador de la pared de enfrente y lo encajó contra la puerta.

Fue inútil.

Algo le decía que por mucho que intentara evitar que la perversa sombra entrara en la habitación, no había nada en el mundo que pudiese detenerla. Y sin embargo, debía intentarlo.

El suelo de la habitación pronto estuvo cubierto, y Decker gritó como un niño asustado al tiempo que de un salto se subía a la cama e intentaba inútilmente escalar la pared.

Había perdido la razón. Sólo quedaba el miedo.

Pasaron unos segundos y el lodo alcanzó la altura de la cama, se extendió sobre el colchón y llenó rápidamente la depresión a sus pies. Desde el instante en que tocó su piel desnuda, Decker se quedó paralizado por un terror jamás imaginado.

* * *

A lo largo y ancho del planeta, todos los lugares, todo el mundo, el globo entero, estaba cubierto por la vil oscuridad; todos los lugares salvo Petra… y una única oficina en el edificio de la Secretaría de Naciones Unidas en Babilonia.

En esta ocasión, no iba a haber cobertura mediática de la plaga.

Ni discursos.

Sólo terror.

* * *

Decker permanecía allí de pie, incapaz de dominarse, mientras la negrura le trepaba por las piernas y aquel temor desconocido se hacía tan grande que no se atrevía ni a pestañear. La oscuridad no sólo estaba a su alrededor, estaba en él, sobre él, como una fría, oscura y húmeda sábana de cieno gaseoso que ninguna luz podía penetrar. Temía por su vida, y aun así no había nada que desease más que rendirse y morir, para así acabar con aquello.

La oscuridad estaba llena de cuchillas y ácido y afilados colmillos venenosos; Decker estaba seguro. Y, sin embargo, no sufría dolor, por lo menos, no de momento; sólo sentía la certeza de que aquellas amenazas injuriosas y otras aún peores estaban a escasos centímetros de él, listas para cortar y quemar y arrancarle la carne de los huesos al más ligero movimiento.

La oscuridad ya le llegaba por los genitales y a pesar de su temor a moverse, angustiado, cerró los ojos y apretó la mandíbula involuntariamente. A cada centímetro que avanzaba y lo engullía, crecía el terror de Decker. Luego, finalmente, le alcanzó la barbilla y el último atisbo de luz estuvo a punto de desaparecer en la oscuridad.

Años atrás, después de hallar a su mujer y sus hijas muertas, Decker había rozado la locura y elegido dejarla atrás; ahora se daba cuenta de que aquel paso había sido un error. Muchas habían sido las ocasiones en las que se había encontrado al borde de la muerte y había sobrevivido; ahora deseó no haberlo hecho. No era la muerte lo que temía. De haberle ofrecido alguien veneno en ese momento, se lo habría bebido con gusto. De haber tenido un revólver, no habría dudado en llevarse el cañón a la boca y, sin pensárselo dos veces, apretar el gatillo para meterse una bala en la cabeza. De haber tenido un cuchillo, se lo habría clavado alegremente en el pecho.

No era la muerte lo que temía, sino la vida que le permitiría sentir el tormento que sabía comenzaría antes de que volviera a respirar. Luego, ya no pudo soportarlo más. Y con la cabeza echada hacia atrás y cada vértebra del cuello estirada al máximo para mantener la boca y la nariz por encima de la oscuridad, que ya le había sobrepasado la barbilla, Decker se desplomó como un guiñapo, inconsciente, sobre la cama.

El velo de estupor no le proporcionó alivio alguno, porque incluso en su estado de inconsciencia, su mente seguía inundada por las imágenes de lo que no podía ver. Ocurrió sólo unos momentos antes de abrir los ojos, aunque volvió a cerrarlos casi al instante. A ambos lados de la cama, había dos cuervos gigantescos, que aguardaban ansiosamente a que los volviera a abrir para sacarle los ojos de un picotazo. No podía verlos en la oscuridad, pero sabía que estaban allí, del mismo modo que sabía que en el suelo junto a su cama reptaban cientos de serpientes. Aún más cerca, sobre la cama, a su alrededor, montones de ratas esperaban hambrientas a la próxima comida. Y aunque su cuerpo se había desplomado en una masa arrugada y retorcida cuando se desmayó, no se atrevía a moverse ni un pelo, porque al menor movimiento alertaría a las ratas sobre su presencia.

En la habitación había algo más, también. No podía verlo, pero sabía que estaba allí. Tal vez fueran más de una: indescriptibles criaturas sedientas de sangre que no dudarían en arrancar la carne viva de su frágil forma humana mientras lo devoraban. Su única esperanza, aunque ésa era una palabra demasiado positiva, era que la oscuridad fuera tan impenetrable a los ojos de las bestias como lo era para él.

Decker notaba como un sudor nervioso iba cubriéndole la piel e iba chorreándole del cuerpo. ¿Podían oler su sudor? Si era así, y estaba convencido de que podían, entonces tenían las garras ya extendidas, a punto de clavarlas hasta el fondo en su carne para mantenerle inmóvil mientras hundían sus colmillos en su cuerpo encogido.

Quería gritar. Necesitaba gritar, pero no osaba hacerlo. Incluso cuando le clavaran los dientes y sorbieran su sangre y le arrancaran la carne de los huesos, estaba decidido a no gritar, porque su grito no haría sino atraer a otros al frenético festín.

Hubiese querido hundirse en la cama, el único lugar del que parecía no provenir ninguna amenaza, pero entonces cayó en lo irrisorio de su deseo, al ver que a escasos centímetros debajo de él había un estanque de pirañas sanguinarias, que esperaban ansiosas.

Según fueron aquellos horrores llenando su mente, y mientras arañas y escorpiones reptaban por su carne, comprendió de pronto que había sido un estúpido, que ni siquiera había una cama bajo él. Todo lo que había temido, los cuervos, las ratas, las serpientes, las arañas, los cuchillos afilados como cuchillas, las garras, los colmillos, los dientes, todo aquello era mejor que el verdadero destino que le aguardaba. Porque lo que él había creído que era su sudor era en realidad saliva que goteaba sobre él, y lo que él había pensado que era su cama era en realidad la lengua de un espantoso leviatán, que ya se relamía con el sabor salado de su comida y que, al mínimo movimiento de Decker, empezaría a aplastarle y masticarle lentamente, tal vez sorbiendo la sangre de su cuerpo, y dejando que el cálido líquido se acumulara en la boca antes de tragar.

Decker aguzó los oídos y pensó que podía oír el rechinar de los dientes de la bestia. Hubo de pasar media hora antes de que el dolor de su mandíbula le alertase de que eran sus dientes, apretados por el miedo, los que había oído rechinar. Intentó parar, temiendo que el sonido pudiese delatar su posición a los depredadores, pero tan pronto había empezado a conseguirlo, un nuevo terror captó su atención y de nuevo empezó a rechinar y entrechocar los dientes.

* * *

El terror continuó sin tregua. A cada minuto que pasaba se hacía peor, incluso, y mientras, Decker se debilitaba más y más y aumentaba su susceptibilidad a los delirios que alimentaban y eran alimentados por su histeria. Con los músculos completamente contraídos, su cuerpo yacía tieso e inmóvil y apenas cedía a las necesidades de aire de sus pulmones y su corazón. Perdió toda percepción del tiempo. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Días? ¿Años? ¿Acaso había conocido algún otro lugar que aquél? No recordaba nada anterior a aquello. Es más, ni siquiera llamarse por su nombre pasaba de ser una cuestión de comodidad, porque en su estado psíquico, un nombre, incluso el suyo propio, era un concepto sin sentido. Él no era más que la presa, que tiembla de miedo a punto de afrontar su espeluznante destino.