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Tres días y tres noches soportó Decker esta situación, sin apenas moverse, imaginando escenarios cada vez peores, temiendo incluso el sonido y el movimiento de su propia respiración, por si ésta traicionaba su presencia. Las partes del cuerpo que yacían petrificadas tras interminables horas de calambres, él creía que le habían sido desgajadas, al modo de la libra de carne de Shylock, dejando el resto con vida para que pudiese continuar sufriendo la salvaje carnicería. Conciliar el sueño, dormir de verdad, era imposible, y aunque pasaba ratos inconsciente, no dejaban de estar llenos de apariciones no menos horribles que cuando estaba completamente despierto. La única forma que tenía de saber que había dormido era que de tiempo en tiempo se daba cuenta de que había cambiado de postura, y estaba seguro de que no se había movido intencionadamente. Le extrañaba que los depredadores no hubiesen aprovechado la oportunidad para atacar. Pero de una cosa estaba seguro: la Muerte acabaría llegando, y cualquier dilación no haría sino prolongar su sufrimiento.

Miércoles 8 de julio, 4 N.E.

Cuando, pasados tres días, se retiró la oscuridad, y su negra opacidad se filtró de nuevo en la tierra, tal y como había llegado, Decker se descubrió a sí mismo tumbado en la cama, ileso. Había heces secas restregadas por todo el colchón, y pegadas a las caderas y a la espalda. La habitación apestaba a heces, orina y sudor, pero después de pasar allí tanto tiempo ya no lo olía.

En ningún momento pensó en levantarse para darse una ducha. Ahora que ya no temía moverse, no le quedaban fuerzas para hacerlo. Le dolían tanto la mandíbula, los dientes y la cabeza, después de pasarse tres días y tres noches rechinando los dientes, que no estaba seguro de si podría sobrevivir al dolor. Con suavidad, se pasó la lengua por el interior de sus mejillas, intentando valorar los daños. Tiras de piel y úlceras profundas marcaban los lugares donde en su tormento se había mordido y arrancado la carne. La lengua también estaba seriamente dañada, y pensó que los trozos de carne que faltaban estarían dispersos a su alrededor en la cama o bien se los habría tragado, junto con la sangre caliente que todavía manaba de las heridas.

Jueves 9 de julio, 4 N.E.

Decker abrió los ojos, todo estaba oscuro. Su corazón se aceleró presa del pánico, temiendo que la oscuridad hubiese regresado, pero entonces su ojo captó un punto de luz, una estrella al otro lado de la ventana. Era de noche. No sabía el tiempo que llevaba dormido, pero la sed era insoportable y su estado, que antes no había hecho sino incomodarle ligeramente, le producía ahora un terrible escozor; llevaba cuatro días y medio tumbado sobre sus propios excrementos, y sus componentes salinos y ácidos habían hecho estragos en su piel, produciéndole heridas abiertas en las nalgas, los muslos y en la espalda. Todavía le dolían la mandíbula y la cabeza, pero consiguió llegarse hasta el aseo para limpiarse.

Después de una buena ducha de agua templada, buscó gasas y una crema antibiótica para tratarse las heridas. Luego, de vuelta en el dormitorio, determinó que el colchón era irrecuperable. Pero ya vería qué hacía con él más tarde, de momento seguiría durmiendo lo que quedaba de noche en el cuarto de invitados.

Viernes 10 de julio, 4 N.E.

Cuando se despertó a la mañana siguiente, después de dormir casi la totalidad de las cuarenta y ocho horas transcurridas desde la desaparición de la oscuridad, Decker se levantó y se dirigió pesadamente hasta la cocina. Estaba muy debilitado no sólo por haber sobrevivido a la oscuridad, sino por el hambre y la sed también. No sabía cuánto tiempo hacía desde la última vez que había comido, pero no le sorprendió encontrarse con que el pan de la nevera estaba enmohecido, y la leche agria. No se había reaprovisionado desde después de la ola de calor, pero tampoco es que importara demasiado, puesto que la mayoría de los productos perecederos se habían estropeado. Al parecer, había habido nuevos cortes de suministro.

Después de inspeccionar la cocina, Decker se decidió por raspar el moho del pan y calentar una vieja lata de crema de pollo. Peores cosas había comido en su vida, mucho peores. Además, todavía le dolían la mandíbula y los dientes, y la lengua y la pared de la boca parecían una hamburguesa cruda. Así que durante los días siguientes, por lo menos, sopa y pan blando eran lo más próximo a comida sólida que quería comer. Con todo, tendría que llamar a Tolinson para reaprovisionarse… Si es que Tolinson había sobrevivido a esta última plaga, claro está…

Mientras comía, Decker encendió el televisor para determinar cuáles habían sido los efectos de la oscuridad en el resto del mundo. Decker tardó unos segundos en hacerse una idea del impacto, pues saltaba de canal en canal y sólo encontraba pantallas en negro. Dos días después de la oscuridad, sólo un puñado de cadenas había reanudado las emisiones. Fue ahora cuando se enteró de que, a diferencia de las plagas anteriores, la de la oscuridad sólo había durado tres días, la mitad que las otras. Para él había sido una eternidad. Estaba convencido que de haber durado seis días, nadie en la Tierra habría sobrevivido.

Sin embargo, no todos habían salido tan bien parados como él. Nadie estaba seguro de los números, pero las estimaciones más conservadoras hablaban de decenas de millones de muertos. La mayoría de las muertes se habían producido como consecuencia de fallos cardíacos, y sobre todo entre los ancianos. Muchos otros habían muerto en accidentes de coche. Cuarenta y ocho horas después de que se retirara la oscuridad, las calles y autovías seguían sembradas de cuerpos. Algunos habían muerto al instante, otros se habían desangrado hasta la muerte durante los tres días de oscuridad. Los bebés habían muerto en sus cunas. Los hospitales se habían convertido en depósitos de cadáveres. Aviones, ferrocarriles, trenes de metro y autobuses -todos los medios de transporte colectivo- se habían transformado en fosas comunes. Ningún aparato que se hubiese encontrado en el aire al principio de la oscuridad había conseguido aterrizar sano y salvo.

Toda actividad humana en el planeta había cesado por completo durante tres días enteros. Incluso ahora, dos días después de la oscuridad, la mayoría de los supervivientes no habían hecho sino empezar a recuperarse y a moverse un poco. Decker supuso que, al igual que en las ocasiones anteriores, había sido Milner quien había puesto fin a la plaga, pero por las pocas noticias de las que se disponían hasta ahora, no parecía que a nadie le importara demasiado.

Después de comer, Decker se quedó dormido en el sillón durante varias horas más. Cuando se despertó, se tomó otro cuenco de sopa y volvió a sintonizar el canal de noticias. Con todo lo que había pasado, era imposible que el canal pasara por alto el impacto político de lo ocurrido. No era de extrañar que las encuestas instantáneas recogieran una caída considerable en el índice de popularidad de Christopher. Lo que que era sorprendente era que la caída fuera tan considerable.

«En la última media hora, la atención de los medios se concentra en una única noticia -dijo la presentadora-: La meteórica caída del secretario general Christopher Goodman en las encuestas. Tenemos a nuestro corresponsal Ree Anthony preparado para ofrecernos un reportaje a fondo sobre la encuesta realizada por nuestra cadena y el impacto que los resultados tendrán en el secretario general.»

«Betty -empezó el corresponsal, dirigiéndose a la presentadora del estudio-, según los resultados de la encuesta instantánea CTN Worldwide, realizada en exclusiva por nuestra cadena en los últimos veinte minutos, el índice de popularidad del secretario general ha vuelto a caer a un nuevo mínimo total del once por ciento, alcanzando cotas aún más bajas entre determinados sectores de la población.»