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Decker escuchaba atónito. En la pantalla apareció un gráfico que reflejaba la continua y drástica caída de Christopher en las encuestas: del descenso del noventa y siete al ochenta y cinco por ciento la primera semana, tras la aparición de las llagas, había pasado al setenta y uno por ciento después de la segunda plaga, al cincuenta y cinco por ciento después de que el agua dulce se tornó en sangre, al treinta y cinco por ciento después de la ola de calor, y al once por ciento actual. Tal y como explicaba el corresponsal, el gráfico recogía caídas y picos correspondientes a cada una de las plagas y el final de éstas. Pero con cada nueva plaga aumentaba la tendencia general a que la popularidad bajara de forma rápida y continuada. El hecho de que la empresa encargada de la encuesta contase con la audiencia suficiente a pesar de lo que el mundo acababa de soportar se presentaba como un triste testimonio del poder de los medios interactivos.

Además de las encuestas, resultaba también muy desconcertante que un número creciente de líderes mundiales exigieran la dimisión de Christopher como secretario general.

«El secretario general ha anunciado que dirigirá un mensaje al mundo el domingo a las ocho de la tarde, hora local -dijo el periodista. Decker hizo un rápido cálculo mentaclass="underline" mediodía según su zona horaria-. Se nos ha comunicado que hasta entonces, el secretario general Goodman y Robert Milner no van a conceder entrevistas ni a hacer ninguna declaración. Nadie parece conocer la razón de que Goodman quiera esperar al domingo por la noche para dirigirse al mundo, pero personas próximas a él han expresado su preocupación ante la posibilidad de que el retraso no haga sino alimentar el temor de que otra plaga, tal vez una más mortal que las anteriores, esté al llegar. De confirmarse esos temores, la popularidad de Goodman descendería aún más.»

En imagen volvió a aparecer el presentador del estudio.

«Un dato a destacar de los resultados de la encuesta -dijo la presentadora a modo de conclusión de la noticia- es que, aunque las cifras hablan de una caída importante de la popularidad del secretario general Goodman, no hay evidencia alguna de que se haya producido un aumento del apoyo al KDP o Yahvé. De modo que no es que la gente se esté poniendo del lado de Yahvé, no. Lo que ocurre es que muchos están maldiciendo a Yahvé y a Goodman a la vez.»

El telediario dedicó otra hora a la noticia sobre la caída de popularidad de Christopher y luego pasó a ofrecer otra noticia en la que, por primera vez, se revelaba el auténtico alcance de la mortalidad en la última plaga. A uno de los expertos en encuestas de la cadena se le había ocurrido aplicar la metodología empleada para las encuestas instantáneas al proceso de estimación del número de muertos. Se había pedido a los televidentes que insertaran el número de muertos en sus hogares y, después de estimar el número aproximado de muertes representado por la disminución del número de contestaciones en zonas que no habían perdido la conexión ese día en comparación con las semanas anteriores, se obtuvo una tasa de mortalidad aproximada que superaba con mucho los ciento treinta millones de muertos. El número real alcanzaba los doscientos cuarenta millones.

* * *

Los medios detestan el vacío, y a falta de una explicación por parte de Christopher o de Milner, no tardaron en empezar a circular rumores que aseguraban que Christopher tenía pensado renunciar y que estaba esperando al domingo para que el Consejo de Seguridad tuviese tiempo para decidir cómo proceder a partir de ese momento.

Sábado 11 de julio, 4 N.E.

Decker arrastró el colchón escaleras abajo, lo sacó por la puerta de atrás y lo dejó caer en el patio. No se trataba de una solución permanente al problema, pero el hedor era tan insoportable que no le quedó más remedio que sacar el colchón de casa. Cerró la puerta tras él y se dejó caer en la primera silla que encontró. Mientras intentaba recuperar el resuello, le sobresaltó el timbre del teléfono. A pesar de estar agotado, salió corriendo y dejó atrás los otros dos teléfonos, para coger el de la cocina, que tenía identificador de llamada.

Decker dejó escapar un suspiro de alivio; era Bert Tolinson.

– Hola, Bert -dijo Decker jadeando.

– Señor Hawthorne, me temo que tenemos un problema. Me ha llamado hoy del banco una tal señora Liston que dice que no se puede hacer la transferencia desde su cuenta. Le he preguntado por qué, y me ha dicho que en su ordenador aparece como si no hubiese tomado la comunión. ¿Se lo puede creer? Me he puesto a discutir con ella, pero ella ha insistido en que lo que decía el ordenador estaba bien. Me ha dicho que han congelado todas sus cuentas y que le sorprendería que no le hubiesen arrestado ya. No he querido insistir más, porque sé lo importante que es para usted su intimidad, pero va a tener usted que llamar para aclarar el malentendido.

– Es increíble -dijo Decker con una risita, intentando sonar lo más convincente posible.

– Eso le he dicho yo a ella. Supongo que no ha caído en quién era usted, de otro modo se habría dado cuenta ella sola.

– Está bien, Bert. Yo me encargaré -dijo tajantemente-. Pero has hecho lo que tenías que hacer. Gracias por tu discreción.

– En parte es por eso por lo que me paga -dijo Tolinson-. ¿Le doy el número de teléfono del banco?

– Sí -contestó Decker, aunque no tenía intención de hacer la llamada. Tolinson le dictó el número y Decker lo fue recitando como si lo estuviese apuntando-. Te llamaré en cuanto lo tenga resuelto -concluyó.

Decker colgó el auricular. Aquello le planteaba un serio problema. Si se racionaba, la comida le duraría probablemente una semana. Luego, no le quedaría más remedio que salir de casa para hurgar en la basura o robar lo que pudiera, hecho que aumentaría mucho las posibilidades de que fuera descubierto y arrestado. A éste se sumaba otro problema adicional. Pasados unos días, Bert Tolinson empezaría a preguntarse por qué no había llamado al banco para que solucionaran el problema. Eso, en el mejor de los casos, significaba que Decker tendría que acabar reconociendo que no iba a poder seguir pagándole y que, por tanto, no podía contar más con su ayuda. En el peor de los casos, Tolinson podía llamar a la policía. La recompensa que se ofrecía por denunciar a quienes no habían recibido la marca era ya bastante sustanciosa.

Domingo 12 de julio, 4 N.E.

Decker se sentó erguido en el sillón de delante del televisor. Christopher estaba a punto de pronunciar el que todos consideraban iba a ser un discurso decisivo no sólo para su continuidad en el cargo como secretario general, sino para la supervivencia misma de la Nueva Era. Desde todos los rincones del mundo, diferentes jefes de Estado exigían públicamente la dimisión de Christopher, aunque al parecer ninguno tenía un plan alternativo sobre cómo seguir a partir de ese momento. Decker estaba en un dilema. El corazón le hacía desear que el discurso le saliera a Christopher a pedir de boca. Pero también estaba aquella duda acuciante que le había mantenido allí, en la otra punta del mundo, alejado de Christopher, por temor a que ocurriera lo que su corazón ansiaba.

Para Decker, sin embargo, la importancia del discurso no radicaba en lo que Christopher tuviera que decir. Lo qué él buscaba no eran palabras, sino la mirada en los ojos de Christopher.

A Decker se le acababa el tiempo. Bert Tolinson no tardaría en empezar a hacer preguntas; Decker se quedaría sin comida; las compañías locales de teléfono y luz le cortarían el suministro; y tarde o temprano, un controlador informático se fijaría en los movimientos recientes de su cuenta bancaria o en las llamadas realizadas desde su teléfono, y de una forma u otra, la policía acabaría siendo alertada. Sabía que iba a tener que irse pronto. Cuando llegó a Derwood, pensó que con el tiempo sería capaz de recapacitar, de hallar las respuestas a algunos interrogantes. En cambio, había pasado un mes y se encontraba igual de confuso que cuando había llegado.