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Tanto era así que había llegado al punto en el que sería su reacción visceral a la emisión la que iba a determinar si regresaba a Babilonia para ponerse al servicio de Christopher o si, por el contrario, se esfumaba en la noche, viviendo de la basura y rehuyendo el contacto con cualquier otro ser humano por temor a ser delatado a la policía.

«Amigos -empezó Christopher con toda sencillez, estableciendo inmediatamente el tono del resto del discurso-, se ha especulado mucho sobre cuál podía ser la razón de que dejara pasar tanto tiempo entre la última plaga y este mensaje. La verdad no podría ser más sencilla: yo soy de los que creen que valen más los hechos que las palabras.

»Es domingo por la tarde en Babilonia. Y el tiempo es algo más caluroso del que me gustaría -dijo con una pequeña, pero sincera, sonrisa-, pero a diferencia de los cinco últimos domingos, el agua no se ha transformado en sangre; la oscuridad ya no mana de la tierra; ya no hay langostas demoníacas volando sobre nuestras cabezas; ni asteroides surcando el espacio hacia aquí; ni guerras nucleares; ya no tenemos noticia de brotes de locura en masa, ni de asesinatos, ni de suicidios. Resumiendo, ya no hay plagas. ¡Y yo os prometo que no habrá más plagas!», Christopher golpeó con el puño para recalcar sus palabras. Era una táctica a la que rara vez había recurrido en el pasado, de ahí que ahora resultara más efectista.

«He esperado hasta ahora para hablar con vosotros -continuó-, porque quería anunciaros y mostraros -de modo que pudierais verlo en persona- que las plagas han llegado a su fin. ¡Nosotros, supervivientes, hemos capeado el temporal, y aunque la pérdida ha sido grande, no estoy aquí para admitir la derrota, sino para declarar la victoria!

»Ahora bien, reconozco que lo que os digo puede parecer la típica estratagema política para ocultar la desagradable realidad con visiones infundadas de esperanza. Soy consciente de que, según las encuestas, un elevado número -es más, una vasta mayoría de vosotros, incluidos numerosos respetados líderes mundiales- ha perdido la fe en mi capacidad de sacarnos de estas crisis. Y aun así, estoy convencido de que muy pocos de vosotros preferirías que los fundamentalistas y el KDP impusieran su control totalitario sobre vuestras vidas.

»No obstante, y con toda sinceridad, reconozco que tenéis razones de sobra para dudar de mí, y no osaría ser tan presuntuoso como para esperar, y menos pediros, que dejaseis a un lado vuestro escepticismo sólo por lo que os diga aquí esta noche.»

Christopher tenía razones de sobra para estar preocupado. Su índice de popularidad había caído por debajo del diez por ciento. Muchos esperaban que éste fuera su discurso de dimisión, pero su voz no delataba señal alguna de desesperación. Es más, sus palabras y pose sólo reflejaban confianza.

«Os lo vuelvo a repetir, valen más los hechos que las palabras. Dentro de un momento, presentaré una sencilla propuesta que resume las acciones que voy a emprender y por medio de la cual podréis estar completamente seguros de que lo que diga esta noche es verdad y que la victoria es finalmente nuestra.

»Pero permitidme primero que me tome unos instantes, para situar en su debido contexto lo ocurrido en las últimas semanas.

»Hace siete años, las hambrunas y sequía sufridas por la India y Pakistán precipitaron una larga guerra en la que murieron cuatro millones y medio de personas. La guerra se extendió y, en última instancia, tuvo como resultado el intercambio de lanzamientos nucleares entre China, la India y Pakistán, en el que murieron cuatrocientos veinte millones de personas más. Bien que al principio pareció que se trataban de eventos trágicos pero naturales, luego nos dimos cuenta de que el planeta estaba siendo víctima de un ataque exterior, orquestado por un espíritu conocido como Yahvé, y que éste actuaba en connivencia y por invocación de sus médiums humanos, los hombres Juan y Saul Cohen.

»Menos de seis meses después, un asteroide penetró la atmósfera de la Tierra y, en cuestión de minutos, mató a ciento setenta y cinco millones de personas, entre ellas buena parte de la población del centro de Canadá y del medio oeste de Estados Unidos, además de la práctica totalidad de los habitantes de México, Belize, Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú, Brasil y Bolivia. A su paso dejó decenas de millones de personas heridas y sin hogar. Y una tercera parte de los bosques del globo, incluyendo las antaño vastas arboledas de Norteamérica y la mayor parte de la selva tropical suramericana, fueron reducidos a piras funerarias.

»Ese mismo día, en la otra punta del mundo, un segundo asteroide impactó en el Pacífico, al sur de Japón, causando terremotos, olas gigantes y una actividad volcánica sin precedentes, que mataron a lo que se estima fueron doscientos seis millones de personas y convirtieron el océano en estanque rojizo de muerte después de destruir a todas las especies vivas del Pacífico.

»Otro efecto adicional de los dos asteroides fue el desplazamiento de la capa de ozono y la consiguiente destrucción de todas las gramíneas y las hierbas del planeta, provocando una hambruna de alcance mundial y otros cincuenta millones de muertes.

»Un tercer asteroide, mucho mayor que los dos primeros y capaz de eliminar toda clase de vida en el planeta, fue destruido mientras todavía se encontraba a una distancia segura de la Tierra, gracias a la cooperación de los Estados miembros de la ONU. Pero pocas semanas después, cuando el polvo del tercer asteroide alcanzó la Tierra, nos enteramos de que contenía un alto contenido de arsénico, un veneno mortal, que contaminó buena parte de las reservas de agua de la Tierra y mató a veinte millones más. En total, los tres asteroides juntos acabaron con la vida de cuatrocientos cincuenta millones de hombres, mujeres y niños inocentes. Y, una vez más, aquél no fue un desastre natural, sino el resultado de las viles maquinaciones de Yahvé.

»Al año siguiente, nubes de insectos, mutados genéticamente por Yahvé y vaticinados por Juan y Cohen, plagaron la tierra durante cinco meses enteros, causando estragos y un sufrimiento horrible, que forzaron el paro casi total de la producción agrícola e industrial. Como consecuencia del hambre, la ONU estimó que se produjeron unas ciento cincuenta y cinco millones de muertes, calculando por lo bajo. Aunque las langostas no fueron la causa directa de ninguna muerte, el dolor de los picotazos fue tan intenso que muchos habrían preferido la muerte antes que soportar aquel tormento. Muchos, probablemente la mayoría, de los que me escucháis esta noche experimentasteis ese dolor en vuestra propia carne.

»Cuatro meses después de que murieran las langostas, un seguidor del KDP, sin provocación alguna, me disparó a sangre fría poniendo en peligro las vidas de los centenares de personas que me acompañaban en aquel momento.»

Christopher hizo una pausa para que los que le escuchaban pudieran evocar las trágicas imágenes de aquel día en Naciones Unidas. El vídeo del asesinato se había pasado tantas veces en la televisión que era casi imposible que hubiera alguien que no lo hubiese visto. El parche negro que Christopher seguía luciendo sobre la cuenca del ojo derecho y su brazo lisiado reforzaban el testimonio del sufrimiento que había soportado.

«Escasos minutos después de mi asesinato, una locura salvaje se extendió sobre buena parte del planeta, haciendo que el vecino matara al vecino, el esposo a la esposa, e incluso que los padres mataran a sus propios hijos. La demencia continuó avanzando con toda su furia durante tres días y medio, hasta que, después de resucitar, volé hasta Jerusalén y puse fin a la locura al acabar con Juan y Saul Cohen. En total, casi mil quinientos millones de personas, nada menos que la tercera parte de la población mundial, murieron como consecuencia de la locura. De no haber detenido yo a esos dos agentes de Yahvé, dudo mucho que hubiera quedado nadie vivo en la Tierra fuera de Israel.