No estaba allí.
Decker había observado atentamente, pero el discurso le había dejado con la duda. Lo que fuera que había esperado encontrar no estaba allí.
«¿Qué esperaba encontrar?», se preguntó. Antes del discurso había creído que, con mirar a Christopher a los ojos, podría adivinar, casi por instinto, la verdad de sus motivos. Ahora el pensamiento se le antojaba vergonzosamente ingenuo. Hacía veintitrés años que conocía a Christopher. Si, después de todo este tiempo, todavía albergaba dudas, ¿cómo iba a esperar poder leer el pensamiento al hombre que era ahora, con sólo mirarle en la televisión?
En cuanto al discurso en sí, había sido de primera. Y parecía que lo mismo pensaba el público. Christopher había recalcado el valor de los hechos sobre las palabras y había dicho que esperaba que las palabras de su mensaje convencerían a muy pocos, pero a los quince minutos, las encuestas instantáneas registraron una subida en el índice de popularidad, que saltó del ocho al veintiuno por ciento. El discurso había sido inspirador, y si Christopher hacía lo que había prometido -si aparecían las tres señales y no había más plagas-, entonces era probable que volviese a recuperar el apoyo del mundo entero.
Sólo había un problema. Los malvados habitantes de Petra que Christopher había descrito en su discurso no eran los mismos que Decker había conocido. No eran «fanáticos maníacos, intolerantes y estrechos de miras». Sí, tenían una visión del mundo muy diferente. Y debido a su fe en Yahvé y a su confianza en el KDP, era probable que muchos de ellos llegaran incluso a ser partidarios de la lluvia de plagas, por lo que ellos, errónea pero sinceramente, creían que éstas tenían de beneficioso para quienes las sufrían. Pero Decker no podía creer que ninguna de las personas que allí había conocido fuera capaz de, «cruelmente, invocar plagas sobre la Tierra, como si de una diversión se tratara», como había dicho Christopher.
Por lo visto, Christopher no lo acababa de comprender. Desde luego que se trataba de un tema muy delicado como para discutirlo a la luz del sufrimiento reciente, pero Decker tenía que hacer algo. Pensó en Rhoda, en el pequeño Decker Donafin, en Tom hijo, en Rachael, en Charlie el «carcelero», y en todos los demás que había conocido. La batalla que Christopher había descrito los mataría a todos. Había mirado el discurso para intentar descubrir las auténticas motivaciones de Christopher, pero eso carecía ya de importancia. Fuera Christopher la personificación del bien o la epítome del mal, Decker no podía quedarse sentado y dejar que mataran a los habitantes de Petra. La suerte estaba echada. Debía regresar a Babilonia.
Necesitaba reservar el vuelo como fuera. No podía comprar un billete sin más, ni siquiera pagar el taxi a y desde el aeropuerto. Sin la marca no podía comprar ni vender nada. Ni tampoco quería entrar en la página segura de la ONU para reservar un vuelo. Eso haría saltar todas las alarmas del sistema. La única manera era conseguir que alguien de su oficina se encargara de conseguir las limusinas y el billete para un avión de la ONU. Había pasado una semana y media desde que le habían cortado las llamadas de larga distancia. Y llegó a pensar que la misma suerte correrían las locales, pero las dos últimas plagas, lógicamente, habían afectado a la eficiencia de la compañía telefónica, y ésta no le había cortado la línea todavía. Con lo cual, a pesar de no poder realizar llamadas de larga distancia, sí que podía hacer y recibir llamadas locales, y probablemente podía también recibir llamadas de larga distancia. La solución era sencilla. Le pediría a Bert Tolinson que llamara a su despacho de Naciones Unidas, con el recado de que le llamaran a casa. Luego le explicaría que tenía que ver con el mismo malentendido que había sufrido con el banco.
Al cuarto de hora de hablar con Tolinson, sonó el teléfono. Era Kwalindia Oshala, la ayudante administrativa de Debbie Sánchez. Se había quedado a trabajar hasta tarde cuando recibió la llamada. La joven se mostró muy dispuesta y simpática con Decker, y le dijo lo mucho que todos le habían echado de menos en el despacho y que estarían encantados de tenerle de vuelta. Decker le explicó lo que necesitaba, y ella consultó los vuelos programados de la ONU entre Washington y Babilonia. Había sólo uno, el primero desde la oscuridad. Estaba programado que saliera del aeropuerto de Dulles esa misma tarde a las seis. Era un vuelo de tres escalas, que llegaría a Babilonia a las seis y media de la tarde del día siguiente. Kwalindia reservó una plaza y contrató el servicio de limusinas.
Decker salió sin equipaje; no lo tenía cuando había llegado a Derwood. Vestía ropa holgada y lucía gasas en la mejilla izquierda, en el cogote y en el dorso de la mano derecha, donde debería haber estado la marca. Todo salió como lo tenía planeado, y a las siete de la tarde surcaba el aire de regreso a Babilonia.
17
Decker recorrió los oscuros y casi desiertos pasillos del edificio de la Secretaría de Naciones Unidas. Era tarde, y casi todo el mundo se había ido ya a casa. Pero él sabía que Christopher estaría allí; algo se lo decía. Abrió una de las hojas de la gigantesca puerta de caoba que daban paso a la amplia zona de recepción del despacho de Christopher y, para su sorpresa, se encontró con que Jackie Hansen seguía allí.
– Pasa, pasa -dijo Jackie, mientras Decker la seguía y entraban en el despacho de Christopher-. Te está esperando. -Jackie parecía sumida en una placidez casi surrealista. No hizo ningún comentario sobre su larga ausencia, y nada en su voz dejaba traslucir que le sorprendiera verle.
Una vez dentro del despacho, notó el ambiente desagradablemente frío y oscuro, casi igual que en los pasillos. En el aire flotaba un extraño olor a humedad. Algo… todo iba mal. Miró a su alrededor y no vio a nadie. En algún momento había perdido de vista a Jackie, y ahora era como si se hubiera esfumado. Entonces algo se movió a su derecha, se volvió, y alcanzó a ver cómo el alto respaldo del butacón de Christopher giraba y le daba la espalda.
– ¿Christopher? -dijo.
No obtuvo respuesta. Fue hacia la mesa y volvió a llamar. Pero siguió sin obtener respuesta.
Entonces se acercó y dio un pequeño empujón al respaldo. El butacón giró y Decker se encontró cara a cara con el peor de los temores. Al instante dio un salto atrás horrorizado. Era Christopher. O al menos tenía su cara, aunque no guardaba ningún parecido a la persona que él recordaba. Sus ojos eran rojo encarnado, igual que el líquido pegajoso que le chorreaba de las comisuras de los labios y teñía el pelo enmarañado y apelmazado de su barba, de costumbre tan bien cuidada. La piel parecía escamosa y tenía un color verde iridiscente. De sus dientes, irregulares y afilados, goteaba un fluido rosado, mezcla de saliva y sangre. Sus uñas eran largas y corvas como zarpas.
Y en aquellas garras sujetaba el origen de la sangre: la pierna de Jackie Hansen, que había sido desgajada limpiamente y mostraba las huellas de varios grandes mordiscos. En el suelo, junto al butacón, yacía Jackie Hansen desnuda y moribunda, con el cuerpo desangrándose. Decker intentó no vomitar. Los profundos arañazos en la piel de Jackie marcaban los lugares donde las zarpas de Christopher le habían desgarrado la ropa. En su rostro se dibujaba la misma sonrisa serena que Decker había visto antes, y cuando alzó la vista para mirar a Christopher reconoció con toda claridad el amor en sus ojos.
– ¿Qué quieres? -gruñó Christopher escupiendo el último bocado de carne roja, al tiempo que se ponía en pie de un salto y tiraba la pierna desgajada al suelo, que golpeó a Jackie en el estómago y quedó allí, atravesada sobre ella.
Decker dio media vuelta y echó a correr presa del pánico, pero Christopher salió tras él. Buscó la puerta, pero el terror no le dejaba encontrarla. Buscó desesperadamente una escapatoria, cualquiera, pero no la había. Corría como un poseso, haciendo requiebros e intentando separarse de su perseguidor, pero era imposible. Christopher, más joven y más fuerte, le pisaba los talones, y parecía anticiparse a cada uno de sus movimientos. Esforzándose por seguir adelante, empezó a creer que Christopher estaba jugando con él, como lo hace el gato con un ratón atrapado. Entonces, de pronto, localizó una ventana. Estaba abierta, pero la caída era de diecinueve plantas. Con todo, tenía que escapar. Christopher estaba tan cerca que podía sentir su aliento, cálido y apestoso. Sacando fuerzas de flaqueza, Decker corrió y se lanzó hacia el hueco de la ventana, justo en el instante en que Christopher extendía el brazo y le atrapaba por la pernera del pantalón con las garras extendidas. Afiladas como cuchillas, las uñas se hundieron en su pierna, abriendo largos y sangrientos cortes que le atravesaron la piel y los músculos, pero no fue suficiente para detener su impulso. Libre de Christopher, Decker miró hacia abajo y la alternativa elegida: una muerte segura.