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Desesperado, Decker trató instintivamente de agarrarse al aire para aminorar la caída, e inexplicablemente su mano encontró algo sólido.

Era el asiento de delante. Seguía en el avión, de camino a Babilonia. No había sido más que un sueño, pero estaba empapado en sudor y su corazón latía tan deprisa como si hubiera sido real. Estaba agotado.

Decker se desabrochó el cinturón, se estiró y caminó hasta el aseo. Necesitaba levantarse y que los pensamientos conscientes -y, tal vez, un poco de agua fría en la cara- purgaran el sueño de su mente. Unos instantes después, cuando regresó a su asiento, descubrió que el paseo no había surtido el efecto deseado porque el sueño, aunque grotesco como la imagen de un espejo de feria, era, no obstante, un reflejo de sus auténticos temores.

Se removió en el asiento, ajustó el respaldo, se puso una almohada más, quitó una almohada, volvió a ajustar el respaldo. Estaba muy cansado y a falta de unas cuantas noches de reposo para recuperarse del todo de los efectos de la última plaga. Necesitaba dormir, y más ahora, que debía prepararse para enfrentarse a Christopher sobre el asunto de Petra.

Cuando por fin consiguió dar con una postura cómoda y su mente empezó a relajarse, volvió a pensar en el sueño y en lo absurdo que había sido. No había vuelto a tener una pesadilla igual desde su infancia. Con todo, pensó pasado un rato mientras se sumía en el letargo, debía de estar preparado, en guardia, para defenderse. El medio más obvio era un revólver, pero no podía comprar uno porque no tenía la marca. Entonces, un cuchillo, tal vez. Un enorme cuchillo de cocina valdría. A lo mejor le costaba pasarlo por el arco de seguridad, pero…

Decker abrió los ojos repentinamente y, de un respingo, se incorporó en su asiento.

¿Era aquello lo que le había pasado a Tom?, se preguntó. ¿Había sido un sueño parecido el que había impulsado a Tom a disparar a Christopher? Entonces se le ocurrió otra cosa: ¿y si no era un sueño después de todo, sino más bien un implante que el KDP había dejado en su mente, para que, como una bomba de relojería, estallara -le hiciera estallar- en este preciso momento? Y si éste no conseguía obrar el efecto deseado, ¿habría más? ¿Le había implantado el KDP otros sueños, otros pensamientos, otras visiones? Cuando entrara en el despacho de Christopher, ¿vería las cosas como son o estaría la realidad oculta tras una máscara forjada por quienes deseaban la muerte de Christopher? ¿Qué monstruo había visto Tom en la ONU, de pie ante el estrado, la noche que disparó a Christopher?

Y ¿qué era lo que le impulsaba a ir a ver a Christopher en este preciso momento, justo cuando parecía que el KDP perdía fuerza? ¿De verdad era para tratar de salvar las vidas de los habitantes de Petra, o acaso era para quitársela a Christopher?

Para esta última pregunta, al menos, sí que creía tener la respuesta. Él quería tratar de salvar la vida a los habitantes de Petra. Y, aun así, sabía que su viaje a Babilonia muy bien podía ser justo lo que el KDP quería de él. Cabía la posibilidad de que aquella necesidad acuciante que le impulsaba a ir a ver a Christopher en ese preciso momento hubiese sido desde un principio planeada por ellos. Si era así, entonces él no era más que un peón, que volvía a interpretar el papel de Judas creyendo que había sido idea suya, cuando en realidad no había tenido elección.

Pero qué importaba.

Ya fuera una idea propia o le hubiera sido implantada en la mente por el KDP, debía ir.

Ni siquiera estaba seguro de si de verdad controlaba su voluntad, pero en la medida en que sí que lo hacía, se hizo una promesa. Bajo ninguna circunstancia llevaría un arma encima, ningún tipo de arma, ni nada que pudiera ser empleado como tal, cuando entrara en el despacho de Christopher. Aunque sus peores sospechas fueran acertadas, aunque pareciera ser o fuera en realidad un escamoso demonio de color verde como lo había sido en su sueño, Decker se juró que no haría nada para hacerle daño ni tampoco para protegerse a sí mismo.

La decisión resultó ser más sencilla que lo que en principio podía aparentar. Si se equivocaba con respecto a Christopher, entonces debía detenerse a sí mismo y evitar hacerle daño. Si tenía razón, más le valía morir de todas formas.

Lunes 13 de julio, 4 N.E.

Babilonia

El vuelo de Decker aterrizó en el aeropuerto internacional Rey Nabucodonosor seis minutos antes de la hora prevista. Una limusina le esperaba para trasladarle a donde él quisiera. Habría resultado muy sencillo pedirle al conductor que le llevara a su apartamento, pero sabía lo que tenía que hacer y de nada servía postergarlo.

Respiró hondo.

– Al edificio de la Secretaría de Naciones Unidas -le indicó al conductor.

* * *

Decker se retiró el falso parche que se había liado a la mano, apoyó la palma derecha sobre el panel de identificación, y miró fijamente a la pantalla del escáner de retina, que había junto a la puerta de la entrada reservada a trabajadores del edificio de la Secretaría.

– Decker Hawthorne -dijo en voz alta y clara.

– Verificado – respondió una suave voz electrónica de aire femenino. Luego, el mecanismo de la cerradura emitió un clic y la puerta se abrió.

Aparentemente no se le había ocurrido a nadie avisar al departamento de Seguridad de Naciones Unidas, para que hiciese una búsqueda en la base de datos de la Organización Mundial de la Salud y comprobase qué funcionarios de la ONU no habían recibido la comunión, y proceder así a restringirles el acceso al edificio.

– Buenas tardes, señor Hawthorne -le saludó alegremente el guarda que estaba apostado al otro lado de la puerta.

– Buenas tardes -contestó Decker, algo sorprendido. Había entrado por aquella puerta un centenar de veces, a todas horas del día y de la noche, y siempre había sido recibido con el mismo entusiasmo. Lo que le asombraba era que todo siguiera igual. Se había hecho tan a la idea de que, de una u otra forma, iba a ser diferente… El edificio estaba perfectamente iluminado, con el nivel de sombras justo, y el aire era agradablemente fresco en contraste con la árida noche iraquí. A pesar de ser casi las siete y media de la tarde, se encontró con algunos funcionarios y visitantes en el vestíbulo, en el ascensor y en los pasillos de camino a la planta superior donde se ubicaba el despacho de Christopher. Finalmente llegó a la entrada de las oficinas del secretario general. Había pasado periodos de tiempo mucho más largos fuera de Babilonia, con motivo de su trabajo en la ONU, y siempre había regresado con la sensación de no haberse ido del todo. En eso al menos sí que habían cambiado las cosas; porque ahora, cuando se encontró ante las puertas dobles de madera oscura, tuvo la extraña sensación de que debía llamar antes de entrar.